Por: Manolo Villota B.
Andrea Sarmiento Bernal es una escritora colombiana radicada en Londres. Ha liderado clubes de lectura entre el Reino Unido y Colombia y es autora de títulos como Cartas sin remitente. Desde las oficinas de Editorial Planeta, en Bogotá, habló con Página 10 sobre su libro Las versiones que me habitan: Una historia sobre migrar, habitar el cuerpo y aprender a sostenerse, en el que narra la experiencia del desarraigo y la soledad que implica mudarse de Colombia a la capital británica, mientras explora las múltiples voces e identidades que surgen al quedarse a solas consigo misma.
¿Sobre la experiencia en Londres, en qué momento dejaron de ser obstáculos aspectos como el idioma y las diferencias culturales y pasaron a transformarse en el tema de la fragmentación interna que describes en el libro?
Hay un proceso por el que pasé. Al principio, todo era muy práctico: salir de Bogotá, entregar los muebles y el apartamento. Al llegar a Londres, como es una ciudad tan bonita y que deslumbra, a uno le dura el «modo turista». A mí me duró casi un año.
Cuando entendí la fragmentación que se había producido y cómo ese mundo que había construido viviendo en Bogotá se había fragmentado, fue casi un año después de haber llegado a Londres. Entonces comencé a escuchar muchas voces y muchas Andreas que no había escuchado antes: la Andrea herida, la Andrea necesitada, la Andrea desamparada y la Andrea a la que le dolía la vida. Eran Andreas que no quería ver ni escuchar, pero me tocó aprender a escucharlas, hablar con ellas y entender cuál era el dolor para poder resolverlo, como un adulto mayor que acoge a esa Andrea chiquita.
La forma en que me di cuenta de esa fragmentación fue escuchando y dándoles un espacio a esas Andreas que me estaban gritando. Como soy una persona extrovertida, necesito vínculos y no podía permitir que esas Andreas locas, heridas y rabiosas pusieran en riesgo las relaciones frágiles que estaba construyendo. Al migrar se tiene mucho más tiempo a solas y, en mi caso, en vez de hacer doomscrolling, aproveché ese espacio para sentarme a escribir, poner todos los dolores y las heridas en el papel y dialogar conmigo misma.
Teniendo en cuenta que hay dos libros previos con una dinámica distinta y sin destinatario, ¿cómo lidiaste en este proyecto autobiográfico con el pudor de decidir qué expones y qué cuentas a través de páginas que leerán muchas personas?
La escritura para mí siempre ha sido el lugar donde dialogo conmigo misma y donde transito y habito los conflictos. En los dos primeros libros, Cartas sin remitente 1 y 2, les escribía a conceptos, cartas a la soledad, a la incertidumbre, a la soltería o a exnovios, pero era como hablar contra la pared porque nunca me respondieron. Este libro se convierte en un espacio donde dejo de hablarles a conceptos inertes y comienzo a hablar conmigo misma y con las versiones que me habitan.
Existe mucho pudor y mucha duda acerca de qué se escribe en el cuaderno, qué se queda ahí y qué va al libro. Sin embargo, el cuidado que trato de tener es hacia las personas a mi alrededor. A mí no me da pudor hablar de mi vida sexual o de mi relación con mi cuerpo, lo cual hago como un ejercicio egoísta de liberación. Respecto a las personas que interactúan conmigo en el relato, trato de dejarlas como personajes que aparecen y desaparecen, cuyas acciones activan o desactivan ciertos sentimientos míos necesarios para la historia. Trato de proteger su identidad y de no juzgar el actuar de nadie, porque estoy escribiendo acerca de mí, de mis sentimientos y de mi experiencia en una narrativa de no ficción.
¿Cómo lograste que convergieran y armonizaran todas esas voces y distintas facetas tuyas, que incluso pueden contradecirse entre sí?
La verdad es que muchas veces no armonizan; muchas veces esas voces pelean entre sí y se contradicen un montón. El ejercicio fue escuchar y saber que esas dos versiones de Andrea existen, cohabitan en un mismo lugar y ambas son válidas.
En ese antagonismo y en esa fricción interna existe el proceso de crecimiento y de entendimiento de uno mismo. La armonía viene más bien de entender la complejidad que habita en uno y darle espacio y voz a esa complejidad: desde la sabiduría más pura hasta la Andrea más oscura, más políticamente incorrecta o más rabiosa, entendiendo que todo eso existe en el mismo cuerpo y en la misma mente.
El subtítulo menciona «aprender a sostenerse». ¿Cómo manejas la dualidad entre el trabajo del día a día y la escritora, y cómo te ayuda a sostener y conciliar el duelo migratorio?
