{"id":3533,"date":"2013-08-03T05:58:12","date_gmt":"2013-08-03T05:58:12","guid":{"rendered":"https:\/\/pagina10.com\/web\/relatos-elementales-del-sur-de-colombia\/"},"modified":"2013-08-03T05:58:12","modified_gmt":"2013-08-03T05:58:12","slug":"relatos-elementales-del-sur-de-colombia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/pagina10.com\/web\/relatos-elementales-del-sur-de-colombia\/","title":{"rendered":"RELATOS ELEMENTALES DEL SUR DE COLOMBIA"},"content":{"rendered":"<p><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\" size-full wp-image-3532\" src=\"https:\/\/pagina10.com\/web\/wp-content\/uploads\/2013\/08\/1f0901d60730d15480246ab3e93d846c.jpg\" alt=\"Fotograf\u00eda: Diego Rodr\u00edguez \" width=\"700\" height=\"467\" srcset=\"https:\/\/pagina10.com\/web\/wp-content\/uploads\/2013\/08\/1f0901d60730d15480246ab3e93d846c.jpg 700w, https:\/\/pagina10.com\/web\/wp-content\/uploads\/2013\/08\/1f0901d60730d15480246ab3e93d846c-300x200.jpg 300w, https:\/\/pagina10.com\/web\/wp-content\/uploads\/2013\/08\/1f0901d60730d15480246ab3e93d846c-450x300.jpg 450w\" sizes=\"(max-width: 700px) 100vw, 700px\" \/><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ten\u00eda los ojos cenizos. Dentro de ellos aun alguien dorm\u00eda, una gata montaraz, un pr\u00edncipe azul, una mariposa de luz. Sentada bajo la copa de un laurel centenario, apoyaba su estatura en su fusil. Sus cuatro costados alud\u00edan a su gran feminidad de tierra pensativa.<\/p>\n<p>  <!--more-->  <\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Detr\u00e1s de los ojos, que antes fueron ra\u00edces y memoria, bajaban sin cesar riachuelos alegres descolgados de las crestas del cielo. Se llamaba Manuela. Hab\u00eda nacido en Ipiales, por la \u00e9poca dorada de los contrabandistas, y a los 16 a\u00f1os se hab\u00eda incorporado al frente de guerra. Nadie supo a ciencia cierta los motivos de esa incorporaci\u00f3n obsesionada y temprana. Aunque vivi\u00f3 en las periferias pobres de la ciudad, sus necesidades b\u00e1sicas las cubr\u00edan sus padres.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Era hija \u00fanica y le hab\u00edan prometido el cielo y la tierra, juntos. Un d\u00eda desapareci\u00f3. Sus padres la buscaron aqu\u00ed y all\u00e1, dentro y fuera, en lugares pasados y futuros. Y la lloraron d\u00eda tras noche hasta que encontraron las primeras pistas, y despu\u00e9s tambi\u00e9n. Guiados por ciertas circunstancias epistolares, sus padres llegaron al campamento rebelde.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Para entonces Manuela hab\u00eda cumplido sus 18 a\u00f1os y hab\u00eda y salido airosa de combates a muerte con el enemigo, con la soledad y con el futuro de un amor de guerra. Pap\u00e1 y mam\u00e1 se convirtieron en su sombra. Su madre, en principio, no quer\u00eda ni siquiera mirar el fusil de Manuela. Con el tiempo, aprendi\u00f3 a desarmar y armar el arma de su guerrera, pero sin dejar de presionar por la vuelta a casa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Su padre se acopl\u00f3 a traer la le\u00f1a, el agua, incluso prestar guardia, y tambi\u00e9n manten\u00eda la presi\u00f3n sobre Manuela para que abandone la guerra y se devuelva con ellos a casa. A\u00f1os despu\u00e9s, la guerra hab\u00eda arreciado y el frente rebelde resist\u00eda impasible desde las monta\u00f1as de la costa. Para entonces, tanto Manuela como sus padres aparec\u00edan en las listas de desaparecidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">II<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A mis hermanas y