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Uribe, agente de violencia

Por: Aníbal Arévalo Rosero

El expresidente Álvaro Uribe no da tregua en su propósito de generar odio hacia los sectores progresistas y de izquierda, pero también una enconada campaña contra el actual gobierno, una cosa difícil de entender cuando Santos se supone es la continuidad de su mandato. Sin embargo, tirarse el país con ambición personal también genera réditos políticos, de ahí que las empresas encuestadoras dicen que Uribe cuenta con el 30 por ciento de respaldo.

Las Farc se han constituido en el referente principal para el expresidente; tengamos en cuenta que llegó a la Presidencia después de un proceso de paz fallido del expresidente Andrés Pastrana con esa guerrilla. Lo que hizo fundamentalmente en esa época fue aprovechar el proceder libertino de las Farc en la zona de distención para perfilarse como el Presidente con la autoridad para imponer el orden y –según él- combatirlas hasta eliminarlas.

Sin embargo, esos deseos no se cumplieron en el primer periodo de gobierno, y, por lo tanto, reformó la Constitución para reelegirse. Y en el segundo mandato, tampoco logró derrotar a la guerrilla, pero, frente a la presión que ejercía a las tropas para obtener resultados positivos, estas crearon una farsa que fue ejecutar extrajudicialmente a jóvenes de familias humildes de las zonas rurales y urbanas para hacerlos pasar como guerrilleros abatidos en combate.

Durante los dos periodos de gobierno de Álvaro Uribe se produjeron 10 mil falsos positivos, 92 mil desaparecidos y 6 millones de desplazados en su afán de hacer creer que estaba ganando la guerra. Entrega su mandato al actual presidente, Juan Manuel Santos, quien fue su Ministro de Defensa y de quien esperaba que sea continuador de la mal llamada “seguridad democrática”. No obstante, Santos decide adelantar un proceso de paz, lo que despertaría la cólera en Uribe desencadenando la más feroz oposición, que ni con la ayuda del papa Francisco se lograría zanjar esas diferencias.

Desde entonces, Uribe no ha parado de venirse lanza en ristre contra el proceso de paz y denigrar del país en cuanto foro internacional participa. A pesar de su desquiciado proceder, no deja de haber seguidores que le secundan su idea, olvidando que el conflicto colombiano ha arrojado 220 mil víctimas en 53 años de guerra fratricida.

No querer la paz para Colombia es prologar la guerra por otros 50 años; por ello la historia nos demuestra que cuando los conflictos son muy prolongados la única salida es llegar a una paz negociada, que nos permite evitarnos muchas más muertes de jóvenes de cualquiera de los bandos armados.

Uribe se muestra como el todopoderoso, se burla de la justicia, genera lenguaje nuevo como el castrochavismo; estigmatiza a la izquierda dando como referencia de ella el caso de Venezuela; se toma la vocería del país en foros internacionales donde se refiere al mismo de la peor manera.

Durante su nefasta campaña en contra del proceso de paz logró intimidar a la gente para que votaran por el No en el plebiscito. No contento con eso, se fue a participar en nombre de nuestro país a la Cumbre Concordia, en Atenas, donde lo principal es la colaboración entre gobiernos y organizaciones públicas y privadas. No obstante, tomó la palabra y, en un gesto de deslealtad con el país, se dedicó a hablar como si fuésemos la peor nación del mundo.

Él sabe que tiene que responder tarde que temprano ante la justicia nacional e internacional por los crímenes que ha cometido, tendrá que ir a prisión por delitos de lesa humanidad, de la misma manera que se condenó a Pinochet en Chile y a Fujimori en Perú.

Pero Uribe le hace el quite a la justicia, quiere mostrarse como un referente de liderazgo al convocar marchas contra la corrupción, sabotear el proceso de paz a cualquier precio y mantener una actitud crítica para poner presidente.

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