El mundial de las sospechas

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Por: Daniel Olarte Mutiz.

Achichaaaaay decía mi mamá Carmela cuando el frío se instalaba en sus huesos, pero ese era un frío físico y tangible. ¿ Y cuando a uno lo asalta un frío de alma de esos que le hielan la memoria emotiva?

Por eso hay derrotas que duelen, como a mí amigo José Arteaga, a quien conozco desde niño como un ferviente hincha de Alemania, de esa Alemania de Gerard Müller, Beckenbauer, Overath, Sep Maier, Paul Breitner, y luego todas esa selecciones alemanas dónde desfilaron Rudy Voeller, Rumenige, Klinsmann, y otras estrellas más como el legendario Lothar Matheus. Estoy consciente que, hay derrotas que enseñan y hay derrotas que, sencillamente, despiertan sospechas.

No afirmó nada y no hablo de pruebas. Las pruebas pertenecen a la judicatura y a los Fiscales y sus investigadores. Me refiero a esa intuición que se nutre y nace después de ver fútbol durante toda una vida; de esa memoria que aprende a distinguir cuándo un error es apenas un accidente y cuándo una sucesión de errores parece desafiar toda lógica deportiva, y uno dice en sotavoice: ” no lo puedo creer”.

Este Mundial de 2026 nos está dejando partidos memorables, héroes inesperados como el gran Vozinha y selecciones que desafían cualquier pronóstico. Eso hace parte de la belleza del fútbol. Pero también nos está dejando una pregunta incómoda que muchos aficionados se hacen en voz baja, como si pronunciarla fuera una herejía: ¿seguimos viendo un deporte o contemplamos, cada vez más, una gigantesca industria del espectáculo, entretenimiento libreteado de manera muy meticulosa ?

El fútbol cambió para siempre el día en que dejó de vender únicamente camisetas y empezó a vender probabilidades.

Las casas de apuestas ya no son un actor secundario. Hoy patrocinan ligas, estadios, transmisiones, programas deportivos y hasta exfutbolistas convertidos en embajadores comerciales. El balón sigue siendo redondo, pero alrededor de él gira una economía de dimensiones casi inimaginables y, cuando hay demasiado dinero la codicia de algunos hace que la balanza se incline.

No me atrevo a afirmar que esa realidad determine los resultados. Sería irresponsable hacerlo sin pruebas. Lo que afirmo es algo distinto: nunca antes existieron tantos intereses económicos alrededor de un solo partido o de la imagen de un jugador determinado.

Cuando el dinero entra por la puerta principal, la ingenuidad suele salir por la ventana, como mariposa mareada por las lociones de los personajes mafiosescos.

Confieso que observé con especial atención los partidos de Alemania. Lo hice porque conozco, como millones de aficionados, la tradición de un equipo que convirtió la disciplina táctica en una forma de entender el fútbol. Por eso me sorprendieron errores impropios de una selección que históricamente ha construido su prestigio precisamente sobre la concentración y el rigor.
Vi futbolistas que parecían llegar un segundo tarde. Decisiones difíciles de explicar. Movimientos que no correspondían a la memoria futbolística que Alemania ha construido durante décadas. Contra Ecuador fue evidente y no quiero demeritar su triunfo.

¿Significa eso que el partido estuvo manipulado? : No.

Significa únicamente que, como espectador, terminé el encuentro con más preguntas que respuestas.

La decepción expresada por el legendario Lothar Matthäus demuestra que la sensación de desconcierto no pertenece únicamente a quienes observamos desde la distancia. Él habla de una selección sin carácter, sin orgullo y sin la identidad que durante generaciones hizo respetar la camiseta alemana. Sus palabras describen un fracaso deportivo, no una conspiración.

Pero las sospechas suelen nacer precisamente allí donde las explicaciones deportivas dejan de convencer.

Se me viene a mi memoria de adolescente imberbe, una vieja historia del boxeo colombiano. Cuando Happy Lora perdió una de las peleas más desconcertantes de su carrera, muchos dijeron que había apostado contra sí mismo. Nunca aparecieron pruebas que sostuvieran semejante afirmación. Sin embargo, el rumor sobrevivió porque el comportamiento del campeón resultó irreconocible para quienes conocían su manera de pelear, llena de cintas, bailoteos a lo Muhamed Alí, combinaciones de jabs de izquierda y derecha al mejor estilo de Alexis Argüello, en fin.

Así funciona eso que llaman desconfianza y se instala como un vaho lleno de punzadas inexplicables.

No necesita demostraciones absolutas para instalarse en la imaginación colectiva. Le basta con sembrar una duda y el deporte moderno parece haber acumulado demasiadas razones para convivir con ellas.

Las mafias de las apuestas han sido descubiertas en distintos países. Han aparecido investigaciones, sanciones y confesiones. No son una invención de novelistas ni el delirio de aficionados inconformes. Existen antecedentes suficientes para entender por qué el público ya no contempla algunos resultados con la inocencia de otras épocas.

Lo mismo ocurre con ciertas decisiones arbitrales.

Los colombianos difícilmente olvidarán el gol anulado a Mario Yepes en Brasil 2014. Y muchos sienten que la jugada invalidada a Davinson Sánchez frente a Portugal revive aquella herida. Tal vez ambos episodios sean distintos. Tal vez no exista ninguna relación entre ellos. Pero el recuerdo permanece porque las injusticias deportivas, reales o percibidas, tienen una memoria extraordinaria y reviven heridas de injusticia inmemorial.

No pretendo convencer a nadie de que existe un libreto oculto.

Lo que sí sostengo es que el fútbol está perdiendo algo mucho más valioso que un campeonato: la confianza de quienes siempre lo hemos amado, desde niños cuando veíamos a nuestros ídolos de barrio como Óscar Danilo Arévalo o Herney Portilla, haciendo del fútbol poesía.

Porque cuando un aficionado deja de celebrar un gol para preguntarse a quién beneficia ese gol; cuando una derrota extraordinaria ya no provoca admiración sino sospecha; cuando las conversaciones dejan de girar alrededor de la táctica y comienzan a hacerlo alrededor del dinero, el espectáculo habrá ganado mercado, pero el deporte habrá perdido parte de su alma.

Quizá Alemania simplemente jugó mal.

Quizá Paraguay escribió una de esas gestas que el fútbol regala de vez en cuando.

Quizá todas las explicaciones sean estrictamente deportivas.

O quizá el verdadero problema no sea ese.

Quizá el problema sea que el negocio ha crecido tanto, ha acumulado tanto poder y ha penetrado de tal manera el corazón del deporte, que ya resulta imposible contemplar un partido sin preguntarse si lo único que estaba en juego era el balón.

Y cuando un deporte obliga a formular esa pregunta, incluso si la respuesta termina siendo tranquilizadora, algo profundo ya se ha quebrado.

No necesariamente el reglamento, pero sí la fe cimentada por las mágicas gambetas de Teófilo Cubillas, o la poesía en las piernas de César Cueto, o los dribling de Willington Ortiz, o la majestuosidad para armar un medio campo por maestros como Alejandro Brand, Jairo Arboleda, Alfonso Cañón, Michel Platini, el gran Zico…en fin. Les dejo la reflexión.

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