hermanos, y a m\u00ed, nos gustaba ir a lavar la ropa al R\u00edo Salado. Los s\u00e1bados eran los d\u00edas m\u00e1s apetecidos. Carg\u00e1bamos las maletas de ropa sucia, las ollas de cocinar, los alimentos, las botellas de caf\u00e9 y baj\u00e1bamos veloces por los empinados rastrojos donde antes estuvo la selva, los conejos silvestres y las culebras. Lo primero que hac\u00edamos, ya en las orillas del r\u00edo, era encender hogueras para espantar a los mosquitos que quer\u00edan devorarnos vivos. Ir a lavar la ropa al r\u00edo era una fiesta. Ven\u00eda a veces el abuelo, un bravo domador de burros de las haciendas del norte ecuatoriano. Tra\u00eda unos inmensos quesos para j\u00fabilo de todos. Y ven\u00eda Rut, la hija de la vecina. Y ven\u00eda la madre de Ruth y los hermanos de Rut.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mientras ellas empezaban a lavar, nosotros empez\u00e1bamos a llevar la le\u00f1a. Despu\u00e9s de comer, todos \u00edbamos a golpear la ropa contra las piedras azufradas del r\u00edo para que salga la suciedad de la semana. Rut se iba a jugar conmigo y por la noche la so\u00f1aba jugando como hab\u00edamos jugado. Una tarde nublada, mi maestra llam\u00f3 a mi padre para alertarlo de que en la escuela de Chamb\u00fa, s\u00f3lo exist\u00eda el tercero de primaria. Si quer\u00eda seguir estudiando, que lo quer\u00edamos mi padre y yo, deb\u00edamos buscar otro pueblo. Me fui con el dolor de Rut en el alma. Y fue para siempre. A\u00f1os despu\u00e9s, en uno de esos regresos irregulares, Rut se hab\u00eda escapado de su casa hacia Guayaquil y regresaba cada a\u00f1o con unas gafas negras muy grandes y una grabadora inmensa que llevaba en el hombro. Las lavanderas ya no utilizaban el R\u00edo Salado. El sue\u00f1o que yo hab\u00eda guardado, sin embargo, aun permanece agazapado detr\u00e1s de la memoria. El progreso hab\u00eda entrado al humilde caser\u00edo. Con la inauguraci\u00f3n del acueducto, se acabaron los viajes al r\u00edo los s\u00e1bados, y con ellos las relaciones de amistad, amor y solidaridad tejidos durante d\u00e9cadas. En Semana santa volvi\u00f3 Rut a morirse de c\u00e1ncer. Y a ella le sigui\u00f3 gran parte de las buenas gentes que en su d\u00eda aplaudieron con orgullo en nuevo acueducto, el inicio del progreso, como lo hab\u00eda dicho don Israel, despu\u00e9s de la parranda de inauguraci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">III<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El centinela se hab\u00eda dormido. So\u00f1aba que alguien lo requisaba. En su forcejeo, el dedo apret\u00f3 el gatillo y el tiro son\u00f3 como condena por todo el \u00e1mbito de la hondonada. Del cementerio, el grito del fusil se esparci\u00f3 sin contratiempo por toda la regi\u00f3n, choc\u00f3 contra los pe\u00f1ascos y sus ecos redondos se ensartaron en la torre de la iglesia de Ricaurte, ya del otro lado del abismo. Una cuadrilla rebelde hab\u00eda instalado su campamento de guerra hace semanas justo cien metros adentro de los platanales que limitaban con el pante\u00f3n de la Loma, un lugar perfecto para hacer guardia. Hab\u00edan dispuesto de una casa abandonada. Eran las cinco de la tarde cuando el tiro escap\u00f3 del fusil del vig\u00eda. En el campamento rebelde se arm\u00f3 la grande. Al otro lado del ca\u00f1\u00f3n, estaba el pueblo de Ricaurte, donde la tropa oficial ocupaba por temporadas plaza, colegio, escuelas y puestos de salud para intimidar a los rebeldes. Desde el cementerio, los combatientes ve\u00edan con claridad los tanques cascabel del ej\u00e9rcito que