Escuchando nota
En la política colombiana, donde las lealtades son efímeras y las convicciones muchas veces se negocian en voz baja, hay trayectorias que resultan incómodas porque no se dejan encasillar. La de Roy Barreras es una de ellas. Durante años fue un actor de reparto en el gran teatro del poder: disciplinado, hábil, eficaz en la trastienda legislativa, pero sin una incidencia que trascendiera la coyuntura. Era el operador, el estratega, el hombre de confianza. No el protagonista.
Sin embargo, algo cambió. Y no fue solamente el país.
Roy entendió —como pocos— que la política contemporánea no se mueve únicamente en los pasillos del Capitolio sino en la narrativa pública. Supo transitar de la cirugía técnica de los acuerdos parlamentarios a la exposición directa ante la opinión. Pasó de ser el negociador silencioso a convertirse en voz altisonante, en figura visible, en aspirante con discurso propio. En un país donde la política suele castigar las metamorfosis, él hizo de la transformación su mejor capital político.
Su paso por distintos gobiernos y orillas ideológicas ha sido, para algunos, prueba de incoherencia; para otros, evidencia de pragmatismo. Pero más allá de la valoración moral que cada quien haga, hay un hecho innegable: Roy aprendió a sobrevivir y a crecer en medio de la tormenta. Entendió que la política no es una fotografía sino una película en permanente rodaje. Y decidió no quedarse en el mismo papel.
Se creció cuando muchos lo daban vencido . Se creció cuando dejó de ser simplemente un senador hábil para proyectarse como articulador de mayorías y, luego, como precandidato con discurso nacional. Se creció cuando pasó de ejecutar estrategias ajenas a diseñar la propia. Esa es la diferencia entre quien administra poder y quien aspira a conquistarlo.
Hoy su nombre ya no circula únicamente en corrillos legislativos; circula en debates presidenciales anticipados, en análisis estratégicos, en encuestas que miden intención y no simple reconocimiento. Ha logrado algo que no todos consiguen: que lo tomen en serio.
Claro, su crecimiento también despierta resistencias. En Colombia la memoria política es selectiva y el juicio suele ser implacable. Hay quienes no olvidan sus cambios de bando; hay quienes cuestionan su coherencia ideológica; hay quienes ven en su ascenso más cálculo que convicción. Y tal vez tengan razones. Pero en política, la percepción de fortaleza pesa tanto como la pureza doctrinal.
La pregunta no es si Roy ha cambiado. La pregunta es si el país está dispuesto a aceptar que un político cambie y, aun así, aspire a liderarlo.
“Se creció Roy” no es una consigna de campaña ni una absolución anticipada. Es una constatación política. Creció en visibilidad, en ambición y en influencia. Falta saber si crecerá también en confianza ciudadana, en coherencia programática y en capacidad de unir un país fracturado.
Porque una cosa es crecer en poder; otra muy distinta es crecer en estatura histórica.
Y ahí es donde comienza, verdaderamente, la prueba. Y Roy parece ser ese hombre que cambiará la historia llevándola por nuevos caminos que forjarán el destino colectivo.




