Por Daniel Olarte Mutiz (Exclusivo para Página 10)
En esta época resulta inevitable seguir hablando de fútbol y política, creo que los dos temas que más apasionan a los colombianos (y me atrevo a decir que en el mundo en esta coyuntura). Así que, en medio de la euforia de celebración por la celebración del día del padre, el fútbol deja de ser apenas un deporte y se convierte en un espejo de la condición humana.
Aterrizamos en una cancha, de esos tapetes hermosos verdes de césped bien cuidado y, creemos estar contemplando veintidós atletas detrás de una pelota. No obstante, por mi formación en sociología criminología con énfasis en politología (me perdonarán, creo que la falsa modestia es hipocresía), hay partidos que no se pueden mirar desde la óptica de un hincha cualquiera o de un fanático empedernido, más bien convocan fantasmas nobles de la historia, memorias colectivas y lecciones que trascienden la dinámica de la cancha y el eventual marcador final. Eso me ocurrió al ver a la selección de Cabo Verde resistir y competir de igual a igual frente a España en el Mundial de 2026.
No pude evitar volver a recordar mis viejas clases de politología. En medio de las carreras, de las disputas por cada balón y de la determinación de aquellos futbolistas, apareció en mi memoria la figura del insigne Amílcar Cabral.
Cabral fue uno de esos líderes que la historia oficial suele mencionar demasiado poco. Agrónomo de profesión, intelectual brillante, estratega político y revolucionario, dedicó su vida a la independencia de Cabo Verde y Guinea-Bisáu del dominio colonial portugués. Comprendió como pocos que la verdadera liberación no consistía solamente en expulsar al ocupante extranjero, sino también en recuperar la dignidad de los pueblos, su cultura, su relación con la tierra y su capacidad para reconocerse a sí mismos. Esa dignidad ayer brilló en las mentes sudorosas de los once muchachos de la selección de Cabo Verde
Hay que tener en cuenta y para reflexionar hoy lo que pasa en Colombia, que el discurso de Cabral nunca estuvo basado exclusivamente en el odio contra el adversario. Había en él una profunda defensa de la vida. Amaba al campesinado porque entendía que allí residía la esencia de su nación. Fue pionero en advertir la necesidad de proteger los ecosistemas frente a la explotación indiscriminada de los recursos naturales que el colonialismo convertía en botín. Mientras el régimen portugués de António de Oliveira Salazar prolongaba una de las experiencias coloniales más violentas del siglo XX, Cabral insistía en que la revolución debía conservar su humanidad.
Fue asesinado en 1973, en una oscura componenda de la Policía secreta portuguesa con personas que lo habían declarado su enemigo. No alcanzó a ver consumada plenamente la independencia por la que siempre luchó como buen líder panafricano, siguiendo en paralelo esos ideales del gran Nelson Mandela y Patricio Lumumba. Pero las grandes ideas tienen esa magia intangible de sobrevivir al odio de las balas cegadoras de vida.
Por eso, ayer el palpitar de mi nostalgia y admiración por los héroes libertarios, mientras veía a esos once muchachos de Cabo Verde enfrentarse a una de las grandes favoritas del torneo, tuve la sensación de que el espíritu de Amílcar Cabral seguía presente sobre el césped, o mejor, como si fuera su director técnico, tablilla en mano, dándoles instrucciones para que resistieran y perdieran el miedo a ganarle a Goliat. Porque aquello no fue solamente un empate. Fue una lección de psicología colectiva.
La psicología del deporte enseña que los grupos cohesionados pueden superar enormes diferencias individuales cuando desarrollan una identidad compartida. La confianza mutua, el sacrificio recíproco y la claridad del propósito fortalecen lo que algunos especialistas denominan eficacia colectiva: la convicción de que juntos se puede lograr aquello que, individualmente, parecería imposible. Y eso fue precisamente lo que transmitió el combativo equipo de Cabo Verde, que con orden táctico, disciplina y la tenacidad de su arquero, que se convirtió en el estandarte y héroe de la jornada|. Esa reencarnación de Lev Yashin, (la famosa araña negra rusa) se llama Josimar José Évora Dias. Pero el mundo entero a partir de hoy lo conocerá por su apelativo: Vozinha, que significa “Abuelita”, en portugués. Como le decían de niño, porque los brazos de su abuela, eran su refugio ante cualquier adversidad. Hoy ese mismo niño, con 40 años a sus espaldas curtidas, les cerró el hocico a los españoles hinchas y a una de las mejores selecciones del planeta.
