Yo quisiera aprender otra vez

Por: Oscar Seidel

Psicología

El arte de montar en bicicleta se adquiere con equilibrio y serias raspaduras. No es como el común de la gente cree, que todo es tener buenos pulmones, muslos fornidos, y algo de inteligencia.

Hace muchos años, cuando en el pueblo no había llegado de forma masiva el automóvil, el medio terrestre de locomoción era la cicla. Este pesado armatoste con fuerte estructura que hoy serviría para fabricar motocicletas, era nuestro entretenimiento, y además daba estatus social al estudiante del Liceo que la tuviera. Aprender a manejarla era cuestión de paciencia y voluntad. Permanecíamos más en el suelo que en el galápago de aquella pesada Monark. El que cogiera el tiro de sostenerse y movilizarse unos cuantos metros, era digno de pertenecer a la mejor escuela de pedalistas.

De ésta experiencia aprendí a aplicar la Psicología del profesor del Liceo, quien siempre decía: “Hay que mirar hacia adelante con equilibrio”. Pero, mi verdadero maestro en estas lides fue el mecánico Panaí, quien era dueño del único sitio de alquiler de ciclas, y daba estas sabias enseñanzas para evitar que cayéramos en huecos, andenes, y cuanto obstáculo se nos atravesara. Decía que todo radicaba en coger una mira y no distraernos, porque de lo contrario era fijo que nos chocábamos; pero, además teníamos que guardar el equilibrio en los manubrios, la barra y los pedales, porque con la sola teoría no bastaba.

Mucho tiempo después, encontré el significado de las lecciones de montar en bicicleta con todo lo que uno puede hacer en esta vida. Aprender siempre nos exigirá sacrificio; se presentarán tropiezos que nos impidan seguir por la senda deseada; caeremos muchas veces y las raspaduras serán físicas y morales, y aún después de adquirir el conocimiento apropiado, tendremos que sostener la estabilidad de nuestros actos para poder convivir con los demás. No volví a encontrarme con el maestro Panaí de las bicicletas, para darle las gracias por la psicológica enseñanza otorgada; quién sabe si él aplicó su teoría en la vida práctica, o murió entre pegantes, tubulares y bielas. Lo que sí puedo dar testimonio es que sus palabras siempre las llevo conmigo.

Ayer, empezó mi hijo a montar en bicicleta. Golpes, dolores y rabietas tuvo. Así irá aprendiendo hasta que llegue el momento de arriesgarse solo, y “mirar hacia adelante con equilibrio”, no sólo sobre las dos llantas sino en todas las acciones de la vida.

Filosofía

Los alumnos de último año del Liceo estaban preocupados porque se acercaba la fecha de los exámenes para ingresar a la Universidad, y en su interior reconocían que estaban mal preparados en Filosofía, dada la inclinación del profesor hacia una sola corriente filosófica. En las otras materias se sentían seguros, así, el profesor de Química confundiera el reactivo contra bacterias con el reactivo para baterías.

A la salida de clases, se reunieron tres compañeros que estaban con esa inquietud. En el camino hacia el pueblo, que era un poco distante, decidieron probar cómo estaban sus conocimientos en Filosofía. El primero en hablar fue Protágoras Arizala, quien expuso que la corriente filosófica que más le atraía era el «Pragmatismo», dado que se caracteriza por la insistencia en las consecuencias, como una manera de encontrar la verdad o significado de las cosas. Manifestó que esta filosofía se opone a la visión de que los conceptos y el intelecto representan el significado real de las cosas.

Luego participó Descartes Rincón, y dijo que a él le gustaba mucho el «Racionalismo», porque este sistema filosófico acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento, y rechaza la idea de los sentidos dado que nos pueden engañar. Habló que había aprendido que todos poseemos conocimientos innatos, que nacemos con conocimientos, y que solo tenemos que acordarnos de ellos.

Intervino finalmente Pirròn Solarte, quien dijo que no se acordaba del nombre de la corriente filosófica que había explicado el profesor, pero que le había quedado sonando eso que decía que la experiencia es la base del conocimiento, y que no seguía hablando más porque le habían puesto el apodo de «Tabula Rasa» dada su dificultad para aprender.

Si ven, dijo Protágoras Arizala: Cada uno tiene un concepto diferente para hallar la verdad de las cosas. ¿Por qué no resolvemos esta duda con el ejemplo de algo?

En seguida, Pirròn Solarte, que había visto, al borde de la carretera, un coco colgado de una palmera, los retó a analizar ¿Cuál era la razón para que cada uno creyera que eso era un coco?

Explicó entonces, Descartes Rincón, su planteamiento, y manifestó que desde que nacemos ya sabemos que eso es un coco: ¿Qué pensarán que puede haber otra fruta que se llame así? Lo que pasa es que desde el primer momento que nos dicen que la fruta es un coco, así lo llamaremos para siempre.

