Martín Ramírez, el colombiano que señaló el camino para conquistar Europa

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Por Albeiro Arciniegas

 

Mucho antes de que los ciclistas colombianos convirtieran las grandes vueltas europeas en un territorio conocido, Martín Ramírez llegó a Francia para medirse con los mejores del mundo. En 1984 ganó el Dauphiné Libéré y abrió una puerta que después atravesarían Lucho Herrera, Fabio Parra, Nairo Quintana y varias generaciones de corredores del país.

 

Antes de que la bicicleta se convirtiera en su destino, Martín Ramírez corrió y también jugó al fútbol. Pero ninguna de esas disciplinas anunciaba todavía la historia que estaba a punto de empezar. En su memoria de infancia aparece la figura de su madre: ella fue su principal apoyo en una época en la que practicar deporte significaba mucho sacrificio.

La bicicleta llegó casi por casualidad. Ramírez tuvo que trabajar como mensajero en una cadena de droguerías de Bogotá y necesitaba un medio de transporte. Una tía le prestó el dinero para comprarla y lo que comenzó como una herramienta de trabajo terminó convirtiéndose en una vocación. “Ahí empecé a trabajar y fue cuando me entró la pasión, la fiebre por este bello deporte”.

Décadas después, aquella bicicleta de mensajero es un eslabón dorado de una historia mucho más compleja: la de uno de los corredores colombianos que contribuyeron a cambiar la relación del ciclismo nacional con Europa y que abrió las puertas para los grandes triunfos nacionales.

En 1984, Ramírez llegó a Francia para disputar el Dauphiné Libéré, una de las grandes carreras por etapas del calendario internacional y tradicional antesala del Tour de Francia. Era su primera experiencia en el viejo continente. Al otro lado estaban algunos de los mejores corredores del mundo, hombres que ya habían ganado grandes vueltas y campeonatos mundiales. El legendario Bernard Hinault descollaba como la estrella mayor de una constelación en la que también estaban Greg Lemond, Pascal Simón, Phil Anderson y Niki Rüttimann, entre otros.

Para un colombiano acostumbrado a las carreteras del país, el escenario tenía algo de irreal: otro clima, nieve, paisajes desconocidos y una competencia en la que cualquier error podía dejarlo fuera de carrera. Pero El negro Martín Ramírez, como le decían en la época, estaba en forma. Había tenido buenas actuaciones en el Clásico RCN y en la Vuelta a Colombia y, sobre todo, encontró un equipo que creyó en sus posibilidades: Colombia-Pilas Varta.

El líder de la escuadra era Francisco Pacho Rodríguez, quien tuvo que retirarse por problemas de salud antes de concluir la prueba. Entonces llegó el momento inesperado. En una de aquellas jornadas marcadas por el frío y la nieve, Ramírez se hizo con el liderato por apenas unos segundos sobre Bernard Hinault.

Hasta entonces, los ciclistas colombianos habían construido buena parte de su prestigio en las carreteras de América Latina. Competían en Colombia y en países como México, Guatemala, Chile y Venezuela, donde la Vuelta al Táchira era una de las grandes referencias. Europa era todavía un territorio inédito y distante.

En ese contexto el triunfo del colombiano comenzó a modificar la forma de pensar y de fijar proyectos y metas ciclísticas por parte de los nuestros. “Nos empezaron a conocer y nos empezaron a invitar”, dice Ramírez. Apareció entonces el Tour de Francia, el Giro de Italia, la Vuelta a España y los colombianos dejaron de ser corredores de un circuito esencialmente americano para formar parte del pelotón profesional europeo.

 

El Tour de l’Avenir

 

Ramírez no tardaría en confirmar que lo ocurrido en el Dauphiné no había sido un accidente. Al año siguiente ganó el Tour de l’Avenir, una competición considerada durante décadas como una de las grandes plataformas para los jóvenes talentos del ciclismo mundial.

En 1985, Ramírez corría para Café de Colombia. “Convenimos con el técnico, que era Raúl Meza, que corriera el calendario de Europa, pero después de mitad de año”. El plan incluía el campeonato del mundo, disputado aquel año en Italia, y después la carrera francesa.

El equipo colombiano llegó al Tour de l’Avenir con confianza y con un bloque sólido. Ramírez era prácticamente el líder y tenía a su alrededor corredores como Samuel Cabrera, Edgar Condorito Corredor y Hernán Darío Beltrán. También contaban con el respaldo de otro equipo colombiano.

“Afortunadamente todo se dio desde un comienzo. Ganamos etapas, ganamos la montaña y ganamos por equipo”. En esa prueba corrió al lado de Miguel Induráin que estaba empezando y no era el corredor dominante que ganaría cinco Tours de Francia. En 1986, después de aquella edición, precisamente, el español Induráin sería quien se llevaría el Tour de l’Avenir.

Y llegó 1987. Año en que Colombia conquistó la Vuelta a España con Luis Alberto Herrera. A su lado estaban corredores como Fabio Parra, Pacho Rodríguez, Omar Hernández, Carlos Emiro Gutiérrez y el propio Ramírez, integrantes de una generación que consiguió algo improbable: instalar el nombre de Colombia en la élite del ciclismo mundial.

Ramírez recuerda a aquella generación con orgullo. Corredores formados principalmente en las diferentes clásicas nacionales, su escuela estaba en las montañas colombianas y no en los centros europeos de entrenamiento. Conocedor del tema, afirma que el ciclismo profesional de hoy funciona de otra manera. Los corredores se preparan buena parte del año en Europa donde las grandes vueltas de tres semanas y el calendario internacional son parte de su formación cotidiana.

Pero cuando habla de ciclismo, Ramírez no habla solo de victorias. Se centra en el sacrificio. “El ciclismo es una escuela donde uno aprende como es la vida. No hay nada fácil, nadie le regala a uno nada y si quiere conseguir algo tiene que trabajarlo”. Su consejo para los nuevos ciclistas del país es que “el ciclismo con trabajo puede convertirse en un proyecto, pero si no funciona existen otras posibilidades: estudiar, capacitarse, buscar una profesión y construir una vida digna”.

 

Casi 50 años en una bicicleta

 

El retiro de la competición no significó, sin embargo, el abandono de la bicicleta. Ramírez vive en Bogotá y continúa montando con una disciplina que conserva buena parte de la rutina del corredor profesional. “Yo entreno mínimo cuatro o cinco días a la semana”, cuenta. Los fines de semana suele salir por las mañanas con un grupo de amigos que se hace llamar Locos por la Bici. Ya no se trata de perseguir una clasificación ni de preparar una gran vuelta. Ahora la bicicleta tiene otra función: conservar el vínculo con un deporte que lo acompañó prácticamente toda su vida. “Imagínese, ya llevo casi 50 años en el ciclismo”.

Ramírez sabe que las nuevas generaciones no siempre conocen a quienes abrieron el camino y tampoco dramatiza. “Todo depende de los profesores, de los guías. Pero Internet convirtió la historia en un territorio al alcance de cualquiera que quiera buscarla”. E Internet y otros medios están para recordarnos que este bogotano escribió una de las páginas más importantes del ciclismo nacional. Gracias Martín, gracias Negro, lo admiré como ninguno siendo un niño y hoy es un orgullo escribir sobre usted.

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