Esto se suponía iba a ser un partido de trámite. España, campeona del mundo, con figuras de Champions. Cabo Verde, debutante, medio millón de habitantes, sin liga profesional. Y entre los palos, un portero que en su club esta temporada apenas jugó 15 partidos. Que pasó por Moldavia, Chipre, Eslovaquia. Que hoy milita en la segunda división portuguesa. Pero alguien olvidó avisarle que no debía estar ahí.
Porque hay algo que casi nadie sabía. Vozinha lleva 20 años persiguiendo este momento. Veinte años de maletas, de ligas perdidas, de equipos que casi nadie ubica en el mapa. Veinte años escuchando que ya estaba viejo. Que su tren había pasado. Y mientras todos lo daban por terminado… él seguía entrenando. Esperando. Aguantando.
Y entonces llegó su día. “Cada atajada de Vozinha un rugido sin eco se escuchaba en Mindelo, su ciudad natal. Cada parada, un puñetazo a la lógica del fútbol moderno.
Esto no es la historia de un partido. Es la historia de una isla perdida en el Atlántico que durante décadas vio Mundiales con camiseta ajena. Hasta hoy. Hoy Cabo Verde miró a los ojos a un gigante y empató. Y el héroe no fue un crack de 80 millones de euros por su pase. Fue un abuelo de 40 años al que casi nadie conocía hasta hoy.
Que no te engañen las canas. Las leyendas no tienen edad. Tienen hambre.
Al final del encuentro lloró: “los héroes también lloran”. Grande VOZINHA” ( prestado de un un medio de Cabo Verde). Ahora sí, ni Marc Cucurella, Lamine Yamal, ni el fabulantástico desfile de estrellas ibéricas, lograron con su caudal de fútbol exquisito quebrar la voluntad de un conglomerado de guerreros convencidos de tapar la boca a todos aquellos que les habían asignado un papel deleznable en los pronósticos. Sobre el papel existían enormes diferencias. Sobre la cancha, en cambio, once hombres decidieron correr el uno por el otro, cerrar espacios, disputar cada pelota y sostener una causa común.
En tiempos donde el mercado parece gobernarlo todo, el fútbol también se ha convertido en una vitrina. Muchas selecciones, especialmente en América Latina y nuestra selección Colombia no se escapa, siendo una manada de soberbios ( Johan Mojica parece la excepción) corren el riesgo de confundirse: dejan de jugar como equipos para actuar como catálogos de individualidades. Algunos parecen disputar el Mundial con la mirada puesta más en las cámaras, en la cotización futura y en el próximo contrato millonario que en la construcción de un proyecto colectivo.
Cabo Verde recordó que el verdadero liderazgo no consiste en sobresalir por encima de los demás, sino en elevar al grupo entero. Volvamos a Amilcar Cabral: también recordó algo esencial para la politología: las naciones no se construyen únicamente mediante instituciones o discursos grandilocuentes. Se edifican a partir de la solidaridad, del reconocimiento del otro y de la conciencia de pertenecer a un destino compartido. Quizá por eso aquel empate tuvo un valor que ninguna estadística alcanzará a medir.
Fue histórico porque desafió la lógica del poder. Porque reivindicó a los pequeños frente a los gigantes. Porque demostró que la disciplina y la fraternidad pueden equilibrar diferencias aparentemente insalvables.
Y porque nos obligó a volver la mirada hacia Amílcar Cabral, ese líder africano al que todavía debemos más pedagogía y más memoria.
Hoy quiero quitarme el sombrero ante esos once guerreros de Cabo Verde y ante todos aquellos que ingresaron desde el banco para sostener una hazaña deportiva que ya forma parte de la dignidad de los pueblos pequeños.
En una época dominada por el individualismo, ellos nos recordaron una verdad sencilla y revolucionaria: ningún talento brilla tanto como una comunidad que aprende a luchar unida. Tal vez ese sea, después de todo, el homenaje más hermoso que puede recibir Amílcar Cabral: No una estatua, no una ceremonia oficial, sino cada gota de sudor, cada sonrisa en las tribunas y la euforia ondeante de las banderas caboverdianas, haciéndole eco a esos once guerreros persiguiendo una pelota y demostrando, ante los ojos del mundo, que la grandeza también puede vestirse bajo el manto de la humildad.