sub\u00edan y bajaban por la carretera al mar. Ve\u00edan sus movimientos. Exploraban sus intenciones. Conclusi\u00f3n despu\u00e9s de la reuni\u00f3n de urgencia: hay que cambiar de lugar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El disparo habr\u00eda alertado al enemigo d\u00e1ndoles su posici\u00f3n exacta. Y tan c\u00f3modos que hab\u00edan estado. Aunque el comandante Luis prefer\u00eda no moverse un cent\u00edmetro, prefiri\u00f3 hacerlo por temor a la rebeli\u00f3n de sus campeadores. As\u00ed que cuando cay\u00f3 la oscuridad, con las linternas apuntando al suelo, iniciaron una penosa marcha bajo los frondosos \u00e1rboles de la selva que segu\u00eda a los platanales. A las cuatro de la ma\u00f1ana dio la orden de descanso. El d\u00eda ven\u00eda haciendo su tropel de sol entre los \u00e1rboles. Cuando abri\u00f3 los ojos, Manuela vio entre los \u00e1rboles la misma casa vieja que abandonaron a las ocho de la noche. El comandante hab\u00eda mantenido a la tropa dando vueltas alrededor de la vieja casucha. Sab\u00eda que para llegar a a ellos el enemigo no lo pensar\u00eda dos veces, sino tres o cuatro. Hab\u00eda iniciado una guerra de posiciones y ese lugar era la t\u00e1ctica m\u00e1s adecuada para vencer por cansancio al enemigo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">IV<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No quiero que se vayan al pueblo, dec\u00eda Mar\u00eda. Hab\u00edamos llegado con mi hermano menor para vivir all\u00ed durante el curso escolar de cuarto de primaria. Pero desde el rancho de la t\u00eda Alberta, al otro lado de Piedrancha, hab\u00eda hora y media de camino para llegar a la escuela urbana de ni\u00f1os. As\u00ed que, aprendimos a caminar por el tubo de la Texas Petrolium Company, que adem\u00e1s de llevarse el crudo del Putumayo para los dep\u00f3sitos en Luciana, nos serv\u00eda para cruzar el r\u00edo y no tener que ir hasta el puente donde estaba la piedra ancha que le daba el nombre al pueblo. El peligro era latente. Si resbal\u00e1bamos del tubo, no quedaba ni el apellido. Por eso nuestros padres decidieron alquilar una casita en el pueblo. Y eso le dol\u00eda a Mar\u00eda, la hija de la t\u00eda Alberta, una solitaria ni\u00f1a de ocho a\u00f1os que viv\u00eda en esa chosa de bareque y techada de hojas de pl\u00e1tano. Por primera vez en su vida ten\u00eda compa\u00f1\u00eda de otros ni\u00f1os con quien jugar despu\u00e9s de que llag\u00e1bamos de la escuela. Cuando supo que nos \u00edbamos, llor\u00f3 amargamente. A la tarde siguiente, nos esper\u00f3 medio bulto de aguacates. Se deb\u00edan envolver en hojas de pl\u00e1tano secas y colgarlos en un costal sobre el fog\u00f3n, donde el humo los har\u00eda madurar. Mientras no se coman todos los aguacates no se van, dijo. Veinte d\u00edas despu\u00e9s, cuando nos comimos el \u00faltimo aguacate, vinieron nuestros padres y nos trasladaron al pueblo, aunque Mar\u00eda ya preparaba un segundo medio bulto de aguacates. Mar\u00eda era nuestra prima, una hermosa ni\u00f1a que con nuestra presencia supo que m\u00e1s all\u00e1 de los platanales viv\u00edan otras gentes y otros ni\u00f1os y ni\u00f1as como ella. La tristeza de la ni\u00f1a aun la llev\u00f3 grabada en alguna parte del esqueleto. Supe por primera vez que la soledad se llama Mar\u00eda. Cont\u00f3 la t\u00eda Alberta que Mar\u00eda sol\u00eda treparse a los \u00e1rboles de aguacate m\u00e1s altos para mirar a los ni\u00f1os que jugaban en el patio de la escuela.