La escritora y académica nariñense habla de su llegada a la Academia de la Lengua, de la necesidad de reescribir la historia literaria de Colombia desde las regiones y de una deuda pendiente con el Pacífico. Después de medio siglo viviendo lejos de Pasto, asegura que la ciudad continúa habitando cada página que escribe.
Pasto aparece incluso cuando Cecilia Caicedo no lo nombra. Está en sus personajes, en sus preguntas sobre la historia, en sus reflexiones sobre la religión, en la memoria de las calles que caminó durante su juventud y también en esa manera de mirar a Colombia desde una región que durante décadas ha tenido que luchar contra la etiqueta de “provincia”.
Caicedo ha vivido cerca de 50 años fuera de la ciudad donde nació y se formó. Sin embargo, cuando habla de Pasto, la distancia parece desaparecer. “Es la tierra que llevo en mi corazón”, afirma al recordar que allí transcurrieron sus primeros 20 años, llegaron sus primeros amores y comenzó una formación intelectual que terminaría llevándola por universidades, investigaciones, novelas y escenarios académicos.
Su llegada a la Academia de la Lengua representa para ella mucho más que un reconocimiento personal. La noticia de su postulación la tomó por sorpresa y la asumió como una especie de culminación de una etapa profesional e intelectual, pero también como un reconocimiento a Nariño, la tierra en la que, según sus propias palabras, aprendió “a sentir, amar y pensar”.
Para Caicedo, sin embargo, ingresar a la Academia no significa llegar al final de un camino. Por el contrario, considera que allí comienza una nueva etapa de trabajo intelectual, en la que espera profundizar en uno de los asuntos que más han marcado su carrera: la necesidad de revisar la forma en que Colombia ha contado su propia historia literaria.
Reescribir a Colombia desde sus regiones
Uno de los proyectos que Caicedo quiere impulsar tiene una ambición de fondo: revisar la manera como se ha construido la historia de la literatura colombiana. Su cuestionamiento parte de una idea que ha acompañado buena parte de su trabajo académico: Colombia, asegura, ha sido “mal mapeada” culturalmente.
A su juicio, durante décadas buena parte de la historia literaria nacional fue construida desde una mirada centralista que dejó en segundo plano a escritores y movimientos surgidos lejos de los principales centros de poder. Para ella, esa visión debe transformarse si se quiere comprender realmente la diversidad cultural e intelectual del país.
“Fundamentalmente hemos sido los escritores de provincia —entre comillas— los que hemos articulado la literatura colombiana”, señala. Su propuesta no busca reemplazar un centralismo por pequeños regionalismos cerrados, sino construir una mirada en la que cada territorio tenga la capacidad de reconocerse, pensarse y dialogar con los demás desde su propia identidad.
Caicedo insiste en que las regiones no necesitan que otros las interpreten permanentemente. Considera que deben fortalecer sus propias voces y convertirse en interlocutoras válidas dentro de la conversación nacional. En ese contexto aparece una de las afirmaciones más contundentes de la entrevista: “Nariño no es provinciano, es muy universal”.
Un Nariño conectado con el mundo
Para defender esa idea, Caicedo recurre a la memoria intelectual del departamento. Habla de Leopoldo López Álvarez y de su acercamiento a los clásicos, recuerda la tradición lectora de Pasto, menciona a Ignacio Rodríguez Guerrero y reivindica especialmente la dimensión universal de Aurelio Arturo, a quien considera uno de los grandes poetas colombianos del siglo XX.
Desde su perspectiva, resulta difícil sostener la idea de un territorio aislado cuando la historia cultural de Nariño está atravesada por intelectuales que dialogaron con grandes corrientes del pensamiento, la filosofía y la literatura. El problema, dice, ha sido que durante mucho tiempo la región terminó aceptando la imagen de marginalidad construida desde afuera.
“¿Quién escribió el cuento del provincialismo? Nosotros somos los primeros que nos lo creímos”, afirma. A esa dificultad suma factores como el miedo al escenario público, el pesimismo y, en algunos casos, la incapacidad de reconocer la capacidad intelectual y creativa de los demás.
Caicedo considera que Nariño posee una de las tradiciones culturales e intelectuales más fuertes del país, pero admite que buena parte de ese potencial todavía necesita mayor visibilidad. Para ella, el reto consiste en reconocer el valor propio sin caer en regionalismos cerrados, pero también sin asumir como cierta una supuesta inferioridad frente a otras zonas de Colombia.
Pasto como materia de la literatura
La obra de Cecilia Caicedo ha sido también una forma de discutir las interpretaciones tradicionales sobre Nariño. Uno de los ejemplos más importantes es Verdesueños, novela relacionada con los acontecimientos de diciembre de 1822 en Pasto.
La escritora explica que su intención nunca fue simplemente reproducir la confrontación entre Agualongo y Bolívar ni alimentar viejas divisiones alrededor de ese episodio histórico. Su interés estaba puesto en una pregunta más amplia: cómo se construye una ciudad y cuáles son las ideas, símbolos, creencias y contradicciones que terminan moldeando una sociedad.
Por eso la religión aparece como uno de los elementos fundamentales de la novela. De hecho, el origen de la obra surgió lejos de una discusión estrictamente histórica. Caicedo recuerda que se encontraba en Pereira frente a una página en blanco cuando comenzó a preguntarse qué significaba realmente el acto de comulgar.
