“Voy a denunciar al gobernador de Nariño de todas las fechorías que ha hecho”: Julio Aníbal Álvarez

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Hay declaraciones que estremecen. No por su forma, sino por su fondo. No por el calor del momento, sino por la gravedad de lo que sugieren. Y las palabras pronunciadas por el excandidato y exdiputado Julio Aníbal Álvarez en una reciente entrevista radial pertenecen, sin duda, a esa categoría.

“Yo le voté al gobernador de Nariño”, comienza diciendo. Una frase que, en apariencia, podría pasar inadvertida, pero que en el contexto de lo que sigue adquiere un peso político singular: la ruptura, la decepción, el tránsito del aliado al acusador.

Luego, sin rodeos, afirma: el gobernador y el procurador departamental “me persiguen y me atacan”. No se trata ya de una diferencia política. Es la construcción de una narrativa de persecución institucional.

Pero el tono escala. Se torna más severo, más inquietante: “Yo les gané, pero la persecución ha sido demasiado grande… están haciendo lo que les da la gana con el reconteo”. Y en ese punto, la denuncia deja de ser política para insinuar una alteración del proceso democrático.

Sin embargo, lo verdaderamente delicado viene después. En un giro que no puede ser ignorado por la opinión pública ni por las autoridades, el doctor Álvarez lanza una advertencia directa: el gobernador “sabe todo lo que le sé… y voy a denunciarlo… de todas las fechorías que ha hecho”.

La palabra no es menor: fechorías. No es una insinuación técnica ni un reparo administrativo. Es un señalamiento que, en el lenguaje común, remite a conductas reprochables, potencialmente ilícitas.

Y como si ello no bastara, agrega una suerte de ultimátum: “me voy a esperar… pero si me siguen atacando, voy a explotar con esto… muchas cosas me le sé… ojalá no pase nada porque les exploto todo… conozco los porcentajes y todo lo que piden”.

¿Qué porcentajes? ¿Qué es “todo lo que piden”? ¿A qué tipo de prácticas se refiere?

La gravedad aumenta cuando introduce un nuevo elemento: cuestiona la imparcialidad de un magistrado, a quien vincula políticamente con un sector específico, y arremete contra un senador con un calificativo que, por su dureza, exige explicación pública y sustento probatorio.

Finalmente, la frase que resume la tensión de todo su discurso: “yo me les conozco muchas cosas a todos ellos”.

Muchas cosas.

¿De qué naturaleza?

Es en este punto donde la política se encuentra con el derecho, y donde la opinión debe dar paso a la exigencia de responsabilidad.

En la política, como en el derecho, hay momentos en los que el silencio pesa más que las palabras. Y hay otros —como el que hoy vive el departamento de Nariño— en los que las palabras, lanzadas sin ambages, sin titubeos, adquieren una gravedad tal que dejan de ser opinión para rozar el terreno de la denuncia penal.

Eso es precisamente lo que ha ocurrido con las recientes declaraciones de Julio Aníbal Álvarez.

Tras el vaivén del escrutinio electoral que definió la curul a la Cámara de Representantes por Nariño —un proceso que pasó de otorgarle la victoria a arrebatársela en cuestión de horas y cifras—, el país ha sido testigo no solo de una controversia electoral, sino de algo mucho más profundo: una crisis de confianza en las instituciones encargadas de garantizar la pureza del voto.

Porque aquí no estamos hablando simplemente de votos que aparecen o desaparecen. Estamos hablando de la legitimidad del sistema.

La diferencia mínima entre candidatos, el reconteo selectivo —permitido en unos escenarios y negado en otros—, y la súbita modificación de resultados que implicó la pérdida de más de mil votos para un candidato, no son hechos menores. Son, en el mejor de los casos, irregularidades que deben ser explicadas con rigor técnico; en el peor, indicios que ameritan una investigación exhaustiva.

Pero el punto de quiebre no está únicamente en el escrutinio. Está en la acusación.

El exdiputado Álvarez ha ido más allá de cuestionar el procedimiento. Ha señalado, con nombre propio, la existencia de una presunta alianza entre actores institucionales para perjudicarlo. Ha hablado de un “concilio”, de una “mala jugada”, de un entramado que no solo habría incidido en la pérdida de su credencial, sino que —según sus palabras— comprometería prácticas sistemáticas de corrupción en la administración departamental.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué sabe Julio Aníbal Álvarez?

Porque si no sabe nada, estamos frente a una afirmación temeraria que erosiona la confianza pública y deslegitima sin prueba a instituciones fundamentales del Estado. Pero si sabe, si tiene pruebas, si puede sustentar lo que ha dicho, entonces el país no está ante una simple disputa electoral: está frente a la posible configuración de conductas que podrían encuadrarse en tipos penales graves, desde el concierto para delinquir hasta la corrupción administrativa. No hay punto medio.

El derecho es claro: quien acusa debe probar. Pero también lo es la ética pública: quien conoce hechos de corrupción y calla, se convierte en cómplice por omisión moral, cuando no jurídica.

Por eso, este no es un llamado al escándalo fácil, sino a la responsabilidad. El excandidato Álvarez ha afirmado que hablará “contra viento y marea”. Que conoce lo que ocurre en la gobernación. Que sabe de coimas, de prebendas, de prácticas irregulares en la contratación. Que incluso tiene información delicada sobre un órgano de control. Pues bien: ha llegado la hora de hablar.

No en entrevistas fragmentarias, no en insinuaciones que flotan en el aire como sombras, sino en los escenarios institucionales que corresponden: ante la Fiscalía General de la Nación, ante los órganos de control, con pruebas, con nombres, con hechos verificables.

Porque de lo contrario, la denuncia se convierte en sospecha, y la sospecha en ruido. Y el país —y Nariño— no necesitan más ruido.

Ahora bien, tampoco puede ignorarse el otro extremo del problema. El proceso de escrutinio debe ser transparente no solo en su resultado, sino en su forma. La democracia no se agota en contar votos; exige que ese conteo sea percibido como legítimo. Cuando hay decisiones dispares, criterios cambiantes o actuaciones que no se explican de manera uniforme, se abre la puerta a la duda razonable.

Y cuando las teorías se alimentan de acusaciones tan graves como las que hoy están sobre la mesa, el problema deja de ser político y se convierte en estructural.

Aquí hay, como bien podría decirse, veneno en todas las puntas del ovillo. Veneno en la desconfianza ciudadana. Veneno en las acusaciones sin prueba. Veneno en los procedimientos que no logran disipar las dudas.

Por eso, la pregunta es urgente. Es necesaria. Es, incluso, inaplazable: ¿Qué sabe Julio Aníbal Álvarez? Y, sobre todo, ¿está dispuesto a demostrarlo?

Porque en este punto ya no se trata de una curul. Se trata de la credibilidad de las instituciones. Se trata del respeto por la democracia. Y se trata, nada menos, que de la verdad.

 

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