Por Daniel Olarte Mutiz. ( Exclusivo para Página 10).
Si bien un gran sector mayoritario de amantes del fútbol a nivel mundial sintieron una deliciosa brisa fresca al ver coronarse a España como la selección campeona, de manera justa y contundente, este fue un torneo plagado de amargas dudas que terminaron de evidenciar que la FIFA es un ente corrupto, al tanto de no solo maniobrar al fútbol como industria, sino de colocarlo como mercancía al mejor postor y a quien garantice tenerlos como una organización capaz de influenciar en la política mundial y llegar a prestarse como instrumento del Estado profundo y uno de los tentáculos con potente influencia sobre la población de esta aldea global.
Entonces hablemos de fútbol en esencia: este Mundial 2026 concluyó con la consagración de España como campeona del mundo. Más allá del título, el torneo deja un debate que trasciende el resultado final desde la perspectiva futbolística: ¿el fútbol dio un paso hacia adelante en su evolución o, por el contrario, se instaló en una etapa de estancamiento táctico? Esa es quizá la pregunta que marcará la memoria de esta Copa del Mundo.
Resulta inevitable recordar 1974, cuando la entonces Holanda de Rinus Michels y Johan Cruyff revolucionó el deporte con el llamado “fútbol total”. Aquel Mundial no solo dejó un subcampeón memorable; modificó para siempre la manera de entender el juego. Medio siglo después, cuesta encontrar una innovación comparable. Si algo predominó en 2026 fue la organización táctica, el estudio minucioso del rival y la reducción del margen para la improvisación. Holanda como siempre llamamos a los Países bajos de hoy, parece estar condenada a no levantar la copa, muy a pesar de merecerlo con creces.
El fútbol contemporáneo parece haber alcanzado una sofisticación estratégica extraordinaria, pero al mismo tiempo ha sacrificado parte de la espontaneidad que durante décadas enamoró a millones de aficionados. Salvo contadas excepciones, abundaron los equipos prudentes, obsesionados con el orden defensivo y la ocupación racional de los espacios. Las grandes revoluciones tácticas brillaron por su ausencia.
Pero como en todo certámen de esta categoría, deja sorpresas y decepciones;
Toda Copa del Mundo necesita héroes inesperados y despedidas inevitables. Este torneo no fue la excepción.
Las despedidas de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo simbolizan el cierre definitivo de una de las mayores rivalidades de la historia del fútbol. Messi no logró despedirse con un Mundial memorable, le tocó salir por la puerta de atrás y su imagen empañada por las oscuras relaciones con Infantino; mientras que Cristiano volvió a mostrar el profesionalismo y la caballerosidad que lo caracterizaron durante toda su carrera, aunque tampoco consiguió ser ese timonel para conducir a Portugal hasta las instancias decisivas, por el contrario, se percibió una especie de motín generacional, dónde muchos quisieran lanzarlo por la borda.
En contraste, varias selecciones consideradas menores ganaron el respeto universal.
La gran revelación fue Cabo Verde. Su propuesta futbolística, basada en disciplina, solidaridad y juego limpio, convirtió a los africanos en una de las historias más inspiradoras del campeonato. Especial reconocimiento merece su guardameta Vozinha, cuya personalidad, liderazgo y entrega terminaron convirtiéndolo en uno de los futbolistas más queridos del torneo.
También sobresalió Erling Haaland. Más allá de sus goles, conquistó al público por una combinación poco frecuente de competitividad, humildad y respeto por los rivales, cualidades que reforzaron su imagen como uno de los grandes referentes del fútbol moderno. Para muchos esa inocencia de ángel guardián y la letalidad de sus espontáneos ataques, lo hacen figura indeleble, sobre todo para niños y adolescentes que se están iniciando. Pero Halland por sobre todo, como de manera lúcida y acertada lo sentenció Ancelotti: “es el jugador con mejor timing del planeta, olfatea la zona, no se desgasta y acelera de cero a cien mil kilómetros en el momento justo”, eso lo hace un definidor Sui géneris.
