Volver a una ciudad después de 16 años no es un ejercicio de nostalgia: es un choque frontal con la realidad. Llevo dos años viviendo nuevamente en San Juan de Pasto y, aunque el afecto por el territorio sigue intacto, el municipio que encontré obliga a una reflexión incómoda. No tanto por lo que ha cambiado, sino por aquello que se ha normalizado.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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