Ferias del libro

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Abril es el mes del libro en la cultura hispana, porque es el mes de Cervantes, el mes de la lengua castellana. De manera que los grandes eventos se realizan en este mes. Sin embargo, la mayoría de ferias colombianas del libro, incluyendo las dos nariñenses, son en septiembre. Y siempre me he preguntado porqué.
Según la Cámara Colombiana del Libro, es un asunto de dinámica comercial y de gestión, pues siendo la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), la más importante del país, es importante que las demás ferias estén separadas cronológicamente, y así autores, editores y visitantes puedan asistir a ambos eventos.
No es un asunto solamente colombiano. En mercados potentes como Argentina, España o México sucede igual. Septiembre funciona como una “segunda ola” que, de alguna manera también, le permite a las editoriales lanzar novedades antes de la temporada de ventas navideñas.
Hay más razones, claro está. El inicio del calendario académico, hace que los padres acudan en masa a las librerías en busca de textos escolares. Imposible no tentarlos con novedades editoriales generalistas. Asimismo, las bibliotecas escolares y universitarias se reorganizan con donaciones y adquisiciones, lo que provoca eventos colegiales de fomento a la lectura. Un mercado ideal. Por si fuera poco, los proyectos culturales cierran ciclos anuales. Es cuando concluyen las convocatorias y cuando se ejecutan los presupuestos destinados a la lectura y escritura.
¿Está bien pensado, verdad? Pero todo esto tiene un inconveniente. Septiembre se vuelve intenso, porque otros sectores piensan de la misma manera. Este es el mes ideal en Colombia porque hay un clima más estable y menos lluvioso; de modo que muchos festivales de música, por ejemplo, se hacen en este mes. Un ejemplo es el Circuito de Jazz en Colombia: PastoJazz, Barranquijazz, BugaJazz, MedeJazz, MompoxJazzFest, Emergentes Jazz (Bogotá), Jazz al Parque (Bogotá), Ajazzgo (Cali), Jazz Ardiente (Cartago)… Todos en septiembre.
Es difícil para un país diversificar su calendario. Las temporadas vacacionales y la climatología acortan las opciones, Por eso sucede lo que sucede. Pero no tiene porqué impedir que el fomento del libro y la lectura sigan adelante. Que FILBo se haga en abril no debería impedir que este mes se celebre como el mes del libro y se aproveche el tirón para que las librerías pongan mesas a pie de calle y ofrezcan productos a precios módicos.
Muchas veces asociamos mentalmente estas acciones de forma muy rígida. Una librería solamente sale de su zona de confort cuando hay una feria. Pues no, podría hacerlo de forma más habitual. Y las librerías de segunda mano no participan en estos eventos, pues consideran que eso sólo compete al mundo de las novedades editoriales. Pues no, podrían ser más pro-activas y no encerrarse en sus locales.
Está bastante claro que una feria del libro fomenta la lectura y promueve la cultura; y que conecta autores con editores y editoriales con distribuidores y lectores. Es decir, son la fuente de la industria editorial, pero también del desarrollo personal y comunitario. Una feria es un escaparate, impulsa las ventas, acerca a la gente gracias a sus descuentos, y se fortalece una diversidad. Son muchos puntos positivos como para dejarlos prestablecidos en determinados meses al año.
Más allá del negocio que supone, una librería parte de una filosofía que es la promoción cultural y la oferta de lectura. Acercan a la gente al conocimiento sin distinción de razas, credos, ideologías, edades y sexos. Hay libros para todo el mundo, sean novedades o de segunda, sean de texto, de referencia, de narrativa o de ensayo. Es muy importante que el libro siga vivo en esta Era tecnológica que vivimos y en un mundo tan entregado al atractivo digital.
La fuerza que tiene el libro en un niño es inmensa. Es un catalizador del aprendizaje, de la creatividad y la madurez emocional. Pero para un adulto también es una oportunidad de expresión e intercambio de conocimiento. Y las librerías de segunda mano tienen una ventaja adicional, y es que pueden jugar con el intercambio, incrementando el factor renovación de manera más habitual que una librería de novedades.
Pero me parece que seguimos anclados en el pasado y que una librería de segunda se ve como parte del mundo de los mercadillos y las baratijas, más que del universo literario. Contaba hace unas semanas en esta columna el enorme éxito de las librerías Low Cost en Europa: “Las librerías Low Cost abundan y se han convertido en una primera opción para búsqueda de lecturas recomendadas. Sus precios son módicos y siempre está la alternativa de cambiar 5 x 1”.
Decía Carlos Ruiz Zafón: “Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien baja sus ojos a las páginas, su espíritu crece y se fortalece”. Decía Donalyn Miller: “No has terminado un libro hasta que se lo pasas a otro lector”. Umberto Eco usaba el término Antibiblioteca para referirse a que era más importante compartir un libro que colocarlo como un trofeo en tu estantería.
