{"id":70879217025,"date":"2026-10-23T20:57:51","date_gmt":"2026-10-24T01:57:51","guid":{"rendered":"https:\/\/pagina10.com\/web\/?p=70879217025"},"modified":"2026-10-23T20:57:51","modified_gmt":"2026-10-24T01:57:51","slug":"hacia-una-estetica-de-embusteromania","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/pagina10.com\/web\/hacia-una-estetica-de-embusteromania\/","title":{"rendered":"Hacia una est\u00e9tica de embusteroman\u00eda"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">\n(La miel no se hizo para la boca del burro)<br \/>\n(Exclusivo de Daniel Olarte Mutiz para P\u00e1gina 10)<br \/>\nConfieso que no soy un ciudadano distra\u00eddo, por el contrario, he estado atento a la historia de nuestro acontecer nacional y, a trav\u00e9s de mis a\u00f1os de existencia, me he dado cuenta de que hay gobiernos que construyen bibliotecas, otros que levantan teatros, algunos que financian museos, reviven artistas, los homenajean, hacen culto de la historia y se adentran en la historiograf\u00eda para no permitir que la objetividad de los hechos sea deste\u00f1ida por caprichos pol\u00edticos. Pero tambi\u00e9n, la historia universal de la infamia tiene tambi\u00e9n en sus galer\u00edas, personajes nefastos, como aquellos que, en un arrebato de inspiraci\u00f3n hist\u00f3rica, deciden que el problema fundamental de la naci\u00f3n no es la pobreza, ni la violencia, ni la desigualdad, ni la corrupci\u00f3n, sino que hay demasiadas obras de arte contando cosas que al presidente no le gustan. Colombia, siempre tan pr\u00f3diga en originalidades, parece haber entrado en esta \u00faltima categor\u00eda.<br \/>\nEl presidente Abelardo de la Espriella ha emprendido su anunciada cruzada cultural y, con ella, nos ha permitido contemplar una de las paradojas m\u00e1s exquisitas de la pol\u00edtica contempor\u00e1nea: en nombre de la libertad, se retiran im\u00e1genes; en nombre de la neutralidad, se seleccionan memorias; en nombre de la historia nacional, se procura que una parte de esa historia deje de incomodar al gobernante de turno. El Museo Nacional, que deber\u00eda ser una casa de la memoria, corre as\u00ed el riesgo de convertirse en una suerte de sala de estar presidencial: se exhibe aquello que combina con el gusto del propietario y se guarda en la bodega aquello que desentona con la decoraci\u00f3n ideol\u00f3gica.<br \/>\nPorque, al parecer, el problema de Colombia no era que su historia estuviera incompleta, sino que algunas de sus p\u00e1ginas se hab\u00edan atrevido a aparecer en p\u00fablico sin solicitar previamente la aprobaci\u00f3n del se\u00f1or presidente.<br \/>\nResulta aberrante, la noticia del retiro de piezas relacionadas con movimientos sociales, luchas feministas, diversidad sexual, violencia pol\u00edtica y procesos de paz ha puesto sobre la mesa una pregunta que deber\u00eda resultar elemental: \u00bfun museo est\u00e1 para contar la historia o para tranquilizar la conciencia de qui\u00e9n gobierna? La discusi\u00f3n no consiste en afirmar que toda obra deba permanecer eternamente en una sala, que toda exposici\u00f3n sea intocable o que los museos no puedan revisar sus colecciones. Por supuesto que pueden hacerlo. La museograf\u00eda cambia, las investigaciones avanzan y las interpretaciones hist\u00f3ricas se enriquecen. Precisamente por eso existen curadores, historiadores, investigadores, restauradores y especialistas que dedican a\u00f1os a estudiar las piezas antes de decidir c\u00f3mo presentarlas. Lo verdaderamente grotesco comienza cuando la revisi\u00f3n de un relato hist\u00f3rico parece obedecer m\u00e1s a una consigna pol\u00edtica que a un criterio cient\u00edfico, museogr\u00e1fico o patrimonial. Un museo puede discutir la historia. Lo que no deber\u00eda hacer es recibir instrucciones para fingir que ciertos acontecimientos no existieron.