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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Cuando yo era adolescente solía ser DJ en las fiestas del barrio y alrededores (Avenida Boyacá, Américas, San Miguel…), sólo que en ese tiempo aquel término no existía. A veces se hablaba de Disc-Jockey, pero como de algo lejano, que no tenía que ver con nosotros; un profesional del asunto con muchos platos y botones a su servicio. Yo, a lo sumo, era un “Alcapone”, en referencia al que pone discos en las fiestas.
El caso es que por alguna razón, cada vez que se organizaba una fiesta yo me ofrecía para hacerlo y todos estaban de acuerdo. A mi favor jugaba poseer algunos vinilos de salsa muy bailables y estar dispuesto a pasarme la noche allí sin bailar. Eso me permitía ejercer un poder y ese poder me gustaba. Como dice el analista el tema Marco_ecléctico, “Era un mediador entre la música y la comunidad, una especie de maestro de ceremonias del ritual del baile”.
Con el paso del tiempo aprendí a conocer algunas reglas básicas de la noche. Había que ir subiendo de intensidad, detenerse unos minutos en el climax y bajar hasta una balada romántica. Descubrí que tener música Disco en la reserva era muy útil, que el pasodoble, por increíble que parezca, funcionaba bien en cualquier momento, y que el “Super Mosaico” del Cuarteto Imperial era perfecto para bailar con tu novia, mientras sonaba todo el Lado A sin interrupción.
Es verdad que en aquellos tiempos no había público difícil. Nadie tenía la impertinencia de exigirte una canción, porque los discos eran muy pocos y no había más. La gente estaba acostumbrada a los silencios entre canción y canción, porque solamente había un tocadiscos. Se consideraba buen “Alcapone” a aquel que no cometía errores con los cambios de un vinilo al otro, con la saturación del volumen y con los rayones de la aguja.
De vez en cuando notabas que la gente permanecía mucho tiempo sentada o que salían a bailar unos cuantos. Para eso era necesario tener ases bajo la manga. El mío era “Un Regalo Para Ti”, un EP de Mario Allison que yo ponía en 45 revoluciones por minuto en lugar de los habituales 33 y 1/3.
El tiempo haría que ya en Bogotá descubriera el mundo profesional de los DJs de discoteca en sus cabinas, con un micrófono para la animación y siempre en la parte alta de una sala de baile, como púlpitos de una iglesia. Las salsotecas, por su parte, sin aquellas oscuridades, apartados y ojos de buey, tenían a los DJs más cercanos; por lo general junto a la barra del bar. Allí me convertí en profesional: el Goce Pagano y la Quinta Sinfonía de forma habitual, y muchas salsotecas de la calle 45 en sesiones especiales. DJ Session, llamarían ahora.
Pero claro, Bogotá era un universo multicultural lleno de variaciones e intereses. El Goce Pagano de la Caracas con calle 74 vio desfilar DJs de toda Colombia: el bogotano Ismael Carreño, el manizaleño Víctor Sánchez “Unomás”, el barranquillero Mariano “Candela” Torres, el caleño Fernando Tascón “Taseche” o el pastuso Daniel Olarte.
En aquellos lugares el DJ si que luchaba para que las “complacencias” del público no afectaran el orden de canciones que tenía en la cabeza. Cada local tenía canciones fetiche que nunca faltaban, pero en toda la ciudad había una especie de devoción por aquellos temas lentos y cadenciosos como “Sofrito”, “Mujer Divina” o “El Faisán”. Aquel profesionalismo estaba determinado por el acierto en la elección de canciones.
En fin. A miles de kilómetros de allí, en Nueva York, se estaba dando una serie de experimentos en esta cultura del DJ, que acabarían por cambiar todo lo que he descrito hasta ahora. De hecho, todo lo que conocíamos venía de allí.
En 1971 (apenas diez años antes de mi llegada a Bogotá), Francis Grasso, un DJ de Brooklyn, especializado en soul, le pidió a un ingeniero de sonido amigo suyo, Alex Rosner, que fabricara algo para que en sus audífonos percibiera el cambio de un disco a otro y pudiera controlar mejor ese espacio de tiempo. Así nació la primera caja de mezclas del mundo, facilitando una técnica que fue conocida como Beatmatching. Esto es hacer Fade para la entrada sea suave.
Grasso fue muy popular, al igual que otro DJ innovador, Rudy Bozak y, sobre todo, Richard Long, quien estableció otro concepto: Residente, ya que era el DJ de planta de la famosa discoteca Studio 54. Gracias a ellos las mesas de DJ se convirtieron en una versión singular de los controles que manejan el sonido en los grandes conciertos.
Poco a poco estos equipos fueron llegando a América Latina, al tiempo que otro DJ, esta vez latino, daba los primeros pasos en la creación de una industria alrededor de este oficio. Eddie Rivera, quien había comenzado animando fiestas de salsa en el Central Park, ganó un concurso de habilidad y le sacó el máximo provecho a su galardón. En poco tiempo creó una casa discográfica, IDRC, especializada en Supersencillos promocionales. 325 DJs firmaron de inmediato contrato con él.
