Abelardo de la Espriella, el autor de su propia caricatura

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Por: Tirso Benavides Benavides

El panorama político colombiano, experto en transitar de la tragedia al sainete, asiste hoy a la consolidación de un fenómeno tan fascinante como alarmante: el ascenso de Abelardo de la Espriella. Convertido en el favorito para ganar la presidencia tras la primera vuelta, su figura no representa la emergencia de una propuesta ideológica estructurada, sino la entronización de una marca performática diseñada con pinzas para el consumo de una época fatigada. Abelardo es, en estricto sentido, una caricatura hiperbólica del “macho alfa” latinoamericano, un producto de la estética del espectáculo que camufla sus zonas más oscuras bajo el brillo de un cuestionable éxito individual.

Desde sus pinitos juveniles en Telecaribe, donde ya lucía trajes de adulto formal, hasta su reciente discurso de victoria en el malecón de Barranquilla a bordo de un ferry, de la Espriella ha sido el director y protagonista de su propia obra de ficción. Su narrativa es la del ascenso social desenfrenado. El “riquito de pueblo” cómo se autodefinía, el que vendía whisky de contrabando en la universidad y esmeraldas en Nueva York, para terminar convertido en un “hombre del Renacimiento” que canta ópera, produce vino en la Toscana y ostenta lujos insostenibles para un ciudadano de a pie. El problema no es su extravagancia, el problema es que Colombia parece dispuesta a validar ese checklist de ambición personal como si fuera un proyecto de país.

A diferencia de los liderazgos tradicionales que, para bien o para mal, se fundan sobre proyectos colectivos, el proyecto de Abelardo empieza y termina en sí mismo. Su motor no es la transformación social, sino el vértigo del logro y el aplauso. Es el mismo vértigo que, según sus propias palabras, lo llevó a asumir defensas judiciales de personajes tan nefastos como Salvatore Mancuso o Alberto Santofimio, o a sostener una lucrativa relación profesional con Álex Saab, el testaferro del régimen venezolano, mientras de dientes para afuera publicaba diatribas pidiendo la muerte de Nicolás Maduro.

Esa flexibilidad ética es la que hoy se disfraza con el corte de barba del “buquelismo” y la promesa de mano dura.

Detrás de su vertiginoso ascenso hay un electorado fragmentado. Por un lado, aquellos seguidores que se alinean con él por una genuina convicción ideológica de derecha, por el otro, una masa inmensa de ciudadanos cuyo apoyo no nace del afecto a sus propuestas, sino del visceral rechazo al gobierno de Gustavo Petro. Para este amplio sector, la masculinidad performática y la agresividad de De la Espriella —prometiendo acabar con la delincuencia en noventa días y extraditar a la oposición— actúan como el perfecto canalizador del miedo y la frustración, ofreciendo soluciones mágicas que en la realidad son inviables, pero que responden al deseo colectivo de un “super hombre” en el poder.

Lo más preocupante de esta caricatura no es su puesta en escena, sino su alergia al control democrático. Quien pretende regir los destinos de la nación ha hecho una carrera sistemática de intimidación a la prensa. Su estrategia de demandar civilmente a periodistas y embargarles preventivamente los bienes para asfixiar sus bolsillos y silenciar las preguntas incómodas sobre su pasado —como sus nexos con el paramilitarismo, DMG o el propio Saab— es una alerta roja sobre su talante autocrático.

Abelardo grita a los cuatro vientos que es un outsider, un hombre independiente y sin dueños políticos. Pero tras la fachada del tigre indomable se esconde el mayor insider de las zonas más turbias y subterráneas del poder en Colombia. Un personaje que concibe el debate como una cacería y la disidencia como un delito no viene a gobernar, sino a imponerse. Entregarle la jefatura del Estado a un autócrata del espectáculo es firmar el acta de defunción de nuestras ya debilitadas garantías institucionales. El país no está ante una alternativa política, sino ante un peligro inminente para la democracia.

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