<br \/>\nPero quiz\u00e1 estemos ante una nueva escuela historiogr\u00e1fica, todav\u00eda in\u00e9dita en las universidades: el revisionismo por incompatibilidad presidencial. Su m\u00e9todo es sencillo. Primero se identifica el episodio inc\u00f3modo; despu\u00e9s se localiza la obra que lo representa; finalmente, se retira la obra y se declara que el museo ha recuperado su neutralidad. La historia queda corregida. El muro queda limpio. Y el gobernante puede dormir tranquilo, convencido de que el pasado ha comenzado, por fin, a obedecer. Naturalmente, los acontecimientos siguen existiendo fuera del museo. Los asesinatos pol\u00edticos no desaparecen porque se retire un afiche. Los acuerdos de paz no se evaporan porque se esconda una pluma. Las luchas sociales no dejan de haber ocurrido porque alguien decida que sus s\u00edmbolos son ideol\u00f3gicamente inconvenientes.<br \/>\nPero el poder tiene una debilidad muy humana: suele confundir el control de la representaci\u00f3n con el control de la realidad. De ah\u00ed que los muros vac\u00edos tengan una elocuencia que ninguna rueda de prensa puede neutralizar. A veces, la ausencia de una obra termina hablando m\u00e1s alto que la obra misma.<br \/>\nEl ciudadano italoamericano presidente ha presentado su ofensiva como una batalla contra el llamado wokismo y contra la supuesta utilizaci\u00f3n ideol\u00f3gica de las instituciones culturales. Se trata de un argumento que merece ser examinado con seriedad, aunque su puesta en pr\u00e1ctica invite a la iron\u00eda. Porque resulta extraordinario que un gobierno denuncie la instrumentalizaci\u00f3n pol\u00edtica de la cultura mientras convierte la propia cultura en uno de sus primeros campos de batalla. Pero como el cura predica, pero no aplica, basta colocar como ejemplo la instrumentalizaci\u00f3n de un s\u00edmbolo de cultural popular como la camiseta de la selecci\u00f3n Colombia para acceder bajo manipulaci\u00f3n medi\u00e1tica a obtener adeptos distra\u00eddos, para luego dejar el deporte nacional con un presupuesto de migajas. Es como si un pir\u00f3mano convocara una rueda de prensa para denunciar el peligro de los incendios y, acto seguido, exigiera que el cuerpo de bomberos retirara de las estaciones todos los extintores que pudieran recordar las llamas.<br \/>\nLa operaci\u00f3n tiene, adem\u00e1s, una ventaja extraordinaria para el gobernante: permite convertir una discusi\u00f3n compleja sobre la memoria colectiva en un espect\u00e1culo de antagonismos. Ya no se habla de c\u00f3mo investigar mejor, de c\u00f3mo conservar las colecciones, de c\u00f3mo hacer m\u00e1s accesibles los museos o de c\u00f3mo representar la diversidad de experiencias de un pa\u00eds. Se habla de enemigos culturales, de infiltraciones ideol\u00f3gicas y de la necesidad de recuperar una supuesta pureza nacional. El arte, entretanto, pasa de ser una forma de conocimiento a convertirse en sospechoso habitual.<br \/>\nY aqu\u00ed aparece el componente m\u00e1s c\u00f3mico de la tragedia: el presidente que acusa a los dem\u00e1s de imponer una visi\u00f3n del mundo parece dispuesto a imponer la suya, solo que con la convicci\u00f3n de quien considera que su propia ideolog\u00eda no es ideolog\u00eda, sino sentido com\u00fan con escolta presidencial. La diferencia entre una exposici\u00f3n y una propaganda no desaparece porque el gobierno cambie el t\u00edtulo de la operaci\u00f3n. Tampoco desaparece porque el gobernante pronuncie palabras solemnes ante un auditorio. Si una obra es retirada por incomodar al poder, el problema no se resuelve llamando a esa decisi\u00f3n \u00ablibertad cultural\u00bb. Se resuelve demostrando que hubo criterios t\u00e9cnicos, procedimientos transparentes, deliberaci\u00f3n profesional y respeto por la pluralidad hist\u00f3rica. Lo dem\u00e1s es escenograf\u00eda.<br \/>\nImaginemos, por un momento, el museo perfecto para un presidente enamorado de sus propias certezas. En la primera sala habr\u00eda una bandera impecablemente planchada. En la segunda, una vitrina con los grandes h\u00e9roes nacionales, convenientemente seleccionados. En la tercera, una cronolog\u00eda de la historia republicana en la que todos los acontecimientos condujeran, de una manera misteriosa pero inevitable, a confirmar la sabidur\u00eda del gobierno actual.