Alejandra Abásolo, una voz que se volvió multitud.

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Por estos días, cuando la política suele parecer un territorio saturado de escepticismo, resulta profundamente reconfortante descubrir historias que recuerdan que la vida pública también puede ser un espacio de esperanza. La llegada de Alejandra Abásolo al Congreso de la República de Colombia es una de esas historias que, más que una simple victoria electoral, revela la fuerza de la perseverancia humana y el poder silencioso del contacto directo con la gente.

Su elección como representante a la Cámara por el departamento de Nariño sorprendió a muchos. No porque careciera de méritos —todo lo contrario—, sino porque en un escenario político acostumbrado a nombres repetidos y maquinarias consolidadas, su irrupción representó una bocanada de aire fresco. Era la primera vez que postulaba su nombre a un cargo de elección popular y, aun así, logró conquistar un respaldo ciudadano amplio, espontáneo y, para algunos analistas, incluso inesperado.

Pero las sorpresas electorales rara vez son producto del azar. En el caso de Alejandra Abásolo hay una palabra que explica buena parte de su camino: tenacidad. Contra pronósticos, contra voces escépticas, contra la lógica fría de quienes creen que la política es únicamente una suma de cálculos y estructuras, ella persistió. No desistió. No renunció a la convicción de que su voz podía encontrar eco entre los ciudadanos.

Esa fortaleza no se expresó en grandes artificios retóricos ni en estrategias rimbombantes. Se expresó en algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más poderoso: el contacto directo con la gente. En los barrios, en los encuentros ciudadanos, en los espacios culturales y comunitarios, Alejandra fue tejiendo una relación humana con el territorio. Y cuando esa relación es auténtica, termina convirtiéndose en un vínculo político profundo.

Hay también otro elemento que explica su ascenso: su trayectoria en el ámbito cultural. Durante años, su trabajo contribuyó a proyectar a Pasto como un referente artístico y cultural reconocido incluso por organismos internacionales. En una región donde la cultura no es solamente expresión estética sino también identidad colectiva, ese esfuerzo no pasó inadvertido.

La cultura, en efecto, ha sido, y será, uno de los puentes más sólidos entre la doctora Abásolo y la ciudadanía. Porque quien trabaja por la cultura trabaja también por la memoria, por la dignidad de los pueblos y por la construcción de comunidad. Y en un territorio como Nariño —rico en tradiciones, sensibilidad artística y espíritu creativo— ese compromiso tiene un significado especial.

Pero quizás el rasgo más decisivo de su liderazgo no esté únicamente en su hoja de vida, sino en su don de gente. Hay políticos que construyen distancia; otros, en cambio, construyen cercanía. Alejandra Abásolo pertenece claramente a estos últimos. Su espontaneidad, su naturalidad y su capacidad de escuchar la convirtieron, para muchos ciudadanos, en alguien que no se percibe como una figura lejana del poder, sino como una voz que emerge de la misma comunidad.

Ahora bien, ese respaldo ciudadano también trae consigo una enorme responsabilidad. La confianza que el pueblo de Nariño depositó en su elección genera expectativas legítimas. Expectativas legislativas, expectativas de gestión, expectativas de presencia.

El departamento enfrenta desafíos complejos. La necesidad de seguir gestionando recursos para la doble calzada entre Pasto y Popayán continúa siendo un tema crucial para la conectividad regional. A ello se suman los retos de dinamizar la empresa local, modernizar la industria, fortalecer la economía regional y consolidar una relación más equilibrada y productiva con Ecuador, especialmente en materia comercial y tributaria.

En ese escenario, la voz de Nariño en el Congreso debe ser clara, persistente y profundamente comprometida con su territorio.

Por eso, más allá de la victoria electoral, el verdadero capítulo de esta historia apenas comienza. La elección fue el punto de partida; el desafío ahora es estar a la altura de esa esperanza colectiva.

Si algo ha demostrado hasta ahora Alejandra Abásolo es que la política también puede construirse desde la sensibilidad humana, desde la cercanía y desde la perseverancia. Y en tiempos en los que la sociedad busca referentes auténticos, esa puede ser, quizá, su mayor fortaleza.

Porque al final, más que representar a un territorio en el papel, lo verdaderamente trascendente es representarlo en el corazón. Y ese es, precisamente, el reto que hoy empieza.

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