La cultura DJ había propiciado el advenimiento del Hip-Hop en las casas de protección oficial del Bronx. Grand Wizzard Theodore inventó allí el Scratch en 1977 siempre estuvo del lado de la tecnología. Y aunque se inventó en Kingston, fue en Nueva York donde nació un término que hasta hoy define el oficio: Selector, que es el especialista en un tipo de música, capaz de conmover al auditorio.
Por eso hay dos categorías: los DJs, expertos en el manejo de una consola, capaces de leer el lenguaje electrónico, sacarle sonido, acompañarlo con música propia y hacer mezclas sobre la marcha. Y los Selectors, conocedores de la música más que del oficio; muchas veces dueños de colecciones envidiables y de canciones que no se escuchan más que en sus Sessions.
La electrónica determinó en gran medida el camino de la música actual del DJ. Entre finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI la música electrónica vivió un boom que desató la llegada de numerosos DJs al estrellato. Esta vez fue Paris el centro neurálgico gracias a discográficas como F Communications, a tiendas como FNAC y a productores que cogieron Beats de diferentes ritmos y estilos y les dieron una prolongación rítmica puramente electrónica, sin necesidad de instrumentos acústicos.
Laurent Garnier, Saint Germain, Frederic Galliano y otros más le dieron un estatus distinto al oficio de DJ y lo acercaron a la producción. Y la producción los acercó a los estudios de grabación. Y los estudios los acercaron a una infinidad de estilos que pulularon hace 20 años: Acid, House, Lounge, New Wave, Nu-Jazz, Techno, Trance… Y fue en esa sucesión de modernismos y futurismos que el DJ se alejó de la música en la cual había nacido.
Cuando el mp3 hizo su aparición, el viejo oficio de DJ, el ahora llamado Selector, perdió algo que siempre había tenido: la posesión física de un disco, fuese vinilo o CD. La elección y escogencia era ahora virtual desde carpetas almacenadas en un Computer o en un disco duro. Las opciones podían ser infinitas, porque el almacenamiento mismo podía serlo. El nuevo DJ (o Selector) pasó a ser un acumulador. El acto de comprar fue reemplazado por el acto de descargar.
Dice Marco_ecléctico: “Internet, streaming, redes y nuevas herramientas hicieron accesibles millones de canciones y permitieron que mucha gente más pudiera pinchar. Eso abrió la cultura DJ a nuevas voces, pero también convirtió en casi instantáneo algo que antes se construía lentamente”. (Nota: “pinchar” se dice en España al acto de poner discos, proviene del uso de la aguja sobre un vinilo).
Llegados a este punto hay una pregunta que flota en el ambiente: ¿porqué todo el mundo es DJ? La primera respuesta posible sería: “porque hoy ser DJ no significa únicamente seleccionar música. También puede significar visibilidad, acceso a determinados espacios, estatus cultural y una identidad atractiva para mostrar en las redes”.
Sobre esto recuerdo un hecho acaecido en Madrid, cuando Radio Gladys Palmera se asoció con una plataforma llamada Nanosónicos. Se hizo una fiesta para presentar la nueva sociedad en el Café Berlin. Por Gladys Palmera pinchó Alex García Amat, con una sesión muy preparada con antelación, sesión que buscaba mostrar un aspecto de la programación: que en la mayoría de músicas del mundo hay siempre un elemento latino. Por Nanosónicos se presentó un personaje llamado Mario Vaquerizo, quien puso una canción infinita de fondo y se dedicó a posar ante los fotógrafos acreditados.
Vuelvo a la tesis de Marco_ecléctico: “Antes se identificaba el grupo, ahora el algoritmo propone identidades y estéticas y géneros, de forma muy cambiante. Pasamos brevemente por las modas”.
Pero no todo está perdido. Este escrito no pretende ser apocalíptico. El vinilo sigue siendo un objeto de culto y que debe ser tratado con cuidado. Y del vinilo depende una legión de DJs, formados en el oficio, capaces de hacer mezclas brillantes y graduados como productores, pero que también son ávidos coleccionistas de música latina. Por ejemplo, Gilles Peterson, Nickodemus, Bosq, Bongohead o Turmix; o también Timber Armstrong, en Toronto; o Deniz Seven en Estambul.
Los demás escuchamos, buscamos, compramos, intentamos comprender, intentamos aprender, pero hacemos algo muy importante: compartimos. Y ahí está el secreto del éxito de tantos nuevos colectivos femeninos, como las vinileras y sonaderas de México, o los rulos de Bogotá, que han formado nuevas generaciones de selectoras brillantes en diferentes ciudades, deleitando a sus auditorios y poniendo a bailar a la gente, a su comunidad, como antes, como hace 50 años.

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