Mi cuerpo es una celda, la “autobiografía” de Andrés Caicedo montada por Fuguet

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Por Tirso Benavides Benavides

Andrés Caicedo habría cumplido 75 años hace unos días. Lleva 49 muerto. No parece demasiado importante: sigue dando de qué hablar, sigue publicándose, sigue leyéndose, sigue provocando discusiones.

La prueba más reciente vino del Instituto Caro y Cuervo, institución académica que uno supondría interesada en los temas propios de su competencia, la filología, la investigación en torno a la literatura. Sin embargo, su nuevo director, Sergio Esteban Vélez, más conocido desde la infancia como el “niño poeta” —el niño ya creció, el apodo se quedó, al igual que una actitud infantil—, decidió recordar el natalicio de Caicedo desde las cuentas de redes oficiales del Instituto. Lo hizo no tanto leyendo su obra, sino como impartiendo una lección sobre ella. Habló de sus “demonios”, de las drogas, de su “rebeldía extrema” y concluyó que era hora de “dejar de aplaudir el abismo”. Todo esto en un supuesto homenaje al escritor.

El procedimiento es viejo: cuando un autor incomoda, se reemplaza su literatura por su biografía; cuando su biografía también incomoda, se la convierte en advertencia. Y así Caicedo, que escribió miles de páginas, fundó un cineclub, hizo teatro, publicó crítica cinematográfica, escribió cuentos, guiones, cartas y una de las novelas fundamentales de la literatura colombiana del siglo XX, termina reducido al muchacho que consumía drogas, renegaba de las normas y se suicidó.

Tal vez antes de explicar a Andrés Caicedo convendría conocerlo y por supuesto, leerlo. Para eso un libro indispensable es Mi cuerpo es una celda.

El libro apareció originalmente en 2008 bajo la dirección y el montaje del escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet. Lo de “dirección y montaje” no es un capricho editorial. Define el método. Fuguet investigó durante años la vida de Caicedo, viajó a Cali, se acercó a su entorno y tuvo acceso a cartas, diarios, críticas de cine, anotaciones, papeles sueltos, cuadernos y otros materiales. Después hizo algo más parecido al trabajo de un montajista cinematográfico que al de un biógrafo convencional: cortó, ordenó, yuxtapuso y dio ritmo. El resultado es un libro contado casi enteramente por Caicedo sin que Caicedo hubiera escrito jamás ese libro. Cosas que permite la literatura.

La paradoja está anunciada desde la portada: Mi cuerpo es una celda. Una autobiografía. ¿Cómo puede editarse una autobiografía treinta años después de la muerte de quien supuestamente la escribió?

La literatura conoce desde hace mucho esta clase de juegos. Gertrude Stein escribió Autobiografía de Alice B. Toklas hablando de sí misma desde la voz de su compañera; Marguerite Yourcenar convirtió al emperador Adriano en autor de sus propias memorias. La ficción puede inventar un yo y entregárselo a un muerto. Pero Fuguet hace algo distinto y, en cierto sentido, más extraño: no inventa la voz. La encuentra dispersa y la compendia.

Caicedo había ido dejando pedazos de sí mismo por todas partes. Cartas a los amigos. Cartas a la familia. Cartas a gente que apenas conocía. Diarios incompletos. Comentarios sobre películas. Confesiones. Proyectos. Obsesiones. Deseos. Rabias. Listas. Miedos. El material existía; faltaba la película. Fuguet se sentó frente a esa montaña de palabras y buscó la secuencia.

Por eso quizás sea impreciso hablar de una “autobiografía falsa”. Es más interesante llamarla una autobiografía imposible, escrita por alguien que nunca supo que la estaba escribiendo y construida por otro después de su muerte. Fuguet en el libro no inventa a Caicedo, pero sí organiza el caos de sus materiales para producir una narración. Ahí está también el riesgo del experimento.

Todo montaje produce sentido. Elegir una carta y no otra, colocar un texto antes que otro, iniciar aquí y terminar allá son decisiones narrativas. Y cuando conocemos de antemano el último plano —la muerte de Caicedo a los 25 años— existe la tentación de convertir cada tristeza, cada droga, cada desengaño amoroso y cada frase desesperada en anuncio del desenlace. Leer hacia atrás es peligroso, termina haciendo del muchacho un suicida desde la primera página.

Mi cuerpo es una celda no siempre logra escapar de esa gravedad. A ratos contribuye al mismo mito que pretende desmontar: Andrés Caicedo como joven maldito, condenado, demasiado sensible para este mundo. Es probablemente la principal debilidad del libro. La muerte proyecta una sombra tan larga que amenaza con tapar la obra.

Pero Caicedo fue mucho más interesante que su cadáver.

Fue uno de los escritores que ayudaron a sacar cierta literatura colombiana del campo, del patriarca, de la genealogía familiar y del pueblo mítico para meterla en una ciudad llena de adolescentes, discos, cine, sexo, drogas, miedo y calles. Su universo es deliberadamente urbano y poco dispuesto a pedir permiso al canon: cultura de masas, adolescencia, cine y música entran en la literatura no como ornamento, sino como materia narrativa.

