Escuchando nota
Pablo Emilio Obando A.
La ciudad también se construye alrededor de una mesa. A veces no hacen falta planos, grandes discursos ni ceremonias oficiales. Basta reunir a quienes conocen sus problemas, han recorrido sus calles, han vivido sus transformaciones y todavía conservan la capacidad de imaginar un futuro diferente.
Esta tarde, en las instalaciones del Hotel V1501, en Pasto, una conversación entre Luis Ernesto Chaves, dirigente, empresario y exgobernador de Nariño; Xiomara Erazo, periodista y abogada; Mario Cepeda Bravo, abogado, periodista y director de Página10.com; y quien escribe estas líneas, terminó convirtiéndose en una apasionada conversación sobre el destino de nuestra ciudad y de nuestro departamento.
Se habló de Pasto. De Nariño. De sus calles, sus plazas, sus caminos, sus posibilidades y sus frustraciones. Se habló de lo que somos, pero, especialmente, de lo que podríamos llegar a ser.
Y, como suele ocurrir cuando se habla de esta tierra, apareció la historia.
Apareció aquella oportunidad que todavía duele: la Gran Refinería de Occidente. Un proyecto que en la década de 1970 pudo significar para Nariño industrialización, empleo, ingresos, infraestructura y una transformación profunda de su economía. Existieron estudios de factibilidad y durante aquellos años se discutió seriamente la posibilidad de localizar la refinería en el suroccidente. Finalmente, la historia tomó otro rumbo.
Pero hubo consenso alrededor de algo fundamental: no podemos permanecer eternamente rumiando el pasado. La historia debe enseñarnos, no paralizarnos.
No podemos convertir la refinería que no fue, el ferrocarril que se perdió, las carreteras que llegaron tarde o las oportunidades que se quedaron en el camino en monumentos permanentes a nuestra frustración. Nariño no necesita vivir mirando hacia atrás. Nariño necesita construir futuro.
Y allí apareció una palabra que bien podría parecer una provocación, pero que en realidad constituye un desafío: Singapur.
¿Por qué no pensar en Nariño como el Singapur de América?
No se trata de copiar un modelo ni de desconocer nuestras diferencias históricas, geográficas y culturales. Se trata de entender que ningún territorio está condenado a la pobreza, al aislamiento o al rezago.
Singapur constituye uno de los ejemplos más extraordinarios de cómo una nación puede transformar radicalmente su destino cuando existe una visión clara de futuro. Al independizarse en 1965, era un pequeño territorio con escasos recursos naturales, altos niveles de pobreza, desempleo, problemas de vivienda, tensiones sociales y una economía poco desarrollada. Sin embargo, bajo el liderazgo de Lee Kuan Yew, el país asumió el desarrollo no como una promesa retórica, sino como una política de Estado sostenida en objetivos concretos: educación de calidad, disciplina institucional, lucha frontal contra la corrupción, seguridad jurídica, infraestructura moderna, atracción de inversión extranjera, apertura al comercio internacional y formación de capital humano. Singapur comprendió que, si no poseía grandes riquezas naturales, debía convertir el conocimiento, la educación, la ubicación estratégica, el trabajo y la institucionalidad en sus principales recursos. En pocas décadas pasó de ser un territorio pobre y vulnerable a convertirse en uno de los centros económicos, financieros, tecnológicos y logísticos más importantes del mundo. Su historia demuestra que el desarrollo no siempre comienza con lo que se tiene, sino con la claridad de saber lo que se quiere llegar a ser.
Singapur es un ejemplo extraordinario. Hace unas seis décadas era considerado uno de los países más pobres del mundo. Después de su independencia emprendió un proceso acelerado de industrialización, inversión en infraestructura, educación, capital humano, comercio y servicios, hasta convertirse en una economía de altos ingresos y en uno de los grandes centros logísticos y comerciales del planeta. El 9 de agosto de 1965, Singapur se separó de Malasia y se convirtió en una república independiente y soberana.
Entonces, ¿por qué nosotros no?
Nariño tiene algo que Singapur supo convertir en ventaja: ubicación estratégica.
Tenemos Pacífico. Tenemos a Tumaco. Tenemos frontera con Ecuador. Tenemos conexión natural hacia el sur del continente. Y, si miramos más allá de nuestras fronteras departamentales, encontramos en Putumayo una puerta hacia Ecuador y Perú y, a través de Caquetá y la Amazonía, una enorme posibilidad de articulación territorial, económica y comercial.
No estamos condenados a ser una esquina de Colombia. Podemos convertirnos en una bisagra del Pacífico, los Andes, la Amazonía y los mercados del sur del continente.
