Por: Tirso Benavides Benavides
La semana pasada, el Congreso de la República, en un acto de solidaridad con el agotamiento nacional, nos regaló un nuevo festivo en el calendario. Mediante la Ley 2578, el próximo 9 de julio ha sido declarado oficialmente como el Día de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Con esta nueva fecha, Colombia alcanza la cifra de 19 días festivos al año, consolidándose en el podio mundial de la quietud institucional, un club donde competimos codo a codo con Nepal e India. Mientras tanto, potencias hiperactivas y estresadas como Estados Unidos o Japón apenas arañan la decena de jornadas de tregua laboral. Al parecer hemos decidido que la productividad puede esperar, porque el descanso es un derecho divino.
Además la mayoría de estos feriados jamás se celebran en sus fechas oficiales, los días de descanso se trasladan al lunes siguiente, alargando por obra y gracia de una norma la pausa del fin de semana. Este milagro de la ingeniería social es posible debido a la célebre Ley Emiliana. En 1983 el senador costeño Raimundo Emiliani Román impulsó esta iniciativa que sumó 24 horas más de locha al asueto dominical. El parlamentario argumentaba que interrumpir la semana un miércoles u otro día corriente rompía el ritmo laboral y afectaba la productividad. Su solución institucionalizó el sagrado derecho al puente de tres días. Un genio incomprendido de la eficiencia.
El inventario de nuestras festividades revela una curiosa contradicción. Aunque la Constitución de 1991 nos define como un Estado laico, dejando atrás los tiempos de la consagración oficial al Sagrado Corazón, en cuestión de marcar de rojo algunos días en los almanaques la batuta la sigue llevando el santoral católico. De los 19 festivos que hoy ostentamos, 13 corresponden a fiestas religiosas y solo 6 a conmemoraciones civiles o patrióticas. La Iglesia gana por goleada. Y sin importar si el ciudadano es ateo, agnóstico o devoto, todos se acogen con igual fervor al beneficio del descanso. ¡Gracias, Vaticano!
También cuentan los dos días libres de la Semana Santa. Una temporada que, los colombianos hemos transformado. Días libres que cada vez se aprovechan menos para la contrición o el recogimiento, y mucho más para el éxodo vacacional y el hedonismo que por supuesto incluye algunas actividades non sanctas.
Pero no todo es pereza justificada. Unos de los fines de la Ley Emiliani era fomentar el turismo, y hay que admitir que ese propósito se ha cumplido. Los puentes festivos son uno de los motores de la llamada «industria sin chimeneas» a nivel interno. Durante estos tres días, la economía se dinamiza, aumentan las reservas de los hoteles, se agotan los pasajes áreos y terrestres, se alquilan fincas de clima cálido o los glamping que están tan de moda. Se reactiva desde el gran operador turístico hasta el vendedor de choclos a la orilla de la vía. El ocio, bien visto, es uno de los sectores con mayor proyección y muchos han emprendido en variadas iniciativas.
Escribo estas líneas un domingo por la noche, relajado, sin afanes, arrullado por la maravillosa certeza de que mañana no se trabaja. Disfruto, como millones de compatriotas, del confort en pijama que otorga un puente festivo. Si soy sincero, al igual que la inmensa mayoría, ignoraba por completo qué diablos se conmemoraba en esta fecha exacta. He tenido que acudir a la web para enterarme de que mañana es Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo cuya fecha oficial fue el pasado 4 de junio. En este mismo mes se sumarán el puente del 15 por el Sagrado Corazón y el del 29 por San Pedro y San Pablo, sirviendo como antesala para la inauguración oficial del recién creado festivo de julio.
Va entonces mi más sincero agradecimiento a la Iglesia Católica por su extenso santoral, su generosa cantidad de vírgenes y sus solemnidades litúrgicas. Y, por supuesto, una oración de gratitud eterna al famoso doctor Emiliani. Que la productividad nos coja confesados.