<br \/>\nNo habr\u00eda conflictos sociales, sino malentendidos. No habr\u00eda movimientos de protesta, sino episodios de indisciplina. No habr\u00eda minor\u00edas excluidas, sino ciudadanos que todav\u00eda no han comprendido el relato oficial. Y las v\u00edctimas de la violencia pol\u00edtica ocupar\u00edan, si acaso, una peque\u00f1a sala lateral, siempre que sus nombres no provocaran demasiadas preguntas.<br \/>\nEn la entrada podr\u00eda instalarse un letrero monumental: MUSEO NACIONAL DE LA HISTORIA QUE NO CONTRADICE AL PRESIDENTE.<br \/>\nLa instituci\u00f3n ofrecer\u00eda visitas guiadas para explicar que el pasado fue complejo, pero que sus complejidades han sido debidamente simplificadas por razones de convivencia nacional.<br \/>\nLos estudiantes aprender\u00edan que la historia es una ciencia abierta a la investigaci\u00f3n, salvo cuando los resultados de la investigaci\u00f3n producen incomodidad en el despacho presidencial. Los historiadores podr\u00edan continuar trabajando, siempre que sus conclusiones no alteraran la armon\u00eda crom\u00e1tica de la exposici\u00f3n. Y los curadores ser\u00edan promovidos a una nueva categor\u00eda profesional: especialistas en anticipar qu\u00e9 acontecimientos podr\u00edan irritar al gobernante. Ser\u00eda, sin duda, una innovaci\u00f3n administrativa. La censura dejar\u00eda de ser censura y se convertir\u00eda en una modalidad de dise\u00f1o interior.<br \/>\nEn medio de este episodio aparece otra iron\u00eda: la relaci\u00f3n entre el poder, el arte y el prestigio cultural del maestro Fernando Botero. La obra de Botero, con su lenguaje pl\u00e1stico inconfundible, su tratamiento del volumen y su capacidad para convertir personajes y situaciones en im\u00e1genes de extraordinaria fuerza visual, pertenece al patrimonio art\u00edstico colombiano y universal. Precisamente por eso merece ser tratada con respeto, no utilizada como un certificado autom\u00e1tico de buen gusto para cualquier despacho presidencial.<br \/>\nEn la discusi\u00f3n reciente sobre la decoraci\u00f3n de espacios oficiales y el uso de obras de Botero como emblemas de prestigio, surge una tentaci\u00f3n sat\u00edrica irresistible: imaginar que el pa\u00eds ha decidido inaugurar una nueva disciplina, la arquitectura pol\u00edtica boteriana. Su principio rector ser\u00eda que, si el poder necesita parecer m\u00e1s grande, basta con rodearlo de vol\u00famenes m\u00e1s grandes. Si necesita solemnidad, se le proporciona una escultura monumental. Si necesita legitimidad hist\u00f3rica, se cuelga un maestro en la pared. Y si necesita que el ciudadano olvide por un instante las contradicciones del presente, se le ofrece una composici\u00f3n de formas rotundas, colores reconocibles y una fotograf\u00eda oficial cuidadosamente encuadrada. El resultado ser\u00eda un palacio donde todo tendr\u00eda proporciones extraordinarias, excepto la distancia entre el ego y el espejo.<br \/>\nPor supuesto, no hay que confundir la s\u00e1tira con una noticia: no est\u00e1 acreditado que se haya contratado a Fernando Botero Zea para dise\u00f1ar una nueva arquitectura pol\u00edtica nacional. La idea pertenece, por ahora, al terreno de la imaginaci\u00f3n mordaz. Adem\u00e1s, Botero Zea es hijo del primer matrimonio del artista con Gloria Zea, no un hijo extramatrimonial, seg\u00fan las biograf\u00edas publicadas.<br \/>\nPero la ficci\u00f3n permite formular una pregunta leg\u00edtima: \u00bfqu\u00e9 sucede cuando el prestigio de un artista se convierte en un accesorio del poder? \u00bfCu\u00e1ndo una obra destinada a la contemplaci\u00f3n p\u00fablica comienza a funcionar como una medalla para el gobernante? \u00bfCu\u00e1ndo el legado de un creador deja de ser una invitaci\u00f3n a pensar y se transforma en un elemento de decoraci\u00f3n pol\u00edtica?