El “vos” pastuso: la originalidad en la gramática de la Ciudad Sorpresa

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Por Tirso Benavides Benavides

—¿Vos me quieres?
—Claro. ¿Vos qué piensas?
—Entonces, ¿me vienes a traer?

El Vos, un pronombre antiguo, una manera muy nuestra de conjugarlo y otras palabras que también cuentan quiénes somos.

La conversación no necesita traductor en Pasto. Tampoco provoca sorpresa. Puede escucharse en una casa, en una cafetería, a la salida de la universidad o en una llamada cuando ya es tarde y hace falta que alguien vaya por nosotros. Aquí se entiende cada palabra y, sobre todo, se entiende el afecto que viaja dentro de ellas.

Fuera de Nariño, en cambio, la primera pregunta puede despertar una pequeña sospecha gramatical. Un argentino diría «¿vos me querés?». Un caleño o un paisa probablemente harían lo mismo. El pastuso conserva el vos, pero muchas veces conjuga el verbo como si hubiera dicho tú: vos quieres, vos necesitas, vos sabes, vos tienes, vos qué piensas.

No es una equivocación ni una frase a medio camino. Es una forma de hablar que ha encontrado casa entre nosotros. Los lingüistas tienen un nombre para esa mezcla: voseo pronominal. Los pastusos la hemos usado durante generaciones sin necesidad de preguntarle a nadie cómo se llamaba.

La lengua no funciona como un regimiento. No todas las palabras marchan al mismo paso ni obedecen una orden impartida desde un escritorio. La gente las acomoda, las hereda, las mezcla y termina dándoles un tono propio. Por eso el español suena distinto en Buenos Aires, Cali, Medellín o Pasto, aunque todos sus hablantes puedan sentarse a conversar sin mayores dificultades.

El vos que antes llevaba corbata. Su historia tiene una de esas vueltas que parecen escritas por un novelista. Durante siglos fue un tratamiento de respeto. No nació como una palabra popular ni como licencia entre amigos, se utilizaba para dirigirse con reverencia a personas de rango elevado. El vos llevaba, por decirlo de alguna manera, traje de gala. Con el tiempo perdió parte de esa solemnidad. Otras expresiones, como vuestra merced —de la que terminó naciendo usted—, ocuparon el lugar del respeto formal. Vos bajó del palacio, cruzó el océano y en América encontró una segunda vida. Ya no se inclinaba ante los poderosos, se sentaba a la mesa con la familia y salía a conversar con los amigos.

Ese viaje explica que hoy pueda sonar cariñoso, cercano o incluso desafiante, según quién lo diga y cómo lo diga. En Pasto, el vos suele pertenecer a la confianza. A un amigo se le pregunta «¿vos qué quieres tomar?». Con una persona recién conocida aparece el tú. A la abuela, con frecuencia, se le habla de usted. No son reglas de piedra, pero revelan que los pronombres también saben de afectos, edades y distancias.

Una palabra tan pequeña termina dibujando un mapa familiar. Nos dice quién está cerca, a quién respetamos, con quién podemos bromear y cuándo conviene cuidar el tono. La gramática, aunque a veces parezca asunto de libros gruesos, también ocurre en la cocina.

Y Cada región le pone su música, Argentina convirtió el vos en una voz nacional: vos querés, vos tenés, vos sos. Cali lo acompaña con su entonación inconfundible, con un «mirá, ve», un «vení» o un «oís». En Antioquia se escucha en el campo y en la ciudad, en la conversación diaria y en la publicidad. El vos paisa no es solo una manera de conjugar, es una declaración de pertenencia que muchos llevan con orgullo, incluso cuando desde otros lugares lo llaman montañero.

El caleño, el paisa y el argentino pueden coincidir en «vos querés», pero nadie los confundiría al escucharlos. Las palabras son las mismas; la música cambia. El acento, el ritmo y las expresiones que las rodean delatan la ciudad mucho antes que la cédula.

Pasto hizo una operación diferente. Conservó el pronombre y le puso al lado el verbo del tú: vos quieres, vos sabes, vos piensas. No habla exactamente como Cali, Medellín o Buenos Aires. Tampoco se limita al tuteo. Tomó elementos de uno y otro lado y armó su propia conversación.

Eso no significa que todos los pastusos hablen igual. En Nariño también se oyen formas como vos hacés o vos hacís. El habla cambia entre municipios, familias y generaciones. Su riqueza está precisamente ahí. No es una pieza inmóvil de museo, sino algo vivo que se transforma sin perder su parentesco.

Formas parecidas aparecen en otras zonas andinas, especialmente al otro lado de la frontera con Ecuador. No debería extrañarnos. Mucho antes de que existieran puestos de control, los pueblos ya compartían mercados, caminos, músicas y palabras. La lengua nunca ha necesitado mostrar el pasaporte en Rumichaca. La expresión no tiene que ser exclusiva de Pasto para sentirse propia. La identidad no consiste en haber creado cada pieza, sino en la manera particular de reunirlas y hacerlas nuestras.

Hay otra expresión que no depende del vos, pero pertenece al mismo álbum familiar. Una estudiante sale de clase en la noche, llama a su padre y pregunta: «Ya terminé, ¿me vienes a traer?». Él responde que sí y le pide que espere en la portería. Nadie imagina que deba llevarle un paquete. Ella está preguntando si irá a recogerla. En Nariño, traer a alguien también significa venir por esa persona o ir por ella. En otras ciudades dirían «¿vienes por mí?» o «¿me recoges?». Aquí el verbo parece guardar el recorrido completo, salir, llegar hasta donde alguien espera y regresar con esa persona. Una ruta de ida y vuelta cabe en una sola palabra.

Quien la oye por primera vez puede sonreír ante la frase. Después aprende a reconocerla como se reconoce el achichay por el frío de la tarde, el sonido de las campanas de los numerosos templos o el primer perfil del Galeras entre las nubes. Son detalles que terminan formando una ciudad.

Durante años se creyó que hablar bien consistía en esconder cualquier rastro regional. El acento debía suavizarse, las palabras locales tenían que corregirse y la conversación parecía obligada a pedir permiso. Por fortuna, una lengua común no exige que todos hablemos idéntico. Podemos escribir con una norma compartida y, al mismo tiempo, conservar la voz con la que aprendimos a querer, a preguntar y a llamar a casa.

A Pasto la llaman la Ciudad Sorpresa por su geografía, su historia y esa aparición de la ciudad entre las montañas. Tal vez exista una razón adicional. Pasto también sorprende cuando conjuga. Aquí vos no siempre querés. Vos quieres. Y si ya cayó la noche, no preguntás, preguntas: «¿Me vienes a traer?». Otros pueden extrañarse, nosotros sabemos exactamente qué significa.

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