Cuando el dolor se convierte en espectáculo

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Pablo Emilio Obando A.
Hay asuntos que pertenecen al debate público y otros que deberían permanecer en el territorio sagrado de la intimidad.
En estos días circulan en redes sociales versiones, memes, videos y comentarios alrededor de una supuesta crisis sentimental del expresidente Gustavo Petro.
No me interesa confirmar esas versiones. Tampoco juzgarlas.
Me interesa algo mucho más importante: preguntarnos en qué momento la política deja de ser confrontación de ideas para convertirse en crueldad contra las personas.
Petro fue presidente de Colombia. Por ello está sometido al escrutinio ciudadano, a la crítica periodística y al juicio histórico sobre sus decisiones.
Pero ser personaje público no significa dejar de ser persona.
También siente. También sufre. También puede experimentar una ruptura, una decepción, una angustia o una herida sentimental.
Y ninguna ideología debería convertir el sufrimiento ajeno en material de entretenimiento.
La Constitución protege la libertad de expresión, pero también reconoce la intimidad, la honra y el buen nombre como derechos fundamentales.
La Corte Constitucional ha sido clara: la condición de personaje público amplía el margen de crítica, pero no elimina la dignidad ni convierte la vida privada en territorio sin fronteras.
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿esto es periodismo?
Informar sobre aquello que tiene verdadero interés público es una responsabilidad democrática.
Reírse de una desgracia íntima, fabricar versiones, estimular el escarnio o convertir una posible tragedia sentimental en munición política es otra cosa.
Y no deberíamos llamarla periodismo simplemente porque aparezca publicada en una página, un portal o una red social.
Colombia necesita recuperar algo que parece estar perdiendo: la capacidad de disentir sin destruir.
Podemos combatir las ideas de Petro.
Podemos cuestionar su gobierno.
Podemos denunciar sus errores, criticar sus decisiones y exigirle responsabilidades políticas, administrativas o jurídicas.
Lo que no necesitamos es celebrar su dolor.
Porque mañana podría ser nuestro dolor.
El de un padre. El de una madre. El de un hijo. El de un amigo.
La dignidad humana no tiene partido político.
La intimidad tampoco vota.
Y el respeto no debería depender de si simpatizamos o no con quien está sufriendo.
Las redes sociales nos han entregado una enorme capacidad para hablar, pero todavía no nos han enseñado suficientemente cuándo debemos callar.
Quizá la verdadera grandeza de una sociedad democrática no consiste solamente en poder decirlo todo, sino en saber cuándo una palabra deja de ser crítica y comienza a convertirse en crueldad.
Que nadie confunda libertad con licencia para humillar.
Que nadie confunda periodismo con espectáculo.
Y que nadie convierta el dolor de otro ser humano en una victoria política.
Hoy se trata de Petro.
Mañana puede tratarse de cualquiera de nosotros.
Seguramente me lloverán críticas, insultos, agravios y hasta amenazas desde alguna orilla del pensamiento político. Algunos dirán que este es un asunto baladí, que no merece una columna, que estoy defendiendo a un personaje o, peor aún, que detrás de estas palabras existe algún interés económico. Nada más alejado de la realidad. No he recibido, ni espero recibir, un solo peso por expresar lo que pienso. Escribo desde mi absoluta autonomía, desde mi conciencia y desde la convicción de que defender la dignidad humana no puede convertirse en un acto de militancia política. Hoy puede ser Gustavo Petro; mañana puede ser cualquiera de nosotros.
También creo que nos llegó el momento de madurar como sociedad. Las redes sociales no pueden seguir siendo ese territorio donde se amenaza, se sentencia, se agrede, se humilla y se destruye la honra de una persona para después pretender que todo queda reducido a un simple comentario. No todo vale en nombre de la libertad de expresión, de la política o del humor. Una democracia verdaderamente madura no se construye aumentando el volumen de los insultos, sino elevando la calidad de sus argumentos. Quizá ha llegado la hora de aprender que podemos pensar diferente, enfrentarnos con firmeza y hasta disentir radicalmente, sin perder aquello que finalmente nos hace humanos: el respeto por el otro.

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