Tumaco ante el eco de Washington.

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Por: Jefferson Sánchez  Cifuentes.

Cuando los presidentes Gustavo Petro y Donald Trump, se dieron la mano en Washington, el gesto no quedó atrapado entre cámaras y discursos diplomáticos. Ese movimiento produjo ondas, como piedra lanzada al agua. Y una de esas ondas, quizá de las más intensas, llegó hasta el pacífico colombiano, golpeando de lleno el puerto de Tumaco.

Tumaco no es un escenario marginal en la relación entre Colombia y Estados Unidos. Es, por el contrario, uno de sus puntos neurálgicos. Aquí confluyen el comercio legal que sostiene la economía y el ilegal que alimenta la violencia. Aquí el mar es promesa, pero también amenaza. Por eso, cualquier reacomodo bilateral en materia de seguridad, comercio o cooperación internacional tienen en Tumaco un laboratorio vivo.

Uno de los ejes centrales del encuentro Petro – Trump, fué la lucha contra el narcotráfico.

Para el pacífico nariñense, este énfasis puede traducirse en mayor control marítimo, intercambio de inteligencia y presión sobre las rutas que hoy convierten al océano en corredor del crimen transnacional. En el mejor de los escenarios, menos droga saliendo significa menos armas entrando; menos economías ilegales compitiendo por el territorio; menos jóvenes atrapados en la red del dinero rápido y la muerte temprana.

Sin embargo, Tumaco conoce bien las trampas de las soluciones incompletas.

Si la cooperación se reduce a interdicción y fuerza, sin inversión social ni alternativas productivas, el puerto corre el riesgo de convertirse nuevamente en campo de disputa, no en territorio de transformación. La historia ha demostrado que, cuando se aprieta el nudo sin soltar la pobreza, la pobreza no desaparece; esta se desplaza, muta, se recicla.

La reunión también envía señales al mundo económico.

Un mejor clima diplomático entre Colombia y Estados Unidos reduce incertidumbres y puede reactivar flujos de inversión.

Tumaco como puerto estratégico del pacífico, podría beneficiarse si el país decide mirar hacia el océano, no solo como frontera del conflicto, sino como plataforma de desarrollo.

Infraestructura portuaria, empleo formal, encadenamientos productivos: posibilidades reales si la voluntad política baja del discurso a la marea.

Pero hay alertas. El enfriamiento de algunos procesos de diálogo con grupos armados tras este encuentro, amenaza con recalentar territorios históricamente golpeados, entre ellos: Tumaco, Olaya-Herrera (Bocas de Satinga), El Charco, Barbacoas y Roberto Payán. Cada ruptura en la paz nacional, suele tener efectos amplificados en el pacífico, dónde la ausencia del Estado ha sido más norma que excepción. Por eso cualquier estrategia binacional debe tener enfoque territorial, sensibilidad social y escucha comunitaria.

En el fondo, lo que está en juego es la narrativa misma del pacífico colombiano. O seguimos contando a Tumaco y el litoral nariñense como sinónimo de problema, o empezamos a escribirlo como posibilidad.

La reunión Petro – Trump, no resuelve esta disyuntiva, Pero si la pone sobre la mesa. Abre una ventana que puede dejar entrar aire nuevo o reforzar viejas corrientes.

Tumaco está, una vez más, en la línea donde se cruzan las decisiones globales y las consecuencias locales.

Lo que se haya acordado en Washington solo tendrá sentido si logra cambiar la vida cotidiana en sus barrios en su puerto y en cada ente territorial del pacífico nariñense. Puesto que, el Pacífico no pide caridad, ni militarización eterna: pide dignidad, oportunidades y paz con raíces.

Y cuando Tumaco logra respirar, todo el litoral empieza, lentamente, a sanar.

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