<br \/>\nEl problema no reside en que un presidente admire a Botero. Ser\u00eda absurdo reprocharle el gusto por un artista colombiano de talla internacional. El problema comienza cuando el arte se instrumentaliza para fabricar una imagen de grandeza, mientras otras expresiones art\u00edsticas son apartadas porque no contribuyen a la imagen que el poder quiere proyectar. Botero no necesita que ning\u00fan presidente lo engrandezca. Su obra ya tiene una dimensi\u00f3n universal. Y la mejor manera de honrarla no consiste en convertirla en tel\u00f3n de fondo de la vanidad presidencial, sino en garantizar que pueda ser apreciada, estudiada y discutida con independencia. De lo contrario, el maestro terminar\u00eda prest\u00e1ndole su prestigio a una operaci\u00f3n que quiz\u00e1 nunca habr\u00eda imaginado: la de demostrar que, en pol\u00edtica, tambi\u00e9n se puede utilizar el arte para inflar algo que ya est\u00e1 bastante inflado.<br \/>\nParece que este ciudadano italoamericano gobernante (que para m\u00ed y otros m\u00e1s de diez millones de colombianos resulta ileg\u00edtimo), quiere reinventar las leyes del universo bajo una perspectiva totalmente corroncha, y, noo hace falta emitir diagn\u00f3sticos psiqui\u00e1tricos a distancia para identificar un fen\u00f3meno pol\u00edtico bastante conocido: la dificultad de algunos gobernantes para aceptar que el mundo no es una extensi\u00f3n de su voluntad.<br \/>\nEl poder ejecutivo puede administrar recursos, formular pol\u00edticas, dirigir ministerios y proponer reformas. Lo que no puede hacer leg\u00edtimamente es convertir sus preferencias personales en la medida definitiva de la verdad hist\u00f3rica o del valor est\u00e9tico.<br \/>\nUn presidente puede detestar una obra. Puede considerar que una exposici\u00f3n es deficiente. Puede discrepar de la interpretaci\u00f3n de un curador. Lo que no se desprende de su cargo es un derecho especial a decidir qu\u00e9 partes del pasado merecen existir en el espacio p\u00fablico.<br \/>\nEl gobernante democr\u00e1tico deber\u00eda comprender que la cultura no es una prolongaci\u00f3n de su dormitorio, donde puede cambiar los cuadros de lugar cada vez que alguno le produce desagrado.<br \/>\nUn museo nacional no es una propiedad privada con visitantes. Es una instituci\u00f3n p\u00fablica que representa experiencias, conflictos, aspiraciones y heridas de una sociedad entera, incluidas aquellas que el poder preferir\u00eda no recordar.<br \/>\nLa verdadera prueba de tolerancia de un presidente no consiste en permitir que se exhiban las obras que admira. Consiste en aceptar que una instituci\u00f3n p\u00fablica conserve expresiones que cuestionen sus convicciones, contradigan su discurso o revelen aspectos inc\u00f3modos de la historia nacional.<br \/>\nAh\u00ed se mide la fortaleza democr\u00e1tica. No en el n\u00famero de retratos oficiales, sino en la capacidad de soportar una imagen que no nos favorece.<br \/>\nY quiz\u00e1 esa sea la mayor paradoja de esta pol\u00e9mica: un gobernante que proclama su voluntad de liberar la cultura de la ideolog\u00eda termina ofreciendo motivos para preguntarse si lo que realmente desea es liberar la cultura o liberarse de todo aquello que no le rinde pleites\u00eda.<br \/>\nEl arte no tiene la obligaci\u00f3n de ser agradable, patri\u00f3tico, edificante ni tranquilizador. Puede ser inc\u00f3modo, provocador, contradictorio, irreverente y hasta desagradable. Puede cuestionar a la derecha y a la izquierda, a los gobiernos civiles y a los militares, a las iglesias, a las \u00e9lites econ\u00f3micas y a los movimientos que se consideran moralmente superiores. Su libertad reside, precisamente, en que no est\u00e1 obligado a obedecer a una sola autoridad. (el caricaturesco dictador norcoreano le qued\u00f3 chiquito).<br \/>\nLas grandes tradiciones est\u00e9ticas universales no se han construido mediante la eliminaci\u00f3n de las obras que incomodan a los gobernantes. Desde las representaciones del poder en Vel\u00e1zquez hasta las deformaciones expresivas de Goya, desde las vanguardias que escandalizaron a las academias hasta las obras contempor\u00e1neas que interrogan la identidad y la memoria, el arte ha sido una forma de confrontar las certezas de cada \u00e9poca. Si hubi\u00e9ramos permitido que cada gobernante retirara aquello que consideraba inconveniente, buena parte de la historia del arte ser\u00eda hoy un cat\u00e1logo de ausencias.