Después de la muerte, la vida.

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“La semana pasada quise escribir una columna titulada “Que el dolor no nos sea indiferente” como un breve homenaje a Sara Millerey, brutalmente asesinada el 4 de abril en Bello, Antioquia. Su muerte me dolió profundamente. La sevicia, el dolor innecesario infligido, el odio… todo configura un escenario macabro e infame. Golpearla hasta quebrarle los brazos y las piernas, lanzarla a una quebrada para que se ahogara y luego, la multitud: una masa de espectadores que, en lugar de auxiliarla, usó sus celulares para grabar. No llamaron a una ambulancia, no alertaron a las autoridades, dicen que no podían hacerlo, tal vez, pero en un mínimo gesto de respeto, pudieron abstenerse de subir el video a redes. ¡Por Dios! ¡Cuánta indolencia, cuánta deshumanización!

Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.

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