Sus personajes no están buscando fundar una estirpe. Están tratando de sobrevivir al sábado por la noche. Ahí está María del Carmen Huerta, la Mona de ¡Que viva la música!, muchacha burguesa que abandona progresivamente su territorio social y atraviesa Cali siguiendo una geografía musical: primero el rock, después la salsa; primero los Rolling Stones, luego Richie Ray y Bobby Cruz. El desplazamiento musical es también social, corporal y moral. La Mona baja por la ciudad mientras sube el volumen. Cali deja de ser escenario y se convierte en personaje.

Y están los muchachos de El atravesado, Angelitos empantanados, Noche sin fortuna y tantos cuentos donde la adolescencia no aparece como edad dorada sino como territorio hostil. Violencia, deseo, clase social, frustración, sexualidad, tedio y miedo circulan por esas páginas con una naturalidad que todavía incomoda. También está el Caicedo oscuro, que hoy sería catalogado como parte del gótico latinoamericano: vampirismo reflejado en el gusto por la noche, canibalismo, cuerpos y amenazas trasladados del castillo europeo a la humedad caleña.

Eso es bastante más perturbador —y literariamente más interesante— que decir que un joven fue víctima de su “rebeldía extrema”.

Caicedo comprendió además algo que buena parte de la literatura solemne latinoamericana tardaría años en aceptar: un disco también podía formar parte de una biblioteca. El rock no era decoración. Era sintaxis. Era ritmo. Era una forma de organizar la experiencia. Lo mismo sucedería con la salsa. En ¡Que viva la música! el paso de una música a otra transforma a la protagonista y modifica incluso el pulso de la narración.

En El atravesado, Caicedo podía pedirle al lector prácticamente que pusiera a sonar a los Rolling Stones antes de seguir leyendo. Cine, rock y literatura no ocupaban compartimentos diferentes, hacían parte de una misma educación.

Fuguet entendió eso porque pertenece a una tradición posterior que también se negó a considerar la cultura popular como hermana menor de la cultura. No es casualidad que haya sido él quien encontrara una forma adecuada para contar a Caicedo. Un escritor obsesionado con el cine necesitaba quizá un biógrafo que pensara como montajista.

Hasta la portada de Mi cuerpo es una celda entiende el personaje: pelo largo, pose de músico. Más que escritor colombiano para estampilla conmemorativa, Caicedo parece una rock star. Hay algo de la iconografía de Jim Morrison en esa construcción visual: el artista joven cuya fotografía termina participando de su leyenda después de muerto.

La comparación no es gratuita. Caicedo escribía desde un mundo donde los Rolling Stones podían importar tanto como Vargas Llosa y donde una película de Nicholas Ray podía provocar una reflexión tan seria como una novela. Cine, música y literatura fueron, en él, una misma forma de mirar.

Quizás por eso resulte especialmente cómico que, casi medio siglo después, sigamos necesitando proteger a Caicedo de quienes quieren corregirlo. A veces ideológicamente. A veces hasta ortográficamente.

Una reciente edición conmemorativa de su novela apareció bajo el título ¡Qué viva la música!, con tilde en “qué”. Carolina Sanín llamó la atención sobre el error y sobre algo que debería ser elemental: la tilde cambia el sentido. Caicedo escribió ¡Que viva la música!. Sin tilde. Porque no estaba preguntando ni exclamando qué tan viva estaba la música. Estaba formulando un deseo, una consigna, casi una orden: ¡que viva!.

Una pequeña tilde puede parecer poca cosa. Pero los libros también están hechos de pequeñas cosas. Una palabra, una coma, un ritmo, una decisión. Cambiar el título porque alguien cree que toda exclamación necesita tilde es una forma minúscula pero reveladora de no escuchar al escritor.

Algo semejante ocurre cuando desde una institución dedicada a la lengua y la literatura se toma una obra compleja y se la resume en una lección moral sobre las consecuencias de la rebeldía.

Entre una editorial que le pone una tilde que no escribió y un funcionario que pretende explicarnos qué enseñanza debemos sacar de su muerte, Andrés Caicedo exige una réplica, 49 años después, que lo deje hablar.

Mi cuerpo es una celda hace justamente eso. No es el libro definitivo sobre Caicedo. Tampoco debería serlo. Es una puerta de entrada. Después de leerlo uno entiende mejor al muchacho que escribía compulsivamente, al cinéfilo que quería abarcar todas las películas, al escritor que miraba Cali como si fuera simultáneamente una fiesta y una película de terror, al hijo, al amigo, al enamorado, al obsesivo, al arrogante, al frágil.

Y entonces ocurre algo que quizá habría complacido a Fuguet, uno termina Mi cuerpo es una celda y quiere ir directamente a los libros de Caicedo. A El atravesado. A sus cuentos. A Ojo al cine. Y, naturalmente, a ¡Que viva la música!. Sin tilde, sin moralejas.

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