La escritura es y será siempre para mí una herramienta para conciliar y tramitar. Escribo todos los días en cuadernos y ahí me descargo; es una herramienta básica de resolución de conflictos conmigo misma. Respecto a ser autora y ejecutiva en Londres, es un tema de priorizar dos cosas: tiempo y capacidad mental. Al migrar a Londres me tocaba vivir en inglés, lo cual consumía mucha capacidad mental y me hizo consciente de que, al final del día, se me acaba la batería.
Estando en Londres aprendí a organizar las 24 horas del día: ocho horas para dormir, que son básicas, y las 16 restantes, que necesito saber cómo repartir entre la ejecutiva, la autora, hablar con mi abuelita, ir a un concierto, comer o ducharme. Aprendí a hacer compromisos conmigo misma y a cumplirlos. Por ejemplo, para estar emocionalmente estable, me obligo a hacer mínimo 20 minutos de ejercicio diarios. En Londres aprendí a priorizar el tiempo y la energía, entendiendo que la capacidad mental es limitada, algo que nunca me pasaba en Colombia.
En la reconstrucción que ocurre después de romperse al cambiar de lugar, ¿qué fue lo primero que descubriste y qué cosas terminaron transformándote?
Uno de los grandes descubrimientos fue entender que sí soy capaz de cumplir los compromisos que hago conmigo misma, ya que antes los rompía muy fácilmente.
También uno se da cuenta de que trae cosas de ese mundo que se fragmentó. Una de ellas es el lenguaje. En un capítulo hablo de «perfeccionando el spanglish». Llegué hablando 100 % inglés, pero me di cuenta de que introducir palabras en español dentro del discurso en inglés me ayudaba a ahorrar capacidad mental y a relacionarme con las personas. El lenguaje dejó de ser solo una herramienta de comunicación, como lo era en Bogotá, y comenzó a ser parte de mi identidad en Londres.
Otras cosas son la música, que viaja conmigo, y la intencionalidad de mantener las relaciones: de forma virtual con quienes están en Bogotá y de forma física con quienes están allá. Me volví muy intencional a la hora de cuidar los vínculos y las amistades.
Cuando termina el asombro del turismo, ¿en qué lugares o espacios físicos fuiste descubriendo tus lugares seguros en Londres?
El primero que me rescató fue el río Támesis, porque ver cuerpos de agua me tranquiliza y me estabiliza. Fue una decisión intencional buscar una habitación frente al río, por lo que salía a caminar 15 minutos por la bahía del río, de mi casa al gimnasio, todas las mañanas.
Otro lugar muy importante fue la Torre de Londres. En el último capítulo hablo de cómo sentí que Londres me dio la bienvenida allí, a través de una interacción que tuve con unos cuervos.
El tercer espacio seguro es el Teatro Nacional, donde nos encontramos para el club de lectura con amigas colombianas.
¿Cómo viviste la barrera del contacto humano y las diferencias entre la cultura colombiana y la británica?
En Colombia somos cálidos, cercanos y el contacto físico es vital. La cultura británica es muy distinta: son fríos, su espacio personal es sagrado —y es de cinco metros— y no te miran a los ojos en los espacios públicos, lo cual me dolía en el cuerpo.
Es una cultura en la que el alcohol está muy presente. Tienen una dualidad: son fríos y distantes, pero al mismo tiempo gentiles y amables. Durante el día, en el mundo corporativo, son muy correctos y fríos; pero en la noche, cuando se toman un par de cervezas, se transforman y son personas cercanas que te abrazan.
Entendí que la que se tiene que adaptar soy yo, comprendiendo, además, que su estoicismo proviene históricamente de épocas como la Segunda Guerra Mundial, cuando aprendieron a no quejarse y seguir adelante.
De todas tus versiones, ¿existe actualmente alguna que se resista a ser narrada desde la no ficción?
Todas las que necesitaban hablar han hablado y están en el cuaderno. Las que menos quería escuchar son las que más me dolían y quedaron en el libro. Por ejemplo, en el capítulo de «Los ojos turcos» están todas las Andreas incorrectas que no quería ver ni escuchar: la Andrea rabiosa, la Andrea herida y la Andrea necesitada.
Inicialmente me resistía a escribir sobre ellas, pero la persona que me acompañaba en el proceso me dijo que les diera un chance y terminaron saliendo 30 páginas. En este momento no se me ocurre alguna que quiera guardar intencionalmente, pero, como la complejidad humana es infinita, posiblemente seguirán saliendo más adelante.
¿Eventualmente explorarías dedicarte a la ficción?
Sí. De hecho, tengo un libro de cuentos basados en leyendas familiares de mi casa que son ficción, porque llené espacios, inventé y exageré. La ficción da muchas libertades a la imaginación y a mí, que soy experta en hacer fantasías catastróficas, me da mucha libertad, así que me encantaría explorarla.