Sobre las librerías cabe agregar que Bogotá está cambiando su mapa. Cada día surgen nuevas alternativas interesantes. La Valija de Fuego, Prólogo Libros, Hojas de Parra o Librería Zalamea Hermanos aparecen más como espacios interactivos que generan encuentros entre lectores. No se necesita ser una gran tienda para ofrecer una mesa y una silla para leer y escuchar. Y en este sentido hay una larga lista de establecimientos donde se puede leer, ojear para decidirse y tomar café: Casa Tomada, Wilborada 1047, Ficciones…
Habría que sumar a esa dinámica a las especializadas como Bookworm Store (libros en inglés), Librería Wolf (libros de y por mujeres), Moovil (libros sobre ciclismo y bicicletas). Ya sé que otras ciudades no son tan cosmopolitas como Bogotá, pero las posibilidades de un movimiento similar suelen ser sorprendentes.
Es lo que ha sucedido con el mundo del vinilo. Hasta hace un tiempo los acetatos y vinilos estaban circunscritos a casetas, a ferias para coleccionistas y a buhardillas con discos de segunda. Pero el gran impulso de los Encuentros de Melómanos, el llamado Vinyl Renaissance y el fomento de medios como Gladys Palmera, desataron un Boom por el vinilo. Hoy son múltiples los espacios y eventos en toda Colombia, incluyendo ciudades impensadas como Montería.
Las ferias del vinilo surgieron de la demanda y de las iniciativas personales, no de un estándar planificado. Hay 64 eventos adscritos a la red de ferias del libro que se han vinculado a la Cámara Colombiana del Libro. Eso está muy bien. Es una ventana para moverse en el mundo organizado del libro. Ojalá estos eventos recibieran más incentivos económicos del Estado, pero ese es otro tema.
Y hay propuestas interesantes allí. Su mismo nombre lo indica. Por ejemplo, Temporada de Letras, que es cómo se conoce a la Feria del Libro de Pasto e Ipiales; o Fiesta del Libro y la Cultura en Tumaco, FILTU. En Cali hay un evento muy llamativo que coordina Catalina Villa: Oiga, Mire, Lea (un guiño a la canción de Nino Caicedo que popularizó Guayacán), porque más que una feria de libros, es una feria de literatura con eventos diversos de interacción.
Pero hacen falta más. Sé que no es un asunto fácil, que organizar un evento de estas características, aunque sea pequeño y regional, requiere espacio, tiempo, inversión, permisos, agenda, disponibilidad; pero todo parte de acuerdos y de intereses compartidos. Eso era lo que exponía Peter Lewy Schuftan, cuando era Secretario General del CERLALC en su inédito Manual de Participación en Ferias en 1992 (aclaro que no es el mismo manual escrito por Richard Uribe Schroeder y otros autores en 2012).
Por supuesto, no descubro el agua tibia. Colombia ha brillado por sus iniciativas en los sitios menos pensados. Enlíbrate, Libros Para Ser Libres, fue un proyecto que buscaba donar libros a los centros de reclusión de 28 departamentos. Fue una campaña de Fundalectura, Fundación Tejido Social y la Policía Nacional, entre otras. La puesta en marcha supuso un evento. Lástima que no se hiciese habitual. Algo parecido hizo Miguel Ángel Flórez en la cárcel de Neiva (igual que el personaje de Andy Dufresne en la película Sueño de Fuga/Cadena Perpetua).
¿Más ejemplos? Hace unos años citaba la propuesta del Partido Popular español, convertido en la Ley 14/2021, que establece el libro y la cultura como bienes de primera necesidad. Durante la Pandemia, en Italia, se decretó la venta de libros como actividad esencial. La editorial italiana Eris creó la campaña “Adopta una librería”, que, al igual que las campañas para niños de Unicef, consiste en una donación para apoyar económicamente a las librerías.
En fin, son muchísimas las cosas que se pueden hacer en favor del libro y la lectura. Una ciudad como Pasto no puede dejar pasar eso, aunque es verdad que no le ha sido fácil al libro impreso subsistir en esta ciudad. Las editoriales y librerías que han perdurado son las religiosas y las especializadas en derecho. Las generalistas, en cambio, han aparecido y desaparecido a través de nuestra historia.
También se decía en esta columna: “Las librerías necesitan espacios para leer, o como mínimo, jornadas de lectura en asocio con cafeterías o centros comerciales. Las librerías de segunda podrían coger un carrito y llevar ofertas de libros a espacios públicos. Por ejemplo, las de la 22 ofreciendo libros en las galerías del Amorel”.
Las bibliotecas de los colegios e instituciones educativas, tan celosas y reservadas, tienen que abrirse al público en general de alguna manera, también con jornadas o con espacios habilitados. Para conocer nuestra historia y nuestro mundo ya sería importante. Para fomentar la lectura, que es de lo que se trata todo, lo sería mucho más.

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