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;V<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;Se enamor\u00f3 de Wilson, un comandante de escuadra que operaba en el sur del Departamento del Cauca, en Colombia. Wilson estaba enamorado de otra cosa, por eso se hab\u00eda alistado en las filas revolucionarias hacia 5 cinco a\u00f1os. Elizabeth ten\u00eda 16 a\u00f1os cumplidos y unos ojos de gata obstinada. As\u00ed que le dio un ultim\u00e1tum a su amado guerrero: te quedas conmigo o me llevas contigo, le dijo. Ninguna de las dos cosas. Wilson ten\u00eda muchas cosas que cumplir con la historia, seg\u00fan dijo. Ella se encoleriz\u00f3, y en un descuido, le sac\u00f3 su revolver de dotaci\u00f3n del cinto, abri\u00f3 la boca y se pego un tiro en el paladar. El r\u00e9gimen, a trav\u00e9s de los medios de informaci\u00f3n, y con la colaboraci\u00f3n de uno de sus periodistas, orquest\u00f3 la versi\u00f3n de que la ni\u00f1a se suicid\u00f3 por el acoso a que hab\u00eda sido sometido el pueblo por parte del ej\u00e9rcito rebelde. La periodista Mariela San Pedro, que sab\u00eda que el suicidio era por amor y no por hartazgo, se lo comunic\u00f3 a su jefe de redacci\u00f3n y al mismo director, y le creyeron, pero la despidieron. No pod\u00edan contradecir al presidente y al ministro de la defensa que ya hab\u00edan ido a dar las condolencias a la familia de la fallecida.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">VI<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;Dec\u00edan las malas lenguas que mercenarios del gobierno, camuflados bajo el nombre de \u201cComandos Che Guevara\u201d, estaban reclutando j\u00f3venes de los corregimientos de Panan, Puscuelan, La Poma, Chiles y del propio Cumbal. Les ofrec\u00edan un mill\u00f3n de pesos mensuales, tres veces el salario m\u00ednimo legal, y vacaciones pagadas de dos meses por a\u00f1o, sin detrimento de otras d\u00e1divas, botines de guerra, mujeres guapas y la oportunidad de ser alguien en la vida. Dec\u00edan adem\u00e1s que los estaban entrenando en un inh\u00f3spito bosque ubicado en los p\u00e1ramos entre los nevados Chiles y Cumbal. Por esos d\u00edas, algunos vecinos de la zona huyeron hacia Ecuador, desesperados y en silencio. Ya del otro lado de la frontera, denunciaron que los revolucionarios del Ej\u00e9rcito de Liberaci\u00f3n Nacional, hab\u00edan atacado a los \u201cChe Guevaras\u201d y los hab\u00edan diezmado. Que sus cad\u00e1veres estaban esparcidos por todo el p\u00e1ramo. Nos fuimos en busca de las evidencias de la noticia. Al acercarnos al supuesto lugar del ataque, nos sorprendi\u00f3 una muchedumbre vagando por los p\u00e1ramos. Cre\u00edmos que eran mercenarios y ej\u00e9rcito, que siempre actuaban juntos. Contra las c\u00fapulas blancas de los nevados, las figuras humanas eran sombras dibujadas sobre el hielo de los cielos. Quisimos huir. Si eran mercenarios, nos matar\u00edan. Pero no. Eran padres, madres, hermanas, novias, vecinos, hijastros, amigos, enemigos, todos buscando los cad\u00e1veres de sus hijos. Nos unimos a ellos. No encontramos nada. Solo rastros de sustos feroces y en el centro del campamento la mesa aun servida para el desayuno.