Por: Daniel Olarte Mutiz.
Ayer, mientras le enseñaba mi colección de álbumes a mi pequeño hijo, no pude ser ajeno a esa nostalgia que, como máquina del tiempo, me trasladó a mi niñez y recordé como mi madre, con esa dulzura que la caracterizaba pagó un peso por la lámina de Pelé que era el caramelo -así le llamábamos – que me faltaba para llenar “la planilla”, como era conocido el álbum de colección de ese mundial que marcó mi memoria emotiva para toda la vida. Por eso confieso sin avergonzarme que he sido testigo de los mundiales desde 1970. Era un niño cuando vi cómo el planeta entero parecía detenerse para contemplar a Pelé y a Teófilo Cubillas, que convirtieron el fútbol en una forma de belleza. Así también lo hicieron Boby Charlton, Gordon Banks, Giacinto Facchetti, Luigi Riva y otros. Desde entonces, cada cuatro años ha sido una especie de ritual íntimo y colectivo. Como no rememorar el Mundial de Alemania en 1974 y la contundencia de Gerd Müller y la fiebre que nos hacía arder después de cada partido para vivirlo en carne propia en el aledaño potrero de Don Cueros; Argentina 1978, con la figura inmensa de Mario Kempes, aunque ensombrecida por la sombra ominosa de la dictadura militar; España 1982, con el talento de Zico; México 1986, donde Maradona hizo posible lo imposible; Italia 1990, Estados Unidos 1994, Francia, Corea y Japón, Alemania, Sudáfrica, Brasil, Rusia, Catar. Los he visto todos. Y en todos encontré, pese a sus contradicciones, una pasión irrepetible.
Por eso, terminada la primera jornada del Mundial de 2026, me acompaña un extraño sinsabor.
La ceremonia inaugural fue sencilla, poco fastuosa para los estándares de un evento que mueve miles de millones de dólares. Pero no es la sobriedad lo que me inquieta. Es otra cosa. Es la sensación de que el fútbol, ese viejo protagonista que nos hacía discutir durante semanas sobre una gambeta o un gol imposible, ha sido desplazado hacia un segundo plano.
Conversando con amigos de mi generación, hombres que rondamos los sesenta años y que crecimos esperando cada Mundial como quien aguarda una fiesta familiar, descubrí que compartimos la misma impresión: este parece ser el Mundial del dinero antes que el Mundial del fútbol.
No es una afirmación ingenua. Después del escándalo conocido como FIFA Gate, cuando las investigaciones adelantadas por autoridades estadounidenses sacudieron las entrañas de la FIFA y revelaron prácticas corruptas enquistadas durante décadas, pareciera que la organización hubiera terminado cediendo buena parte de su autonomía a las lógicas del poder económico que representa Estados Unidos.
Aunque oficialmente este es un Mundial compartido entre México, Canadá y Estados Unidos, la percepción es otra: que México y Canadá son invitados distinguidos a una fiesta cuyo anfitrión absoluto es el mercado estadounidense. La mayoría de los partidos se disputan allí; allí están concentrados los grandes contratos publicitarios, las transmisiones, los intereses corporativos y la maquinaria comercial que convierte el deporte en un producto global.
Y, sin embargo, el fútbol sigue intentando abrirse paso entre tanta escenografía.
Yo también espero ver la consolidación definitiva de Lamine Yamal, ese muchacho llamado a convertirse en una de las grandes figuras de su tiempo. Como antes esperé por Pelé, admiré a Müller, celebré el oportunismo feroz de Kempes, me deslumbré con Zico o quedé sin palabras ante Maradona. Las estrellas siguen apareciendo porque el talento humano es indomable. Pero el contexto ha cambiado.
Hay noticias, comentarios y denuncias que contribuyen a ese malestar. Se habla de humillaciones sufridas por algunas figuras vinculadas al torneo durante los controles migratorios; de decisiones difíciles de comprender; de un ambiente de sospecha permanente. Más allá de la comprobación puntual de cada episodio, lo cierto es que muchos aficionados perciben que Estados Unidos atraviesa una época marcada por una fuerte tensión alrededor de la inmigración y por expresiones de intolerancia que resultan incompatibles con el espíritu universal que el fútbol proclama.
La imagen que más me inquieta es otra: la del inmigrante que ama este deporte pero decide no ir al estadio por miedo. Miedo a un control excesivo. Miedo a ser requerido. Miedo a que una celebración termine convirtiéndose en una pesadilla administrativa o humana.
Un Mundial donde el miedo condiciona la asistencia de sectores enteros de la población pierde parte de su esencia.
No pretendo idealizar el pasado. El fútbol nunca fue inocente. El Mundial de Argentina en 1978 se jugó bajo una dictadura que secuestraba y desaparecía personas. Mientras Mario Kempes levantaba a un país entero con sus goles, miles de familias sufrían el horror del terrorismo de Estado. Aun así, muchos intentaron convencernos de que deporte y política eran asuntos completamente separados.
La verdad: nunca lo fueron.
El fútbol es demasiado importante para quedar aislado de la realidad de su tiempo. Refleja nuestras grandezas y nuestras miserias; nuestras esperanzas y nuestras contradicciones. Puede ser instrumento de propaganda, negocio multimillonario o expresión genuina de alegría popular. A veces, todo eso ocurre simultáneamente.
Después de más de medio siglo viendo mundiales, sigo emocionándome con un pase filtrado, una atajada imposible o un gol en tiempo de descuento. Todavía siento el cosquilleo previo al pitazo inicial. Todavía creo que once hombres detrás de un balón pueden producir instantes de poesía, así Borges haya dicho que está lejos de tenerla. El negro Fontanarrosa me devolvió esa fe, que se tatúa en un fanático de clóset.
Pero también creo que tenemos el deber de mirar más allá del marcador.
Quizá esa sea la diferencia entre el niño que fui en 1970 y el hombre que hoy observa el Mundial de 2026: antes veía solamente el césped; ahora veo también los pasillos del poder, los contratos, las fronteras, las exclusiones y los silencios.
Y aun así, pese a todo, volveré a sentarme frente al televisor para ver el próximo partido.
Porque el amor por el fútbol sobrevive incluso a la decepción.
Y porque quienes crecimos con la magia de aquellos mundiales seguimos esperando, tercamente, que en algún rincón del campo aparezca otra vez ese instante capaz de reconciliarnos con el poético pase de media cancha de Gerson, para que fuera bajado en el Pecho de Pelé y lo convirtiera con su magia en un golazo. 11 de junio 2026. Exclusivo para Página 10.