Tenemos agricultura. Tenemos biodiversidad. Tenemos agua. Tenemos minerales. Tenemos oro y otros recursos del subsuelo. Tenemos mar. Tenemos talento humano. Tenemos cultura. Tenemos una posición geográfica que durante décadas hemos visto más como dificultad que como oportunidad.
Lo que nos ha faltado no es territorio. Nos ha faltado visión. Y quizá también nos han faltado dirigentes capaces de pensar más allá del calendario electoral.
Por eso durante la conversación surgió otra idea fundamental: Pasto necesita un proyecto de ciudad para treinta años. No cuatro años. No ocho. Treinta.
Un plan que sobreviva a los alcaldes, a los gobernadores y a los gobiernos nacionales. Una verdadera política de Estado para Pasto y para Nariño. Porque una ciudad no puede comenzar de nuevo cada cuatro años.
Mario Cepeda Bravo insiste en la necesidad de transformar la mentalidad en la ciudad y en el departamento, lo cual permitiría plantear propuestas y proyectos a largo plazo, con una visión global y con la integración de todos los sectores sociales, en donde el sector empresarial sería el mejor aliado del gobierno.
Luis Ernesto Chaves, desde su experiencia como empresario y exgobernador, aporta una mirada que conecta la administración pública con el sector productivo y con las posibilidades reales de desarrollo.
Xiomara Erazo plantea una necesidad igualmente urgente: integrar la Pasto urbana con la Pasto rural, mejorar las vías hacia corregimientos y veredas y comprender que el municipio es mucho más que su perímetro urbano.
Y allí vuelve a aparecer la plaza de mercado de Los Dos Puentes como ejemplo de lo que podríamos hacer si dejamos de pensar pequeño: adquirir predios vecinos, ampliar, reorganizar, incorporar parqueaderos, seguridad, salubridad, tecnología y comodidad y convertirla en una central de abastecimiento verdaderamente moderna. No se trata únicamente de construir una plaza. Se trata de demostrar que sí podemos hacer las cosas de otra manera.
Y quizá por eso resulte tan importante recuperar la memoria de aquellos dirigentes que no se resignaron. Los hombres y mujeres que soñaron con ferrocarriles, con carretera al mar, con conexiones hacia el norte del país, con infraestructura y con una región integrada. No todos sus sueños llegaron a puerto, pero dejaron una enseñanza que hoy vuelve a tener vigencia: un territorio sin grandes sueños termina condenado a administrar pequeñas frustraciones.
Pasto necesita volver a soñar. Nariño necesita volver a soñar. Pero esta vez no basta con soñar. Hay que planear. Hay que concertar. Hay que exigir.
Hay que unir al empresario con el dirigente cívico, al académico con el campesino, al sector público con el privado, a los gremios con las comunidades, al concejal con el ciudadano, a la ciudad con el campo.
De allí nació también la idea de convocar un gran Foro por Pasto, donde empresarios, gremios, concejales, líderes sociales, dirigentes políticos, representantes de los sectores público y privado, organizaciones religiosas y ciudadanos puedan sentarse alrededor de una misma pregunta:
¿Qué ciudad queremos construir durante los próximos treinta años?
Porque el verdadero desarrollo no comienza cuando se pone la primera piedra de una obra. Comienza mucho antes: cuando una sociedad decide ponerse de acuerdo sobre el lugar al que quiere llegar.
Quizá sea hora de dejar de decir que Nariño está lejos. Quizá estamos lejos porque nunca hemos terminado de comprender el lugar estratégico que ocupamos. Quizá el problema no ha sido la falta de riquezas, sino nuestra incapacidad histórica para convertirlas en bienestar colectivo.
La Gran Refinería de Occidente no regresará. El ferrocarril perdido tampoco. Pero el futuro todavía está intacto. Y esa es nuestra gran oportunidad. Nariño podría ser el Singapur de América. No por copiar a Singapur. Sino por aprender de su determinación.
Por entender que un territorio puede levantarse de sus dificultades cuando sus dirigentes son capaces de mirar más lejos que sus propios intereses y cuando una sociedad decide que el futuro no puede seguir siendo una promesa aplazada.
Pasto está llamada a ser mucho más que una ciudad hermosa enclavada entre montañas. Puede ser una ciudad moderna, conectada, productiva, cultural, empresarial y profundamente humana.
Nariño puede dejar de reclamar solamente lo que le deben y comenzar a demostrar todo lo que puede ofrecer. El futuro, concluimos, no se hereda. Se construye.
Y tal vez esta conversación alrededor de una mesa, en una tarde cualquiera de Pasto, tenga más importancia de la que imaginamos.
Porque las grandes transformaciones suelen comenzar así: Con unos cuantos hombres y mujeres preguntándose, casi en voz baja, si esta tierra no está destinada a algo mucho más grande.
Y la respuesta, esta vez, debería ser contundente: Sí. Podemos.
Pero hay que empezar.