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">VII<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;La otra Esperanza ten\u00eda 16 a\u00f1os cuando se escap\u00f3 del baile conmigo, a alas dos de la ma\u00f1ana. Por esos tiempos, la guerra era un rumor lejano, sucesos que parec\u00edan quimeras allende nuestros sue\u00f1os. En Sapuyes, vag\u00e1bamos por las calles oscuras arropados por un turbulento silencio que solo se reventaba en la boca cuando los besos, que esperaban su turno detr\u00e1s de los labios a codazo limpio, hambrientos, sedientos, se desgranaban en cortas eternidades. La alarma la dio su madre. Esperanza no estaba en el baile. Y yo tampoco. Presum\u00eda lo peor. Paraliz\u00f3 la fiesta y despleg\u00f3 un amplio operativo de b\u00fasqueda por el corral de las vacas, los matorrales cercanos, los caminos de herradura que llegaban por detr\u00e1s de la casa. Rafael, quien se hab\u00eda casado ese d\u00eda con mi hermana, y por eso era el baile, me rescato de los besos de Esperanza y me llev\u00f3 a una cama y me tap\u00f3 con varias cobijas. Desde all\u00ed escuch\u00e9 su llanto seco y r\u00fastico. Lloraba, dijo, por su hermano casado, y no por m\u00ed. Y era verdad. 30 a\u00f1os despu\u00e9s, cuando la guerra lleg\u00f3 al sur con una violencia atroz, los mercenarios del gobierno asesinaron a Rafael junto a otras 20 personas sin distinci\u00f3n alguna, le o\u00ed el mismo llanto r\u00fastico y seco por su hermano del alma.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;VIII<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;Se llamaba Clara. Sus dos hoyuelos en las esquinas de los labios la hac\u00eda irresistible. Su cabello azabache, largo y ondulante la hac\u00eda inmune a otros deseos que no fueran la siempre Clara, el deseo y la ternura reci\u00e9n amanecidos en sus pesta\u00f1as. Era lo m\u00e1s parecido a la nostalgia a esas alturas de la vida. Lo m\u00e1s cercano a las primeras utop\u00edas de la raz\u00f3n. Mi hermano mayor fue el primero de mi familia en enamorarse de ella. Despu\u00e9s fui yo. Y con nosotros dos generaciones seguidas. Un d\u00eda de esos en que el amor nos vuelve del tama\u00f1o del universo, mi hermano me pidi\u00f3 que renunciase a Clara. Dijo que \u00e9l se hab\u00eda enamorado primero. &#8220;D\u00e9jamela a m\u00ed&#8221;, dijo, con esa tristeza mayor de los condenados a mujeres imposibles. A cambio, me dar\u00eda su porci\u00f3n de carne de los almuerzos, cuando la hubiera. Acept\u00e9. Y tambi\u00e9n le advert\u00ed que todos los ni\u00f1os de mi edad tambi\u00e9n la amaban. &#8220;Y los de mi edad tambi\u00e9n&#8221;, replic\u00f3 con un suspiro protocolario. Lleg\u00f3 la adolescencia. La \u00e9poca de las decepciones y los sobresaltos. Yo me march\u00e9 del pueblo sabiendo que Clara se hab\u00eda enamorado de un primo suyo. De regreso, seis a\u00f1os despu\u00e9s, mi hermano aun segu\u00eda enamorado de Clara y yo no hab\u00eda dejado de so\u00f1arla. As\u00ed que sin retirar la promesa a mi hermano, decid\u00ed conquistarla. Tres a\u00f1os m\u00e1s se resisti\u00f3, hasta el 6 de enero, fecha en que en toda la regi\u00f3n se celebran los Carnavales de Negros y Blancos, cuando cay\u00f3 rendida en mis labios. La resistencia la estaba matando por dentro, confes\u00f3. Venci\u00f3 mi generaci\u00f3n: la generaci\u00f3n perdida. Al final, Clara se cas\u00f3 con el m\u00fasico del pueblo, un violinista que no perteneci\u00f3 a ninguna de nuestras dos generaciones, sino una tercera, 15 a\u00f1os mayor que las nuestras. El dolor fue cediendo poco a poco. Ahora cada cual tiene su Clara, presente o ausente, pero la tiene, y mi hermano tiene la suya. Yo aun ando persiguiendo a la m\u00eda del otro lado del mar, lejos para siempre de la ni\u00f1a de los hoyuelos claros en las orillas de sus labios.