Érase una vez el fúbol

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Por Daniel Olarte Mutiz

Cuando escribo esta nota, el cuestionado Mundial 2026 está llegando a sus estertores y quisiera hacer un enfoque muy rico en matices y nostalgias, porque no solo trataré de refrescar memoria sino de decantar esos amores y pasiones de mi memoria emotiva, esa que conservo desde cuando en blanco y negro (para ser sinceros gamas grises), en un televisor de 24 pulgadas que adornó el centro de sala de una casa fatimeña, miré mi primer mundial y conocí esa leyenda de la que había oído hablar a mi madre: El Rey Pelé. No soy un docto para evaluar el Mundial de 2026, pero intentaré contar de dónde viene el fútbol que hoy estamos viendo. Hablaré de la presencia esencial de la madre África y su diáspora, y toda esa genética de fortaleza física y diamantes en bruto que paso a paso fueron pulidos para que hoy brillen.
Existe si, un aspecto que para el propósito de este artículo debemos decantar o si se quiere utilizar otro término, matizar: no fueron principalmente los campeones brasileños de 1970 quienes emigraron masivamente a África para crear escuelas de fútbol. Algunos exjugadores brasileños sí trabajaron posteriormente en países africanos y asiáticos, pero el gran desarrollo del fútbol africano fue el resultado de varios procesos simultáneos: la profesionalización de sus ligas, la creación de academias, la llegada de entrenadores europeos y sudamericanos, y, sobre todo, la enorme migración de futbolistas africanos hacia las ligas de Europa desde finales de los años ochenta y durante los noventa. Es decir, la influencia brasileña existió, pero sería exagerado atribuirle por sí sola el crecimiento del fútbol africano.
El fútbol de 2026 es heredero de tres grandes corrientes que terminaron encontrándose: la imaginación sudamericana, la organización táctica europea y la potencia física y técnica que África fue desarrollando hasta convertirse en protagonista del fútbol mundial. No creo que alguien pueda discutir esta verdad de a puño y por eso más como amante del fútbol y espectador atento, que pedante calvo sabedor, haré mi enfoque muy defendible.
Así que como mi madre solía comenzar las historias que me contaba: había una vez en que el fútbol tenía tiempo…
El balón parecía detenerse unos segundos sobre el empeine de Gerson antes de cambiar de frente cuarenta metros con una precisión que hoy todavía asombra. Clodoaldo podía eludir a cuatro rivales sin que el estadio respirara. Tostao aparecía donde nadie lo esperaba. Jairzinho corría como si conociera el destino del balón antes que sus propios compañeros. Pelé suspendía el cuerpo en el aire durante un instante imposible para cabecear sobre la humanidad de los defensores italianos. Y cuando ante Inglaterra creyó haber encontrado el gol perfecto, apareció Gordon Banks para realizar una atajada que todavía desafía toda explicación racional. No fue una parada; fue un acto de rebeldía contra las leyes de la gravedad.
Como no recordar al gran Teófilo Cubillas: mientras Brasil enamoraba al mundo, un peruano de caminar elegante demostraba que la gambeta también podía ser una forma de inteligencia. Teófilo Cubillas no necesitaba correr desesperadamente. Bastaba un giro de cintura, un amague diminuto y la pelota obedecía. Parecía conversar con ella, como después de unos años lo haría como heredero el Gran César Cueto. A Cubillas desafortunadamente le tocó coincidir con el rey del fútbol de todos los tiempos, el más grande.
La memoria me lleva a la empolvada calle 18 entre carreras 12 y 13, donde los muchachos nos reuníamos después de haber visto un partido del memorable mundial y comenzábamos a apoderarnos de los cuerpos de las leyendas existentes: de Italia, a Facchetti, a Luigi Riva, A Mazola, a Roberto Boninsegna, quien representaba otra clase de belleza: la velocidad vertical, el delantero que convertía cada desmarque en una amenaza permanente. O Beckenbauer, el gran Franz Beckenbauer que cambió para siempre el oficio del defensa. Dejó de ser únicamente un hombre encargado de destruir. Comenzó a construir desde atrás. El líbero dejó de perseguir delanteros para perseguir ideas. Su elegancia hizo comprender que también desde la defensa podía escribirse poesía.
Se que no era un fútbol perfecto, pero para mis ojos de niño asombrado era lo más parecido. Existían entradas violentas, había marcajes feroces, pero existía una diferencia importante: la prioridad seguía siendo crear antes que neutralizar. Ello hacía evidente la magia que nunca se me borró de niño.