Refutó Protágoras Arizala el concepto anterior, y dijo que eso es una verdad a medias. Que por más que Descartes Rincón expresara que eso es un coco, para él, no lo será, sino que tiene que verlo primero colgado de la palmera, luego tumbado, enseguida partido, y finalmente tomada el agua y comida la pulpa, para ahora si saber que eso es un coco.

Le tocó el turno de exponer su teoría a Pirròn Solarte, quien no había entendido nada de las explicaciones anteriores: y les aconsejó a sus compañeros que no se mataran la cabeza discutiendo sobre semejante simpleza. O, es que ustedes ¿no han escuchado ese currulao?: “Una vieja me dio un coco, me dijo que lo pelara; después que lo pelé me dijo que lo tapiara; después que lo tapié me dijo que lo raspara; y después que lo raspé, se le metió el diablo a esa mujer, y me dijo que le dejara su coco como estaba” …

En ese momento, Pirròn Solarte recordó la corriente filosófica del «Empirismo», y dijo que en ese sistema estaba la explicación de todo, dado que se necesitaba experiencia para no dejarse embolatar con la manipulación gramatical del bendito coco, y sobre todo para entender la sensibilidad de aquella mujer del currulao.

Finalmente, llegando al centro del pueblo, decidieron estudiar más Filosofía, puesto que ninguno había convencido al otro. Concluyeron que estaban todavía crudos, y que no perderían su tiempo consultando con el profesor, que era un fanático del «Escepticismo», puesto que no creía ni descreía de cualquier concepto filosófico.

Castellano

La península ibérica durante el transcurso de toda su historia, sufrió los embates de la conquista de pueblos  invasores como los  Celtas, Griegos, Romanos y Musulmanes entre otros, lo que configuró una mezcla de culturas, que dio como resultado un enriquecimiento del latín vulgar al fusionarse con otras lenguas, el cual se hablaba y predominaba de forma mayoritaria  en la parte norte de la península, surgiendo de manera paulatina el idioma castellano, especialmente  en la zona central de España (Castilla).

Considerado el idioma oficial del reino de Castilla, e impuesto como medio único de comunicación en el Nuevo Mundo, el castellano fue traído al territorio líquido del Pacífico sur por los invasores y más tarde por los evangelizadores y esclavistas. Los invasores vinieron, vieron, explotaron, y se fueron, dejando como uno de sus legados el idioma. En lo profundo de la selva, en los ríos, y en el mar, quedó entronizado el castellano arcaico, perdurando hasta nuestros días innumerables palabras, que incluso en la misma península, ya se encuentran extintas.

En nuestro territorio estaban los indígenas que tenían sus propios dialectos, y se entendían de esa manera. Después con el secuestro del negro de África, éste sufrió una simbiosis idiomática al intercambiar sus dialectos de Guinea, Congo, y Angola con el de los europeos.

En el Liceo, teníamos compañeros que venían del campo y conversar con ellos era fantástico; ya por la forma hiperbólica como narraban sus historias de la zona rural a través del relato oral; ya por el sinnúmero de adagios y dichos que utilizaban, ya por las palabras que empleaban en el diálogo, con las que quedábamos completamente desorientados por no entender nada. A la correa le decían badana; para referirse a las zapatillas usaban el vocablo babuchas; el pasador del pantalón era identificado como bichonga; y si al más bobo de la clase le decían que era un badulaque, debía ponerse serio, porque lo estaban tratando de atembado.

Mucho tiempo después de haber logrado la libertad del invasor castellano, en el campo los mayores conservaron sus cantos en manuscritos con letra Palmer, y así se observa la fuerte presencia del castellano arcaico. ¿Por qué nuestros campesinos del litoral se comen las letras ¿P y C al pronunciar palabras como aceptar, captar, efecto? Porque así se hablaba en la antigüedad: acetar, catar, efeto.

Hoy en día, el habitante del Pacifico sur que ha dado el salto hacia las ciudades, evita pronunciar palabras y declinar verbos como: talega, aguaitar, fierro, pandar, canilla, anduve, enflaquecer. Lo que no sabe es que esas palabras forman parte del castellano arcaico, y no tiene la culpa que se quedara para siempre en su lenguaje cotidiano.

Matemática

El Ministerio de Educación, con el fin de evaluar la situación académica, ordenó a las directivas del Liceo investigar sobre el origen de la vida. Para cumplir tan difícil misión, seleccionaron a los dos mejores profesores de Matemática y de Filosofía:

—El principio de todas las cosas está en los números: El Creador hizo la luz el día uno; el día dos el cielo; el día tres la tierra; el día cuatro los cuerpos celestes; el día cinco el agua; el día seis las criaturas, y descansó el día siete, dijo el matemático.

 —Lamento contradecirlo, pero el origen del Universo es la Nada. En el principio no había existencia, respondió el filósofo.

 — Usted, me está dando la suficiente razón: La Nada es el número cero, replicó el matemático.                                                                                                                                      Después del acalorado debate, el rector del Liceo envió su concepto al Ministro de Educación: «El Universo fue creado con razón y sin razón».

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