Volver a casa – A manera de prólogo del libro “Cuentos de Antaño” de Harold Escobar Apráez-

Volver a las fuentes, es un llamado constante cuando se pierde el horizonte de lo que se quiere o se pretende; significa, quizá, volcar la mirada sobre la orilla que se traspasó y se dejó a un lado; entonces, el otro lado puede envanecernos, volvernos uno más dentro del uniforme de un mundo globalizado, donde todos buscamos ser diferentes, pero terminamos vistiendo, hablando y mirando como cientos, miles y millones lo hacen; el otro lado, quizá, nos atrajo con sus quimeras doradas, forradas en oropel, nos sedujo con los conceptos redundantes fundados en la razón y nos alejó de la realidad real, la nuestra, la vivida y palpada en nuestras particularidades.

Este conjunto de cuentos que hoy nos presenta Harold Escobar Apráez, nos permiten cruzar nuevamente a la orilla dejada, a veces olvidada y distanciada por nuestro particular capricho; lentamente nos atrapa con sus voces coloquiales, con nuestros modismos y caprichosas formas de abrirnos al mundo mediante nuestro lenguaje, tan único dentro del contexto nacional; y es que, como decía Heidegger, “el lenguaje es la casa del ser”, porque se parte de la experiencia particular, aquí no es el mero lenguaje como herramienta comunicativa de mera ideas, sino entendido como aquello con lo que nos identificamos, con nuestros gustos y también con nuestros disgustos; por ello, cuando leemos los cuentos de Harold, volcamos la mirada a lo que somos, a la manera como descubrimos el mundo en la calle, en el barrio, en la plaza de mercado, es que ahí fue, también, donde nos construimos y forjamos en lo que somos.

El magistral libro de Aurelio Arturo, Morada al Sur, es un volcar la mirada a nuestro hábitat, a nuestro lugar de origen, por eso, entre las saudades aparece un tic tac profundo que le dice al oído los susurros de la infancia, en sonidos de vientos y ecos de hojas; estos cuentos también son una invitación a morar en nuestra propia mansión, aquí los Andes aparecen como personajes principales, es en la montaña donde transcurre la vida, por eso estos cuentos, que parecen traídos desde la entraña experiencial de su autor, se nos vuelven también comunes, es que somos nosotros, hijos de las montañas, quienes hemos vivenciado los mitos que nos permitieron, mágicamente, interpretar nuestro universo y fundar nuestra propia cosmogonía.

En el conjunto de cuentos, hay varios símbolos que configuran nuestros municipios nariñenses andinos, aparecen los espantos como pregoneros de una espiritualidad que se resiste a perecer, pese a la llegada de cruces y espadas; hay la manifestación de la fiesta como un escenario de construcción de paz, entendida ésta, no como la ausencia de conflicto, sino como el conflicto bien manejado, manifiesto aquí en la aceptación de lo subversivo bajo el disfraz de un “mono”, figura que también es subversivo dentro del marco del juego de Negros y Blancos; el comadrazgo, tan afín a nuestras mujeres del sur, manifiesto en el intercambio de unas chanclas, símbolo que posibilita el diálogo entre sectores supuestamente contradictorios, es quizá la herencia recogida de la tierra que es una sola para todos, blancos y negros, godos o cachiporros, guerrillos o paras, ahí lo que hay es la re-construcción del lazo social mediante un símbolo que termina por ser, pretendido o no, un polo a tierra; inclusive lo escatológico se vuelca aquí en una oportunidad para el humor, pero también como reconocimiento de lo banal en un mundo lleno de prejuicios y adornos fatuos.

Aquí Sotomayor, simbólicamente, ya no es la Ítaca de la cual partimos, sino, como lo dice Kavafis, es la Ítaca que tenemos siempre en nuestro camino; sus cuentos nos permiten volver a la comarca, sentir el candor de eso que nunca dejará de ser nuestro, como las manos de una madre y de un padre, que se extienden siempre generosas cuando el hijo vuelve a casa, gracias Harold por permitirnos volver a ser nuevamente hijos de esos Andes del Sur con sus sencillos, pero sentidos cuentos.

  1. Mauricio Chaves-Bustos

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