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">IX<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Si, me acuerdo del r\u00edo aquel. El R\u00edo Carchi. De vez en cuando, mol\u00edamos barbasco, y a medianoche, cuando hab\u00eda luna llena, te\u00f1\u00edamos el agua de verde con el zumo venenoso. Manolo, el primo mayor, con dos peones m\u00e1s, tend\u00edan la red en El Estrecho para atrapar a los peces moribundos. Era en los tiempos de aguas bajas, pues en invierno, sol\u00edamos utilizar tacos de dinamita para desmayar a los peces. No hab\u00eda otra forma de financiar los sue\u00f1os sino era con el dinero que gan\u00e1bamos vendiendo los peces en los mercados de Tulc\u00e1n y Cumbal. Lo hac\u00edamos regularmente, alertados por la posibilidad de que se nos adelantaran los peones de las haciendas vecinas. Con el tiempo, tuvimos que competir incluso con los peones de las haciendas del lado ecuatoriano. Llagamos hasta hacer disparos de escopeta al aire para asustarlos cuando los sent\u00edamos bajar en tropel hacia las orillas del Carchi. El R\u00edo Carchi no solo nos financiaba los sue\u00f1os, sino que nos proporcionaba protecci\u00f3n internacional. Cuando mis primos y sus amigotes se emborrachaban y apaleaban a los j\u00f3venes del pueblo de Panan (nosotros viv\u00edamos en las casuchas de las haciendas), sol\u00edan cruzar el r\u00edo huyendo de la polic\u00eda, presta a vengar a sus j\u00f3venes pueblerinos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se lanzaban a sus aguas gritando consignas a cualquier cosa e insultando la dignidad de la autoridad leg\u00edtima. Ya del otro lado de la frontera, les ense\u00f1aban el trasero a los polic\u00edas. Dejaron de hacerlo cuando un uniformado le meti\u00f3 un tiro por donde sabemos al primo Manolo. A las aguas de aquel r\u00edo de nuestra vida, \u00edbamos con mis primas a ahogar los perros reci\u00e9n nacidos de las perras de la hacienda. Los llen\u00e1bamos en un costal y ya en la orilla, los solt\u00e1bamos uno a uno. Aun no hab\u00eda l\u00e1stima ni j\u00fabilo en el coraz\u00f3n. Todo era natural como la naturaleza misma. Despu\u00e9s de deshacernos de los cachorros, nos met\u00edamos a los vados. A veces, utiliz\u00e1bamos tarros de manteca tapados al vac\u00edo para no ahogarnos. Nad\u00e1bamos el tiempo suficiente para no morirnos de fr\u00edo. Sin el acoso del tiempo, \u00e9ramos lo suficiente para ser felices. A\u00f1os m\u00e1s tarde, los contrabandistas cerraron para siempre aquella maravillosa \u00e9poca de gloria.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Con el auge del petr\u00f3leo en el vecino pa\u00eds, mis primos y sus amigos, y sus enemigos, se fueron a cargar canecas de gasolina, cajas de manteca y jab\u00f3n, costales de arroz y m\u00e1quinas de coser que vend\u00edan al doble en este lado de la frontera. S\u00f3lo sobrevivieron aquellos contrabandistas que ahorraron el dinero suficiente para sobornar a las polic\u00edas de los dos pa\u00edses, y estos ya no cruzaban el r\u00edo a medianoche, sino que hac\u00edan cola en el Puente Internacional de Rumichaca a la madrugada para pasar los grandes camiones de mercanc\u00edas. Algunos de mis primos se hicieron millonarios.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquellos que tampoco pudieron prosperar con el contrabando, ni con nada, peor con los salarios de miseria, invadieron algunas de las haciendas y echaron a los patrones. El r\u00edo, supongo, seguir\u00e1 igual, pero ya no financiar\u00e1 los sue\u00f1os de nadie, m\u00e1xime ahora que la guerra nacional se mueve por sus orillas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ten\u00eda los ojos cenizos. Dentro de ellos aun alguien dorm\u00eda, una gata montaraz, un pr\u00edncipe azul, una mariposa de luz. 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