Aquella inquietud terminó convirtiéndose en uno de los puntos de partida de una novela sobre Pasto. Para Caicedo, ese proceso demuestra que la literatura no necesariamente nace de un esquema rígido, sino de preguntas, sensaciones, recuerdos e ideas que comienzan a conectarse mientras avanza la escritura.
“No pienso que una novela se escriba con un patrón estructural”, sostiene. Para ella, la literatura debe permitir que los personajes crezcan y encuentren su propio camino, porque una novela es un hecho vivo y, al mismo tiempo, una experiencia intelectual.
La distancia como una forma de comprender
Puede parecer contradictorio, pero Cecilia Caicedo considera que la distancia le permitió comprender mejor el territorio en el que nació. Después de varias décadas viviendo fuera de Pasto, sostiene que alejarse puede ayudar a mirar con mayor claridad aquello que cuando está demasiado cerca se vive únicamente desde la emoción inmediata.
“Para visualizar y contar mejor, uno necesita la lejanía, en tiempo y en espacio”, explica. Esa distancia no significó desprendimiento. Por el contrario, Pasto continuó apareciendo en sus libros y en su manera de interpretar el mundo, incluso cuando no estaba mencionado de forma explícita.
La ciudad permanece en la memoria de la estudiante que ingresó muy joven a la Universidad de Nariño para estudiar Filosofía y Letras, en las discusiones entre ciencia y fe que escuchaba en sus clases, en los profesores que marcaron su formación y en aquellas primeras lecturas que le permitieron descubrir otros universos culturales.
Caicedo asegura que toda su escritura está atravesada por esa experiencia. Aunque una novela no tenga a Pasto como escenario central, considera que la ciudad está presente en la sensibilidad con la que construye personajes, conflictos y preguntas.
No existe una sola literatura colombiana
Una de las ideas centrales de la entrevista aparece cuando Caicedo intenta explicar qué entiende por literatura nacional. Para ella, hablar de una única literatura colombiana puede resultar engañoso si esa definición desconoce las diferencias culturales, históricas y territoriales del país.
Sostiene que Colombia está formada por múltiples literaturas, músicas, artes, memorias y formas de sentir que se encuentran y dialogan entre sí. En ese sentido, la literatura colombiana no sería una expresión homogénea, sino el resultado de la reunión de muchas voces regionales.
“Lo que hay son las juntas, los encuentros, las reuniones de las literaturas colombianas”, afirma. Desde esa perspectiva, el verdadero desafío consiste en reconocer esa pluralidad y permitir que cada región participe en condiciones de mayor igualdad dentro del relato cultural del país.
Para Caicedo, Nariño tiene mucho que aportar en esa conversación. No solamente por su tradición andina, sino por la diversidad cultural que existe dentro del propio departamento y que durante muchos años tampoco ha sido suficientemente reconocida.
La deuda con el Pacífico
La reflexión regional de Cecilia Caicedo no termina en Pasto ni en la zona andina. Durante la entrevista reconoce una deuda histórica e intelectual con el Pacífico nariñense y cuestiona la manera como desde los Andes se ha mirado tradicionalmente a la costa.
La escritora habla abiertamente de exclusión, racismo y desconocimiento. Considera que el Pacífico representa una enorme franja cultural en la que confluyen raíces africanas, memorias locales, relaciones interculturales y formas propias de interpretar el territorio.
“Frente al Pacífico tenemos una gran deuda”, sostiene. Además, hace una autocrítica al recordar que en uno de sus antiguos trabajos sobre la novela en Nariño no incorporó suficientemente a escritores y expresiones literarias procedentes de esa zona del departamento.
Ahora expresa su interés por regresar sobre ese territorio desde la investigación y la reflexión académica. Su propósito es profundizar en el Pacífico como parte fundamental de la construcción cultural de Nariño y también como pieza necesaria dentro de esa relectura de las literaturas colombianas que propone desarrollar.
Conocerse para creer en Nariño
Después de décadas investigando, enseñando y escribiendo, Cecilia Caicedo vuelve una y otra vez a un mismo problema: Nariño necesita conocerse mejor a sí mismo. Para ella, el orgullo regional no puede construirse únicamente a través de discursos o símbolos, sino mediante el conocimiento de la propia historia y el reconocimiento de quienes han pensado, escrito y transformado el territorio.
“Nosotros no creemos en la capacidad de nosotros mismos, y eso me duele”, afirma. Desde su mirada, parte de esa falta de confianza ha sido alimentada por visiones externas que durante años presentaron a Nariño como un territorio periférico, aislado o distante de los principales procesos culturales del país.
Su llegada a la Academia de la Lengua aparece entonces menos como una meta individual que como una plataforma desde la cual continuar una preocupación que ha acompañado toda su trayectoria: poner a dialogar a Nariño con Colombia y con el mundo desde su propia voz.
En su visión, el desafío no consiste en demostrar que Nariño puede dejar de ser provincia. El verdadero reto es comprender que su historia intelectual, cultural y literaria demuestra que nunca estuvo aislado del mundo y que todavía tiene mucho por decir dentro de la construcción de la memoria nacional.