En España emergió definitivamente Lamine Yamal. Su extraordinario rendimiento deportivo confirmó que pertenece a la élite mundial, y aunque hacia futuro lo veremos crecer como persona íntegra ( tan solo cuenta con 19 añitos) y fulgurante estrella del balompié orbital. Dichoso el Barza que lo tiene en su nómina. Al mismo tiempo, sus manifestaciones públicas sobre la situación humanitaria en Palestina generaron un intenso debate sobre el papel de los deportistas en asuntos políticos y sociales. Mientras algunos celebraron su decisión de utilizar su visibilidad para llamar la atención sobre un conflicto internacional, otros defendieron que los escenarios deportivos deberían mantenerse al margen de este tipo de expresiones. Es un debate complejo, en el que conviene reconocer la diversidad de opiniones y distinguir entre el rendimiento deportivo y las posturas personales de los jugadores.
La selección Colombia, como siempre, dejó sensaciones encontradas. Zidane llegó a calificar como el mejor equipo visto tras terminar la primera ronda en incluso su partido con Ghana. Su rendimiento confirmó que posee una generación altamente competitiva, aunque volvió a aparecer aquella vieja reflexión atribuida a César Luis Menotti: a Colombia parece pesarle el rótulo de favorita. El equipo mostró condiciones futbolísticas importantes, pero no consiguió transformarlas en una candidatura definitiva al título. En el país, por haber asumido una posición política ( no todos sus jugadores obvio) que creemos poco correcta en un país polarizado y acostumbrado a mirar a su selección por encima de tintes políticos, les dejó saber a manera de castigo, la fría recepción a su retorno, muy distinto a otras apoteósicas llegadas a su tierra natal como Cabo Verde, Egipto, Noruega: recibidos como héroes nacionales.
El VAR Y EL DEBATE SOBRE JUSTICIA DEPORTIVA.
Si hubo un protagonista silencioso del Mundial fue el VAR, precisamente porque jamás estuvo a la altura de las espectativas para las que fue creado.
Instituido para disminuir los errores arbitrales y contribuir como control de eventuales errores humanos, dónde la objetividad zanja cualquier tipo de interpretación subjetiva del referee central, el sistema volvió a convertirse en fuente permanente de controversias. Muchas decisiones continuaron generando interpretaciones opuestas, alimentando la sensación de que la tecnología no logró eliminar la subjetividad humana y despertó sospechas fundadas por sus crasas equivocaciones, atribuibles a manipulaciones externas a cabina.
Especialmente polémico resultó el arbitraje del encuentro entre Argentina y Egipto, partido que provocó fuertes críticas de numerosos aficionados y comentaristas por varias decisiones arbitrales. Es importante distinguir, sin embargo, entre las controversias arbitrales y las afirmaciones de fraude: aunque muchas personas expresaron esa percepción, desafortunadamente las propias evidencias y pruebas no estarán al alcance de cualquier mortal y mucho menos por ahora se harán públicas, pero el contexto y la dinámica del juego, más allá de cualquier parcialidad, se hizo evidente pensar por los hechos: afirmar que el partido estuvo manipulado fue una verdad de a puños como lo hemos reiterado en columnas anteriores. Pasarán años sin que haya una declaración de que hubo un fraude comprobado, así como el famoso gol válido de Mario Yépez de Colombia en el mundial 2014 contra Brasil.
El torneo reabrió además un debate sobre la coherencia institucional del fútbol internacional. Algunos sectores cuestionan que determinadas federaciones nacionales permanezcan suspendidas por conflictos internacionales mientras otras continúan participando pese a enfrentar acusaciones relacionadas con situaciones bélicas o políticas. Se trata de un debate complejo que involucra decisiones de los organismos deportivos internacionales y del derecho internacional, y sobre el cual existen posiciones muy diferentes. Como quien dice: todo es según el color de la visión del daltónico que cruza la calle. Mientras la Federación rusa de fútbol es vetada, otra federación como la Israelí es mirada sin reparos.
