Carmen Adriana era a sus siete añitos una niña como tantas aparentemente feliz pero sobre todo llena de ilusiones a pesar de las precarias condiciones en que vivía y de lo cual seguramente aun no tenía conciencia. Quería aprender a nadar, patinar y jugar baloncesto, pero especialmente le pedía al Niño Dios que en Navidad le regalara una bicicleta para jugar con su independencia corporal y desahogar su energía.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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