Dos seres, una sola piel. Las silenciosas cacerías de Carolyn

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Por: Tirso Benavides Benavides

Es jueves, “juernes” de impaciencia para esa fauna estudiantil que arrastra los pies por los pasillos, anticipando el desborde del fin de semana. En las aulas de arquitectura del CESMAG, Óscar simula concentrarse sobre las líneas rígidas de un plano que no le dice nada. Tiene apenas veinte años y la estampa de un muchacho común, un joven adaptado al libreto del hombre tradicional que la sociedad de Pasto aplaude. Bien peinado, discreto, calladito y predecible. Sus compañeros de clase hablan de fútbol, de marcas de carros y de las muchachas de la facultad, sazonando con frecuencia la charla con comentarios homofóbicos y chistes de mal gusto que Óscar esquiva bajando la mirada. Ensaya el tono recio de su voz, vigila sus ademanes y camina con cuidado, cuidando que el ala de su propia sombra no lo delate y lo saque del clóset, en una ciudad que se comporta como una comarca que vigila con lupa la virilidad de sus hijos.

Pero en el celular de Óscar, el jueves se conjuga en clave de carnada digital. En la pantalla no está su nombre. Hay un alias femenino que suena a extranjero: Carolyn Osbourne. Ese es el anzuelo gótico que empieza a tejer su red en el lupanar de las aplicaciones de citas y en las redes tradicionales como Facebook o Instagram, no le importa que le cierren la cuenta, simplemente abre otra. Las fotos que sube dejan poco a la imaginación, pero a simple vista nadie que lo conozca creería que esa imagen es suya. Carolyn posa de espaldas, desafiante, luciendo una larga cabellera negra que le lame la cintura y un culo firme, ceñido en encajes de sensual lencería.

Óscar sabe que como hombre la simetría de la belleza le fue esquiva, pero como Carolyn es un imán para la testosterona. Los mensajes que acompañan sus publicaciones son ráfagas de fuego directo: ¿Quién con sitio?, ando caliente o Estoy arrecha, escríbeme y nos vemos. Disparos a dos flancos, la cita a ciegas en un apartamento a puerta cerrada, o el encuentro casual en medio de la noche para medir la química antes de irse a un motel.

El viernes, apenas termina el almuerzo familiar bajo la mirada bendita del cuadro del Sagrado Corazón, Óscar se despide de sus padres con el libreto aprendido: —Voy a trabajar en el proyecto de fin de semestre con los muchachos, me demoro—. Carga un morral universitario que se ve inflado, pesado, pero no con nada académico. Lleva el contrabando secreto de su otra piel, la falda corta de cuerina, las botas altas, las medias de malla, el estuche de maquillaje oscuro y el sostén con relleno que le inventará unas tetas. Óscar va a clases, simula estar presente, y apenas termina de hablar el profe de urbanismo corre a cumplir su primera cita de la cacería.

Es en el centro, un hervidero de vendedores ambulantes que invaden andenes y calles estrechas, una zona en donde basta alzar la mirada para apreciar varias cúpulas eclesiales. Una ciudad teológica, habitada por gente que vive de una manera nonc sancta. Realidades que muchos prefieren desconocer.

Óscar entra al tradicional Centro Comercial Sebastián de Belalcázar, busca el baño de hombres y tranca la puerta del cubículo con el cerrojo del pánico. Allí dentro, entre el olor a desinfectante barato y el murmullo de los inodoros, se produce la metamorfosis. No se cambia la ropa interior, siempre lleva puesta la lencería sexy de Carolyn. El pantalón de jean cae y cede su lugar a la minifalda de cuerina que le abraza los muslos. Con el pulso tiritando, los dedos de varón empiezan a calcar otra geografía sobre el rostro. Se maquilla como maquillando su vida, la base densa borra la sombra de la barba, las sombras negras y el labial oscuro esculpen a la vampiresa de las redes. Se acomoda la peluca. El estudiante de arquitectura ha sido devorado por su otro yo. Del baño de hombres sale Carolyn, taconeando con una seguridad que jamás se le ha conocido a Óscar. Ser mujer lo hace sentir más seguro, más fuerte, la que lleva el control.

Su primer encuentro es con un ingeniero cuarentón que tiene un aparta estudio por el centro. Un trámite sin poesía ni emociones, “un polvo ahí”, dice. Carolyn no busca el amor ni la promesa del idilio, solo quiere darle rienda suelta a los impulsos que el día le amordaza. Cumplido el rito de la carne, un simple intercambio de fluidos, se despide del profesional y pide un uber hacia el norte, hacia el barrio Palermo.

En ese sector, que alguna vez fue residencial, funcionan varias licoreras con ínfulas de bar que venden trago barato a punta de reguetón duro, Carolyn se instala en la barra. Siente las miradas que se le clavan como agujas. En ese escenario, ella sabe que el alcohol hace milagros y afloja la libido de los “gomelitos” de la Universidad Mariana, muchachos bien que, pasados de tragos y con ganas de ensayar el tabú de una mujer trans, le pagan las copas y le buscan el lado. Si por acá no se dan las cosas Carolyn se mueve más allá, hacia Torobajo, los dominios de la Universidad de Nariño y la Cooperativa. A Carolyn le importa cinco si el amante de turno es de la pública o la privada, si es revolucionario o burgués, si piensa o si reza. Solo los usa como combustible para su propia hoguera.

Hay un secreto mayor en esta farsa de rímel gótico. Óscar nunca ha usado hormonas y su voz es un trueno grueso, un registro que envidiarían los cantantes de ese heavy metal que tanto admira. Por eso Carolyn no puede hablar, si abre la boca, si pronuncia una sílaba, la fantasía se desgarra. Por eso ha inventado una treta maestra apoyada en las nuevas tecnologías. Lo primero que hace en sus encuentros es mostrarles la pantalla de su celular donde se ve una aplicación que dice es sordomuda y que convierte lo que escribe en la voz dulce de una mujer. El engaño no solo la protege, sino que le añade un fetiche de misterio al encuentro. Con señas y gestos se hace entender, en la penumbra de la cama, la mudez no es una carencia, puede ser un lenguaje absoluto.

La crónica urbana llamaría a esto cruising, esa práctica de la comunidad homosexual de salir a buscar sexo casual en el anonimato de los parques o los baños públicos. Pero el caso de Carolyn es diferente. Ella no busca la oscuridad de un matorral, ella se expone, conquista el bebedero universitario, utiliza la vitrina de la noche y obliga al macho pastuso a desearla, a la vista de todos, antes de irse a un sitio privado.

Al final de estas jornadas, casi siempre, resultan dos o tres presas más que suman en su récord de cacería.

Muchos juzgarán en las esquinas de esta ciudad teológica y mojigata. Condenarán a Óscar y a Carolyn señalándolos con el dedo de la moral heredada, escandalizados. Si eso pasa, confirmaremos que Pasto no es más que un pueblo grande que ignora la realidad mundal. Finalmente, para ellos, los protagonistas de esta historia de pestañina y calle, les tiene sin cuidado el tribunal de la parroquia. Carolyn y Óscar, son dos seres completamente diferentes, con sus propios rituales y espacios, que habitan un solo cuerpo, y que han decidido ser felices, a pesar de los prejuicios.

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