El poder posa entre los muertos

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Por Tirso Benavides Benavides

Los muertos están en el suelo, el presidente pasea entre ellos. La distribución de los papeles resulta bastante clara, unos ponen los cadáveres y otro recoge el reconocimiento. Las imágenes de Abelardo de la Espriella recorriendo los cuerpos de integrantes de grupos armados, muertos en una operación militar, tienen algo más que información sobre un resultado. Hay una exhibición. Y en ella el protagonista, por supuesto, es el único que todavía puede posar.

Las fuerzas del Estado tienen el deber de proteger a la población y enfrentar a las organizaciones que secuestran, extorsionan, reclutan y asesinan. Su trabajo merece reconocimiento cuando se cumple dentro de la ley. Precisamente por eso cabe preguntar qué agrega esa ronda mortuoria presidencial. ¿Qué necesidad de seguridad satisface? El resultado operacional puede informarse sin convertir los restos humanos en acompañantes de una declaración. Entre rendir cuentas y vanagloriarse de la perdida de una vida hay una diferencia que debería entender cualquiera que dice representar al Estado.

Se ha comparado esa puesta en escena con la de Nayib Bukele. La semejanza existe, aunque conviene precisarla: el mandatario salvadoreño ha difundido videos de detenidos sometidos a una coreografía carcelaria, rodeados de guardias, con grilletes y música dramática. Son personas vivas bajo custodia. El parecido está en utilizar los cuerpos del enemigo sometido para construir la imagen del gobernante que domina. Pero atribuirle a Bukele la invención de semejante recurso sería concederle una originalidad que no le corresponde.

Roma ya conocía el rendimiento político del espectáculo sangriento. Los combates de gladiadores hicieron de la posibilidad de morir una diversión pública, aunque no todos terminaran con la muerte del vencido. Fuera de la arena, la demostración podía ser todavía más explícita. Después de derrotar la rebelión de Espartaco, por allá en el 71 antes de Cristo, los romanos crucificaron a unos seis mil prisioneros a lo largo de la vía Apia. El camino permitía desplazarse y, de paso, daba una lección macabra de lo que costaba rebelarse.

Los cuerpos inertes prolongaban la victoria cuando la batalla había terminado.

Siglos después, las monarquías europeas siguieron aprovechando esa capacidad pedagógica del cadáver. En 1535, la cabeza de Tomás Moro fue expuesta en una pica sobre el puente de Londres después de su ejecución bajo Enrique VIII. El antiguo colaborador del rey había desobedecido en una cuestión decisiva de autoridad religiosa y política. La cabeza quedaba allí para que los demás resolvieran sus dudas con mayor prudencia.

Michel Foucault explicó en Vigilar y castigar que el suplicio público era una ceremonia de afirmación del poder soberano. El castigo debía hacerse visible, sobre el cuerpo del condenado se reparaba la autoridad desafiada. Su libro comienza con el tormento de Damiens, ejecutado en 1757 por atentar contra Luis XV. Había sentencia, verdugos y espectadores. El poder necesitaba público para completar su demostración.

La caída de los tiranos tampoco ha librado a sus adversarios de esa tentación. En abril de 1945, el cadáver de Mussolini fue exhibido en Milán y colgado boca abajo junto al de Clara Petacci. Se entiende el odio acumulado contra el fascismo, se entiende el alivio de quienes sobrevivieron a él. También se advierte cómo la liberación podía desembocar en un espectáculo de ultraje. El cuerpo del dictador quedaba disponible para la multitud que antes había tenido que soportarlo.

En 1967, el ejército boliviano exhibió el cadáver del Che Guevara en la lavandería de un hospital. La fotografía debía demostrar que el guerrillero estaba muerto. John Berger encontró en aquellas imágenes semejanzas con representaciones pictóricas de Cristo, una lectura que permite advertir otro riesgo del trofeo: el vencedor controla la disposición del cuerpo, pero no necesariamente su significado. La imagen destinada a certificar una derrota puede contribuir a fabricar un mártir.

En Colombia no necesitamos importar todo el repertorio. Durante la Violencia, el llamado corte de corbata convirtió la mutilación en un mensaje. La lengua era extraída por una incisión bajo el mentón y dispuesta como la prenda que le daba nombre a esta técnica de ejecución. Hasta el vocabulario conservaba una perversión de la elegancia. Los estudios de María Victoria Uribe sobre las masacres ayudan a entender esa destrucción del cuerpo como una operación que deshumaniza a la víctima y alcanza simbólicamente a quienes sobreviven. Matar no agotaba el propósito. Había que dejar algo que los demás vieran y recordaran.

Décadas después aparece el relato de los paramilitares jugando con la cabeza de una víctima. Esa víctima tiene nombre: Marino López Mena, asesinado en 1997 en Bijao, en la cuenca del Cacarica. Testigos denunciaron que sus asesinos utilizaron su cabeza como un balón de fútbol.

La exposición de muertos en calles y caminos también pertenece a nuestra historia de control social y territorial. El informe Limpieza social: una violencia mal nombrada documenta esa utilización del asesinato para disciplinar comunidades. El cuerpo abandonado comunica quién puede permanecer, quién debe marcharse y quién decide sobre la vida ajena. Las justificaciones cambian con el victimario, proo los vecinos siempre reciben el mensaje de amenaza.

Estos hechos tienen diferencias enormes. Un opositor político, un campesino asesinado, un dictador ejecutado y un integrante de un grupo armado muerto en combate no son categorías intercambiables. Tampoco una operación militar equivale a una masacre. Lo que permite reunir estas escenas es una decisión posterior, la de aprovechar el cuerpo vencido para producir obediencia, satisfacción o prestigio. Esa decisión merece un juicio propio, incluso cuando la acción que la precedió haya sido legítima.

Y tampoco sería cierto que las autoridades colombianas acaban de descubrir la efectividad mediática de este tipo de imágenes. Basta recordar la foto del tejado donde murió Pablo Escobar, donde se ve a los integrantes del Bloque de Búsqueda celebrando alrededor de su cadáver, haciendo con sus dedos la V de la victoria. Había razones de sobra para que Colombia sintiera alivio. Reconocerlas no obliga a confundir el fin de una persecución con la necesidad de posar junto al perseguido muerto.

A un presidente se le puede exigir más que entusiasmo por sus resultados. Se le puede exigir que entienda qué representa y qué hábitos legitima con su ejemplo. Los muertos ya no pueden amenazarlo. La fortaleza que corresponde demostrar frente a ellos es la de saber contenerse.

Lo de Abelardo al alardear junto a muertos es bajo. Y ni siquiera en eso consigue ser original.

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