Café: el mejor del mundo

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Quizá algunas de las mejores ideas que he tenido me han sucedido tomando un café.

En una cafetería de Nariño, de Colombia o en cualquier lugar del mundo. Hay algo en ese momento que siempre me ha resultado particular: la servilleta que acompaña una taza puede convertirse, de repente, en la mejor pizarra para diagramar un sueño, trazar una ruta o escribir una idea ineludible.

Observo alrededor y siento que todo continúa moviéndose como una película: las personas pasan, las conversaciones siguen, los carros avanzan y, mientras tanto, uno permanece allí, frente a una taza, en una especie de concentración absoluta. El café tiene ese poder.

Ha estado alrededor de negocios, acuerdos, conversaciones, amores, desamores, decisiones y momentos capaces de cambiar la vida de alguien e incluso la historia de un país.

Hace algunos meses volví a pensarlo mirando una escena que recorrió el mundo: el 3 de febrero de 2026, después de meses de desencuentros públicos entre los gobiernos de Colombia y Estados Unidos, Gustavo Petro entró a la Casa Blanca para encontrarse por primera vez cara a cara con Donald Trump. Durante cerca de dos horas hablaron, entre otros asuntos, de lucha contra el narcotráfico, seguridad y relaciones económicas.

Pero entre tantas imágenes políticas hubo un pequeño detalle que capturó particularmente mi atención. Colombia había realizado una maniobra diplomática llevando café.

Entre los obsequios estaba Café Mayorca, nacido en una finca familiar de Algeciras, Huila. Su creador había hecho algo que parece sencillo cuando se cuenta, pero que contiene buena parte de la discusión que deberíamos estar teniendo en nuestras regiones: no se quedó únicamente cultivando el grano, lo transformó en producto, construyó una marca y le puso una historia. Aquel café terminó, literalmente, en la Casa Blanca.

Mientras dos presidentes conversaban sobre narcotráfico, Colombia llegaba también con un producto agrícola que durante décadas ha representado la otra cara de nuestro campo ante el mundo. Tal vez por eso siempre he sentido que el café colombiano representa mucho más que un producto agrícola, habla de nuestras familias cafeteras, de trabajo, origen, persistencia, de una Colombia que también ha construido prestigio alrededor de algo que nace de la tierra.

En Nariño, en las montañas de los verdes de todos los colores, el café no es marginal. Más de 40.000 familias viven vinculadas a su cultivo en 41 municipios. Los datos oficiales de La Mejor Taza registran, además, alrededor de 34.000 toneladas producidas en 2025 y un valor estimado de $550.000 millones.

Son cifras enormes. Pero hay realmente un dato que me resulta inevitable de contemplar.

En 2025, durante La Mejor Taza, un Geisha cultivado en San Pedro de Cartago alcanzó US$150,50 por libra en subasta, un récord nacional reportado por la Gobernación de Nariño. Pensemos esto un momento: Ciento cincuenta dólares por una libra de café nacida en una montaña nariñense.

Entonces la pregunta cambia, ya no podemos preguntarnos únicamente si somos capaces de producir café de extraordinaria calidad, la evidencia dice que sí, la pregunta mucho más interesante es:

¿Cuánto valor somos capaces de construir alrededor de él antes de que abandone nuestro territorio?

Porque el verdadero negocio del café no termina en la finca.

Continúa en la tostión, en la transformación, en el empaque, en la marca, en el diseño, en la catación, en el barismo, en el turismo, en el comercio electrónico, en la experiencia de una cafetería y, por supuesto, en la posibilidad de conectar directamente nuestros productos con compradores del mundo.

Esto ya está sucediendo. Mientras hablamos del potencial del café nariñense, desde la región se vienen tendiendo puentes que hace unos años parecían demasiado lejanos. En 2026, una delegación empresarial articulada desde Nariño recorrió ciudades de China y Hong Kong, participó en ferias especializadas y sostuvo encuentros con importadores, distribuidores y actores del sector gastronómico para abrir oportunidades al café especial colombiano.

China se está convirtiendo en un mercado cada vez más importante para el café. En 2006 consumía cerca de un millón de sacos al año; hoy consume más de cinco millones. Y de esos cinco millones, alrededor de 500.000 sacos provienen de Colombia. Es decir, el café colombiano ya tiene una presencia importante en un mercado que sigue creciendo y que puede representar una gran oportunidad para regiones productoras como Nariño.

A veces miramos los grandes mercados internacionales como si fueran una conversación reservada para Bogotá, Medellín o las grandes compañías exportadoras. No necesariamente, también pueden comenzar aquí.

En una finca de Buesaco.
En una marca de La Unión.
En un laboratorio de catación.
En una cafetería.

En Pasto, Café La María muestra cómo el café puede convertirse en experiencia, marca e innovación: fue reconocida por la Cámara de Comercio de Pasto en 2021 por la innovación de su modelo de negocio, ha sido ganadora de Master Coffee en la categoría bebida de autor y hoy cuenta con el Travellers’ Choice 2026 de Tripadvisor, figurando entre los establecimientos de café mejor valorados de Pasto.

Obraje, por su parte, representa la excelencia del café nariñense en escenarios internacionales: en 2021 su finca obtuvo el primer lugar de la Cup of Excellence Colombia con un Geisha de 90,61 puntos. Café Sobre Ruedas demuestra que también se puede construir empresa desde comienzos modestos: Fredy Gómez pasó de llevar cafés especiales en una bicicleta a consolidar una tienda en Pasto y convertirse en un referente de emprendimiento cafetero destacado por Cenicafé. Y Moneta le agrega otra dimensión a la taza: desde el Teatro Imperial articula café nariñense, cultura y memoria, convirtiendo el consumo de café en un espacio de encuentro y construcción social. Cuatro historias distintas que muestran algo en común: en Pasto el café ya no solo se cultiva y se sirve; también se transforma en empresa, experiencia, identidad y valor para el territorio.

Ninguna se quedó solamente en vender un grano, quizá allí esté una de las claves.

Este año, 24 cafés entraron a competir en Master Coffee 2026, alrededor de filtrados, bebidas lácteas, bebidas de autor y nuevas maneras de servir y contar el café de Nariño.

Puede parecer un asunto pequeño frente a millones de dólares en exportaciones, pero no lo es. Porque una economía cafetera madura no se construye solamente produciendo más toneladas, se construye cuando aparecen productores capaces de desarrollar su propia marca; jóvenes que quieren ser catadores y baristas; cafeterías que ofrecen experiencias; empresas que exportan; compradores internacionales que empiezan a reconocer el origen; investigadores que innovan; instituciones que abren mercados y turistas que llegan buscando probar en el territorio aquello que podrían beber en cualquier ciudad del mundo.

Ese es el verdadero desafío, que Nariño no sea únicamente el lugar donde nace un café extraordinario, sino también donde se construye buena parte de su valor. Quién lo transforma, quién lo exporta, quién crea la marca, la experiencia y la historia; y sobre todo, cuánto de ese valor logra quedarse aquí.

Vuelvo a aquella servilleta, ese pequeño espacio donde a veces empieza una idea mientras disfrutamos una taza de café. Una empresa, un viaje, un negocio, un amor o un proyecto pueden comenzar allí.

Quizá por eso me gusta tanto tomar café mientras pienso: el verdadero valor de una taza no está solo en lo que contiene, sino en todo lo que podemos imaginar y construir alrededor de ella.

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