El negocio por encima del espectáculo es
otro de los grandes interrogantes y gira alrededor del modelo económico del fútbol moderno.
La FIFA ha consolidado un campeonato de dimensiones gigantescas, con enormes ingresos comerciales, nuevos mercados y una creciente presencia de patrocinadores. Esa expansión representa un éxito empresarial indiscutible.
Sin embargo, también ha alimentado la percepción, compartida por algunos analistas y aficionados, de que los intereses comerciales ocupan cada vez más espacio dentro del espectáculo deportivo. En redes sociales y espacios de opinión reaparecieron rumores sobre posibles favoritismos o arreglos de partidos, aunque hasta la fecha no existen pruebas públicas que respalden tales acusaciones. Precisamente por esa razón, corresponde tratarlas como percepciones o especulaciones y no como hechos demostrados.
Lo verdaderamente preocupante es que estas sospechas, aun cuando no puedan probarse, erosionan la confianza del público en las instituciones del fútbol.
España, un campeón incuestionable:
en medio de todas las controversias, España emerge como el gran vencedor del campeonato.
Su conquista difícilmente admite discusión. Fue un equipo equilibrado, solidario y moderno, capaz de combinar talento individual con funcionamiento colectivo. Superó a rivales de enorme jerarquía, incluida Francia, probablemente la plantilla con mayor concentración de figuras internacionales.
En la final, España mostró además una madurez impropia de un grupo tan joven. No cayó en provocaciones, mantuvo su identidad futbolística y administró los momentos de máxima presión con notable serenidad.
Más que una colección de individualidades, España fue un auténtico equipo.
Un Mundial que invita a la reflexión
La Copa del Mundo de 2026 será recordada por haber coronado a un campeón justo, pero también por dejar abiertas numerosas discusiones.
Desde el punto de vista estrictamente futbolístico, predominaron la táctica, el análisis y la estrategia sobre la creatividad y el riesgo. No apareció una revolución comparable a la del fútbol total de 1974 ni una propuesta capaz de cambiar el rumbo del deporte. Las selecciones emergentes, como Cabo Verde y Curazao, fueron precisamente las que ofrecieron el fútbol más fresco y espontáneo. Valga recordar que Cabo Verde no pudo ser vencida por los dos finalistas de este mundial.
Al mismo tiempo, el campeonato volvió a poner sobre la mesa debates sobre el arbitraje, la coherencia institucional, el peso de los intereses económicos y la creciente relación entre deporte, política y comunicación global.
¿Los aficionados volverán a esperar con pasión cuatro años para disfrutar de otro Mundial ? Esa espera, que tradicionalmente alimentaba la ilusión, esta vez deja una sensación ambivalente. Queda la esperanza de que el fútbol recupere parte de su capacidad para sorprender desde el juego mismo, sin que las discusiones sobre la tecnología, la política o los intereses económicos terminen ocupando el lugar que debería corresponder exclusivamente al balón. Porque, al final, el verdadero patrimonio del fútbol sigue siendo la emoción que produce un partido bien jugado, una emoción que ningún sistema táctico, ninguna herramienta tecnológica y ningún negocio debería eclipsar. Como dijo mi madre alguna vez: tu disfruta y mantente atento para cernir el buen fútbol del malo, y ella que apenas pudo ver poco, pero si, entender que el juego bonito siempre será en esencia el espectáculo visual.
Sobre el autor: Abogado especialista en derecho penal y magíster en Criminología. Especialista en Estudios Latinoamericanos del CELAT UNARIÑO. Amante del Fútbol, la literatura, la Salsa y la Geopolítica. Columnista de opinión en radio y en diversos medios escritos nacionales y locales. Desde hace algunos meses ha sido invitado a Página 10 para compartir opiniones sobre diversos temas.