<br \/>\nPor eso resulta tan elemental como peligroso confundir la revisi\u00f3n museogr\u00e1fica con la purga ideol\u00f3gica. La primera exige investigaci\u00f3n, argumentos, transparencia y responsabilidad profesional. La segunda comienza cuando el criterio decisivo deja de ser la comprensi\u00f3n de una obra y pasa a ser la conveniencia pol\u00edtica de su desaparici\u00f3n.<br \/>\nEl arte puede cambiar de sala. Puede cambiar de interpretaci\u00f3n. Puede entrar en di\u00e1logo con otras obras y con nuevas generaciones. Lo que no deber\u00eda ocurrir es que se le exija cambiar de significado para acomodarse al estado de \u00e1nimo del gobernante.<br \/>\nQuiz\u00e1 dentro de algunos a\u00f1os los historiadores examinen este episodio y se pregunten qu\u00e9 pretend\u00eda demostrar el gobierno al retirar determinadas piezas del Museo Nacional. Tal vez encuentren documentos, declaraciones, informes administrativos y argumentos sobre la neutralidad cultural. Pero tambi\u00e9n encontrar\u00e1n fotograf\u00edas de los muros vac\u00edos. Y esas fotograf\u00edas podr\u00edan terminar siendo el documento m\u00e1s elocuente de todos. Porque un muro vac\u00edo no es necesariamente una expresi\u00f3n de neutralidad. A veces es el resultado de una decisi\u00f3n. A veces se\u00f1ala una ausencia deliberada. Y, en determinadas circunstancias, se convierte en el retrato involuntario de un poder que no soporta compartir el espacio p\u00fablico con relatos que no controla.<br \/>\nEl presidente podr\u00e1 cambiar la disposici\u00f3n de las salas, inaugurar nuevas exposiciones, pronunciar discursos sobre la identidad nacional y rodearse de obras que le parezcan adecuadas. Podr\u00e1 incluso imaginar una arquitectura pol\u00edtica en la que cada volumen, cada escultura y cada pared contribuyan a la construcci\u00f3n de su propia leyenda. Pero hay algo que el poder no puede ordenar mediante decreto: el significado que la historia terminar\u00e1 atribuy\u00e9ndole a sus actos.<br \/>\nLos museos sobreviven a los gobiernos. Las obras de arte sobreviven a las campa\u00f1as electorales. Las sociedades sobreviven, aunque no sin heridas, a las pretensiones de quienes confunden el mandato temporal con la propiedad perpetua de la naci\u00f3n. Y cuando el \u00faltimo funcionario haya abandonado el despacho, cuando los retratos oficiales hayan sido descolgados y cuando el presidente de turno sea apenas un cap\u00edtulo m\u00e1s en los libros de historia, las obras seguir\u00e1n planteando preguntas. Tal vez por eso algunos gobernantes sienten la necesidad de retirarlas.<br \/>\nNo porque el arte carezca de importancia, sino porque la tiene. Porque una obra puede recordar lo que el poder quiere olvidar, mostrar lo que preferir\u00eda ocultar y revelar que la historia es demasiado compleja para caber en el marco de una sola vanidad. En \u00faltimas, la diferencia entre un museo y un palacio presidencial deber\u00eda ser sencilla: el palacio alberga temporalmente al gobernante; el museo conserva la memoria de todos, incluso de aquellos a quienes el gobernante preferir\u00eda borrar. Y si la nueva est\u00e9tica oficial consiste en retirar todo aquello que contradiga al presidente, habr\u00e1 que reconocerle al gobierno una contribuci\u00f3n inesperada a la historia del arte colombiano: nunca una pared vac\u00eda hab\u00eda tenido tantas cosas que decir.<br \/>\nOctubre 21 de 2026<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>(La miel no se hizo para la boca del burro) (Exclusivo de Daniel Olarte Mutiz para P\u00e1gina 10) Confieso que no soy un ciudadano distra\u00eddo, por el contrario, he estado atento a la historia de nuestro acontecer nacional y, a trav\u00e9s de mis a\u00f1os de existencia, me he dado cuenta de que hay gobiernos que 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