Por Tirso Benavides Benavides
Corrí una silla hasta la primera fila. En la capilla del hotel Santa Clara, durante un Hay Festival de Cartagena, Wendy Guerra llevaba un pequeño sombrero negro que parecía llegado de los años sesenta. Yo había decidido que la distancia entre mi asiento y aquella mujer era un error de organización que podía corregirse. Lo corregí. Rompí los protocolos y me instalé adelante, con esa falta de discreción que uno suele reprocharles a los demás.
Me hipnotizó.
Conviene declarar desde ahora este conflicto de intereses: Wendy Guerra es mi amor platónico literario. Tal vez eso me haga menos objetivo. Puedo vivir con esa limitación; lo que no podría sería recomendar sus libros únicamente por el sombrero. Por fortuna, sus letras se defienden solas.
Mi recuerdo conserva con precisión una prenda y el movimiento de una silla, varios cruces de piernas, pero no las palabras de aquella conversación. No voy a ponerle en la boca una frase que el tiempo borró. Me quedó su presencia. Después, al volver a los libros, esa presencia adquirió otras dimensiones: la niña que escribe mientras los adultos deciden por ella, la mujer que busca a su madre, la cubana que intenta reconocerse en un país donde la historia personal debe negociar constantemente con la versión oficial.
Wendy Guerra nació en La Habana en 1970. Trabajó desde niña como actriz y se formó en el cine. Antes de alcanzar reconocimiento como novelista había publicado poesía. Esa trayectoria importa porque impide imaginarla como una aparición repentina, una escritora descubierta de pronto por un premio o por la bendición de un hombre célebre. Cuando llegó el reconocimiento internacional, llevaba años trabajando.
Resulta tentador llamarla la voz de Cuba. También sería injusto: un país contiene demasiadas voces para caber en una sola garganta. Wendy ha construido algo más particular y, por eso mismo, más valioso, una memoria cubana desde la experiencia de mujeres que desean, recuerdan, se contradicen y hacen preguntas. Mujeres cuya vida no puede explicarse únicamente mediante las fechas de una revolución.
Antes de que las novelas le abrieran un lugar fuera de Cuba, Wendy había comenzado por la poesía: Platea a oscuras (1987) y Cabeza rapada (1996) precedieron a la narradora que alcanzaría reconocimiento con Todos se van (2006). En esta última, los diarios de infancia de la autora alimentan la vida ficticia de Nieve Guerra, una niña que crece entre la inestabilidad familiar y las imposiciones del entorno político. El título contiene ya una educación sentimental, aprender a vivir mientras los otros se marchan. Frente a las decisiones de los adultos, Nieve tiene un cuaderno. Parece poca cosa, hasta que se advierte lo que significa registrar una experiencia propia en un país acostumbrado a explicarse en plural.
Esa intimidad adquiere nuevas formas en 2008. En Nunca fui primera dama, la búsqueda familiar entrelaza las vidas de Nadia Guerra, su madre, Albis, y Celia Sánchez; en el poemario Ropa interior, la pérdida, el amor y la insularidad encuentran otro espacio de expresión. La historia cubana entra por las relaciones entre mujeres, por las ausencias que dejan dentro de una casa, por aquello que un discurso público difícilmente alcanza a explicar. La afinidad con la escritura íntima conduce después a Posar desnuda en La Habana (2011), donde Wendy imagina un diario apócrifo de Anaïs Nin durante su estancia en Cuba. La búsqueda del padre y la exploración del deseo prolongan esas preguntas por la identidad. Ese mismo año aparece Una jaula en el cuerpo: hasta en sus títulos, el cuerpo parece tener una difícil relación con los límites.
Con Negra (2013), esas tensiones toman el nombre de Nirvana del Risco. El racismo, la bisexualidad y la cultura afrocubana atraviesan a una protagonista cuya vida incomoda las versiones complacientes de la igualdad. Que una revolución declare superado un prejuicio no obliga a la vida cotidiana a obedecerlo. Tres años después, en Domingo de Revolución (2016), la sospecha rodea a Cleo, una poeta que obtiene reconocimiento fuera de la isla y termina cuestionada por las autoridades cubanas y por un sector del exilio. Unos ven en su éxito la intervención del enemigo; otros sospechan que su posición encubre una colaboración con el régimen. Cambian las acusaciones, persiste la exigencia de pertenecer por completo a un bando. Entre Nirvana y Cleo se dibuja una pregunta que excede a Cuba: cuánto cuesta vivir cuando los demás ya han decidido quién debe ser uno.
