Por Jefferson Sánchez Cifuentes.
Lo ocurrido hoy en la Cámara de Representantes, alrededor de la presidencia de la Comisión Afro, debería preocuparnos mucho más de lo que aparentemente preocupa.
En medio de la discusión entre los congresistas Estefanel Gutiérrez, de Cambio Radical, y Óscar Benavides, de Libres, surgió una expresión que, más allá de la coyuntura política, merece una profunda reflexión: “Yo soy más negro que tú”.
¿Más negro?
¿Acaso la negritud puede medirse? ¿Existe una escala para determinar quién tiene mayor legitimidad racial? ¿En qué momento nuestra identidad se convirtió en una competencia entre nosotros mismos?
El asunto parece anecdótico, pero no lo es.
La Colonia hizo un trabajo profundo. No solamente esclavizó cuerpos; construyó jerarquías, impuso imaginarios y sembró categorías raciales que sobrevivieron a la abolición de la esclavitud.
Nos dejó una carimba mental.
La carimba fue una marca física de dominación. La carimba mental es mucho más sofisticada: es aquella marca colonial que permanece en la conciencia y nos hace mirarnos, clasificarnos y juzgarnos con parámetros heredados del colonizador.
Por eso, cuando un negro necesita demostrar que es “más negro” que otro, deberíamos preguntarnos si realmente estamos frente a una afirmación de identidad o frente a una expresión de esa vieja herencia colonial.
Porque el color de la piel no garantiza la conciencia de la negritud.
Ser negro no consiste solamente en la pigmentación. Es memoria, territorio, cultura, resistencia y dignidad. Es África sobreviviendo en América. Es la historia de hombres y mujeres que, pese a la esclavización, conservaron lenguas, músicas, espiritualidades, conocimientos, sabores y formas de organización.
Ser negro es también recordar que nuestros territorios han producido enormes riquezas mientras muchas de nuestras comunidades continúan padeciendo pobreza, abandono, violencia, desplazamiento y falta de oportunidades.
Por eso, el debate en una Comisión Afro no debería ser quién es más negro.
Debería ser quién tiene mayor conciencia de lo que significa representar al pueblo negro.
Quién defiende el territorio.
Quién lucha contra el racismo.
Quién trabaja por nuestros jóvenes.
Quién protege nuestra cultura.
Quién convierte una curul en una herramienta de transformación y no en un escenario de vanidades personales.
El problema, entonces, no son solamente dos congresistas. El problema es una vieja enfermedad que puede reproducirse incluso dentro de nuestras propias organizaciones: confundir identidad con poder, representación con protagonismo y negritud con epidermis.
La verdadera descolonización comienza cuando dejamos de mirarnos con los ojos del colonizador.
No necesitamos demostrar quién es más negro.
Necesitamos demostrar quién está dispuesto a trabajar más por su pueblo.
Porque la esclavitud pudo desaparecer de las leyes, pero algunas de sus marcas todavía sobreviven en la conciencia.
La carimba ya no está sobre la piel. A veces, todavía está en la mente.
Y mientras no consigamos borrarla de allí, nuestra libertad seguirá siendo una tarea inconclusa.




