Por: Tirso Benavides Benavides
Hay momentos en que la geología y la geopolítica coinciden en una danza macabra. El sismo de magnitud 5.8 que estremeció el oriente de Cuba esta semana ha sido el recordatorio brutal de la fragilidad que hoy respira la isla. Mientras el suelo temblaba en Santiago y Guantánamo, en La Habana, el régimen sentía su propio remezón interno, una réplica política que amenaza con derrumbar los últimos pilares de un sistema que ya no tiene energía para sostenerse. El colapso de la tierra y el naufragio de la economía se han fundido en un solo movimiento tectónico que, sin necesidad de ser adivino, arrastra a Cuba hacia una transición forzada.
La situación es de un colapso total. Este lunes 16 de marzo, el Sistema Eléctrico Nacional sufrió una desconexión que dejó a los once millones de habitantes de la isla en un apagón absoluto por sexta vez en menos de dos años. No es solo un fallo técnico, es la consecuencia directa de una asfixia energética sin precedentes. Tras el giro radical en Venezuela, donde Caracas parece más una sucursal de la Casa Blanca y el bloqueo de suministros impuesto por Donald Trump, quien firmó órdenes ejecutivas para castigar a cualquier tanquero que toque puerto cubano, el flujo de petróleo se ha detenido. Sin ese pulmón, Cuba se ha quedado sin aire.
La asfixia es tan severa que incluso las manos tradicionalmente amigas parecen atadas. De México tampoco han podido llegar las ayudas esperadas, dejando a La Habana en una orfandad diplomática y material que acelera el proceso de rendición.
En medio de este caos, el realismo político ha obligado a que la ideología se haga a un lado con tal de mantener las cuotas de poder. El presidente Miguel Díaz-Canel reconoció que se adelantan conversaciones con Washington, pero el enigma reside en quién será finalmente la “Delcy Rodríguez caribeña”, la figura del establecimiento encargada de gestionar la capitulación de la isla que ha resistido por más de seis décadas.
Por un lado se habla de Oscar Pérez-Oliva Fraga, Viceprimer Ministro y Ministro del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera. Sobrino nieto de Fidel, Pérez-Oliva es el rostro visible de la apertura desesperada. Su papel es el de un tecnócrata pragmático que ha invitado públicamente a los cubanos en el exterior a invertir sus dólares en la tierra que antes les confiscaba todo, así como también a cualquier inversionista foráneo. Desde su cargo ministerial es el hombre que intenta convencer al mercado global de que Cuba puede ser un negocio seguro.
Más en la sombra, pero con un peso mucho más oscuro y directo, aparece Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”. Nieto de Raúl Castro y su sombra perenne como jefe de seguridad, quien representa el brazo militar y el control del emporio GAESA, sigla que significa Grupo de Administración Empresarial S.A., un gigantesco consorcio controlado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba. El conglomerado económico que es uno de los más poderosos de la isla, al controlar sectores clave como turismo, finanzas, importaciones y ventas minoristas en divisas, funcionando con escasa transparencia.
Mientras Pérez-Oliva habla de inversiones, “El Cangrejo” es quien sostiene los hilos de las negociaciones secretas con los enviados de Trump. Su misión no es salvar la Revolución, sino asegurar la supervivencia de la cúpula militar y proteger el patrimonio del clan en el nuevo orden que se avecina. Es el interlocutor de los cuarteles, el hombre que sabe que, en política, el poder bélico solo se negocia con otro poder similar.
Los principios se subastan cuando el erario se agota y el poder de Estados Unidos deja de ser una amenaza latente para convertirse en un acecho inminente. Esta tensión nos devuelve a los capítulos más oscuros de la Guerra Fría, recordándonos que la isla siempre ha sido el tablero de otros, como en aquella Crisis de los Misiles de 1962, cuando Kennedy y Jrushchov pusieron al mundo al borde del abismo nuclear. Ahora la arrogancia de Washington ha alcanzado niveles históricos, Donald Trump afirmó que “sería un honor tomarse Cuba” y que podría hacer con la isla “lo que quiera”, una declaración que ratifica su desprecio por la autodeterminación y confirma que su diplomacia no busca la libertad, sino la imposición.
Me asalta la nostalgia al recordar que, en tiempos remotos, en el siglo pasado, en mi habitación colgaba un afiche con la famosa foto de Fidel y el Ché llegando victoriosos a La Habana tras el triunfo de la revolución. Un símbolo de una influencia que moldeó las mentes jóvenes y románticas de muchos hace unos años, cautivando también a escritores e intelectuales que creyeron en un proyecto de dignidad frente a los gringos y en el sueño de una sociedad igualitaria.
Es el acecho final contra una Revolución que en 1959 prometió romper las cadenas del “patio trasero” y que hoy, sesenta y siete años después, parece no tener más cartas que jugar frente al tahúr de norte.
Cuba tiene un valor simbólico inmenso para la izquierda mundial, pero la épica no genera kilovatios ni detiene los sismos de la realidad. Lo que viene es una metamorfosis dolorosa donde el pragmatismo del linaje Castro y la prepotencia de Trump escribirán el próximo capítulo de la isla. El sueño de los barbudos parece apagarse, dejando tras de sí el rastro amargo de otra utopía que muere al volverse distopía.




