Por: Jefferson Sánchez Cifuentes.
En Tumaco, donde el mar no solo rompe en la orilla sino también en los timbales, ha caído una de sus olas más sonoras. Don Jesús Hernando “Chucho” Ricaurte Huila, el hombre que convirtió la música en templo y la salsa en religión cotidiana, ha partido dejando un silencio que no es ausencia, sino eco.
Porque Chucho no muere: se transforma en descarga.
“El Mesón de la Salsa” no fue simplemente un lugar; fue una geografía emocional, un puerto sin mapas donde atracaban las nostalgias y zarpaban las alegrías. Allí, entre carátulas gastadas por el tiempo y agujas que besaban vinilos como si fueran reliquias sagradas, Chucho erigió una catedral de ritmo y memoria. Su altar no tenía santos de yeso, sino nombres que ardían en clave y guaguancó: el golpe sabroso del Caribe, la voz desgarrada del barrio, la historia cantada en clave de resistencia.
Por ese recinto hecho de madera, sudor y cadencia desfilaron titanes de la música afrolatina. Pero más allá de los nombres, lo que importaba era el espíritu: la comunión entre el melómano y el sonido, entre el coleccionista y la eternidad del surco. Chucho no escuchaba música: la respiraba, la curaba, la defendía como quien resguarda un fuego ancestral.
Le decíamos “El Guajiro”, y no por capricho, sino por esa forma suya de habitar la música con la autenticidad del que sabe que el ritmo no es moda, sino raíz. Su paso por la Armada Nacional no fue solo un servicio al país, sino una travesía iniciática: el mar le enseñó a escuchar horizontes, a reconocer en cada puerto una cadencia distinta, a entender que la salsa no es un género, sino un idioma sin fronteras. Así fue como, entre travesías y puertos lejanos, Chucho fue tejiendo una colección que no cabía en estanterías, sino en la historia misma de Tumaco.
Era un cartógrafo del sonido.
Cada disco en su poder era una isla, cada canción una coordenada, cada artista una brújula. Y él, con la paciencia de los sabios y la pasión de los elegidos, supo ordenar ese universo para compartirlo con su gente. Porque Chucho no acumulaba música: la distribuía como pan caliente, como abrazo necesario, como memoria viva.
Hoy, la Fundación de Melómanos Salseros de Tumaco llora su partida. Pero es un llanto que baila. Un duelo que se sacude en clave. Porque despedir a Chucho no puede hacerse en silencio: sería traicionar su legado. A él hay que decirle adiós con trompetas encendidas, con el cuero vibrante de los tambores, con el coro colectivo de un pueblo que aprendió a sentir gracias a su terquedad luminosa.
Se nos ha ido el hombre, pero queda el rito.
Queda el nombre de “El Mesón de la Salsa” como una herida abierta de alegría, como un testimonio de que en Tumaco hubo y habrá un guardián del sabor. Quedan sus vinilos, girando como planetas obstinados en su órbita de recuerdos. Queda su risa, que aún parece colarse entre los surcos de cada canción.
Y queda, sobre todo, la certeza de que hay vidas que no se apagan: simplemente cambian de ritmo.
Chucho Ricaurte, no ha muerto.
Se ha vuelto música.