¿En qué momento dejamos de esperar la genialidad para empezar a admirar únicamente la eficacia?
Debemos pensar entonces con lo adelantado en mi preámbulo: la presencia de Madre África, lo que jamás podrá ser mirado de soslayo, sino como la gran transformación del fútbol contemporáneo, porque quizás seguimos pensando en camisetas o líneas de frontera imaginarias, porque paso a paso vamos digiriendo que el viejo mapa futbolístico, ya no existe.
La potencia física africana dejó de ser únicamente potencia física. Se mezcló con la disciplina táctica europea y con la creatividad heredada de tantos entrenadores sudamericanos y de innumerables jugadores que llevaron sus conocimientos a distintos continentes. Las academias africanas comenzaron a producir futbolistas completos. Muchos crecieron entre dos culturas, formándose en Europa sin perder la espontaneidad de los barrios africanos. El resultado es visible en este Mundial: selecciones que ya no participan para sorprender durante un partido, sino para competir de igual a igual por el título.
Quizá el Mundial de 2026 no será recordado porque alguien haya inventado un nuevo modo de jugar al fútbol. Tal vez su verdadera enseñanza sea otra: por primera vez el legado de Pelé, de Cruyff y de Beckenbauer ya no pertenece a un continente. Pertenece al mundo entero. Las fronteras tácticas desaparecieron. Todos aprendieron de todos. Y justamente por eso, hoy resulta mucho más difícil encontrar un equipo capaz de cambiar para siempre la historia del juego.
Pero, lo más aberrante que sucedió en este mundial y lo recordaremos para siempre, es el fantasma del favoritismo y los partidos previamente libreteados para favorecer a algunas selecciones y no nos digamos mentiras, a la selección de Argentina exclusivamente. Es que hasta ahora no logro asimilar la cantidad de jugadas que no le sancionaron a la Argentina ante Argelia, aquel pisotón de Messi a un jugador argelino, merecía expulsión sin lugar a dudas y habría cambiado el rumbo del partido. Luego con Cabo Verde, (para mí la selección más amada durante este mundial) y así, posteriormente hasta llegar al paroxismo contra Egipto: el gol más bonito de todo este mundial ( no he visto otro que iguale su concepción desde el nacimiento hasta ejecución) fue anulado por un VAR que vio una falta donde nunca existió y sepultó emocionalmente las esperanzas egipcias de pasar a la siguiente ronda, observando que estaba jugando contra una mafia organizada para erigir a Messi como el nuevo rey del fútbol de todos los tiempos; pero para quienes no tragamos entero, el princeso, como han bautizado a este infra ídolo, pasará a la historia como el arquetipo del avariciosos marketing político, creado para las nuevas generaciones, porque en la coyuntura política actual hay muchas cosas que no se miran, sin embargo, algunos conspicuos espectadores de la historia, como yo, solemos darnos cuenta.
¿Se pretende borrar del imaginario del fútbol al Diego Maradona como el más grande de la historia del fútbol argentino?
Es probable que muchos se hayan hecho la misma pregunta y no están lejos, ese es el verdadero trasfondo detrás de esas malolientes bambalinas. Al gobierno de Milei y a su séquito de áulicos patrocinados por el sionismo israelí, les causa escozor que el mejor de la historia del fútbol argentino, haya sido un zurdo, como acostumbran de manera despectiva a llamar a quienes pensamos diferente. Eso es evidente, detrás de todo estos está la MAFIFA, arquitecta de todo este show (ojalá se les dañe el libreto) para erigir a Messi como nuevo rey, basta tener un dedo de frente para darse cuenta, y que hacia el futuro vayan escribiendo su propia narrativa, porque es incómodo tener como un ídolo a alguien que era amigo de Fidel, que llevaba tatuado al Ché Guevara y que nunca tuvo pelos en la lengua para cantarle a la FIFA desde antes que era una organización corrupta hasta más no poder. Ahora y eso es noticia a voces, Milei le está regalando la Patagonia paso a paso al sionismo Israelí para asegurarles un futuro con agua y recursos, porque por allá saben que rodeados de árabes no hay futuro.
Me quedaré con mi nostalgia y mis álbumes de los mundiales, pero me prometo no volver a estar atento a certámenes que organice la MAFIFA, siento un profundo asco por lo que ha sucedido y seguirá sucediendo, prefiero cuando se pueda ir hasta alguna cancha de barrio, sentarme por ahí y contemplar como les late el corazón a todos esos chiquillos que aún aman lo que alguna vez conocimos como fútbol.

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