Wendy lleva esa incomodidad a otro terreno en El mercenario que coleccionaba obras de arte (2018). Adrián Falcón, construido a partir de investigaciones y entrevistas con un hombre real, reúne violencia política, clandestinidad, deseo y sensibilidad artística. Coleccionar belleza no lo absuelve. El personaje obliga a abandonar el reparto tranquilizador de buenos y malos, una tentación frecuente cuando la literatura se acerca a las disputas ideológicas. Mientras la narrativa amplía sus escenarios, la poesía continúa su circulación: la selección en inglés Delicates (2023) devuelve al primer plano el deseo, la pérdida y la relación conflictiva con la pertenencia.
Ese recorrido llega a La costurera de Chanel (2025), donde Simone Leblanc y Gabrielle Chanel atraviesan una relación de colaboración, ambición y conflicto en medio de las convulsiones del siglo XX. La moda abre preguntas sobre el trabajo femenino y la memoria: quién crea, quién firma, a quién se le reconoce el talento. El escenario se ha ensanchado, pero ciertas preocupaciones siguen allí. Desde la niña que escribe su diario hasta las mujeres que buscan un lugar en la historia de la alta costura, Wendy vuelve sobre las vidas que corren el riesgo de quedar contadas por otros.
Este conjunto permite reconocer una preocupación persistente: conservar la experiencia individual frente a las fuerzas que pretenden administrarla. La familia, el Estado, los mandatos sexuales, las lealtades políticas. Su mirada de mujer tiene espesor porque contiene diferencias. Una niña no ocupa el mismo lugar que una artista adulta, una mujer negra no vive las mismas condiciones que una mujer blanca. El género abre preguntas que cada personaje vuelve específicas.
En esa trayectoria, Gabriel García Márquez tuvo una importancia que Wendy ha reconocido. Fue su maestro en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Según contó en una entrevista, después de escuchar un fragmento de su diario infantil, Gabo la animó a concentrarse en esa escritura. Vio una posibilidad literaria en algo que ella llevaba haciendo desde niña.
La cercanía trascendió el aprendizaje. En 2019, Guerra afirmó que García Márquez había salvado su vida y describió la manera sutil en que la amparó. Es su testimonio, y como tal merece recogerse. No permite, sin embargo, inventar gestiones concretas ni atribuirle una inmunidad ante el régimen.
Porque Wendy sí ha conocido la marginación y la censura. En 2013, cuando sus novelas circulaban internacionalmente, la prensa describía el silencio de las instituciones y editoriales cubanas alrededor de esos libros. La ausencia también puede ser una política cultural, no hace falta organizar una quema cuando basta con que una obra no llegue a sus lectores.
La relación con Gabo conserva una contradicción que sería un desperdicio borrar. La cercanía del Nobel con el poder cubano y el afecto por una escritora crítica de ese mismo poder. Wendy ha distinguido lo que recibió de él —la disciplina y el trabajo— de una proximidad política que no quiso heredar. También ha recordado el lugar decisivo de Mercedes Barcha en aquel vínculo, hasta considerarla una segunda madre.
Sería cómodo convertirla en una figura sin fisuras para admirarla mejor. Prefiero reconocer que el afecto no resuelve una discusión literaria y que denunciar un régimen tampoco vuelve buena, por sí sola, una novela. A sus libros hay que pedirles personajes, lenguaje, forma, capacidad de inquietar. La persecución no reemplaza el oficio. La belleza de una autora, tampoco.
Después de aquella charla la busqué en los cocteles, las fiestas y las reuniones que surgen alrededor de un Hay cartagenero. El festival tenía para mí una programación adicional, bastante menos confesable: encontrar otra vez a Wendy Guerra…No la encontré.
Me quedaron el sombrero negro, la capilla del Santa Clara y el recuerdo de haber corrido una silla hasta donde no debía. Me quedan también sus libros, todos en un lugar privilegiado de mi biblioteca. A veces pienso que aquella pequeña indisciplina fue una manera anticipada de ordenarlos.
Siguen en primera fila.




