El poniente desde el Sur

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En 1492, hace 534 años, Cristóbal Colón navegó hacia el poniente convencido de que llegaría a las Indias. Cuando faltaba poco para avistar tierra, la confianza de la tripulación empezó a resquebrajarse. Había cansancio, miedo e incertidumbre. Los hombres se quejaban de la duración del viaje y querían volver a casa. Colón intentaba mantenerlos en marcha y sostener su sueño.

El diario del primer viaje cuenta que Colón llevaba dos cuentas de las leguas recorridas: anotaba una distancia mayor para sí mismo y comunicaba a la tripulación una menor, quizá para que el trayecto no pareciera tan largo. En la reconstrucción novelada de Edward Rosset, Cristóbal Colón: rumbo a Cipango, aparece además el episodio de Alonso Sánchez, el “pre-descubridor”: antes de que estallara el motín, Colón habría revelado que el mapa que lo guiaba pertenecía a Sánchez. Esa revelación le habría dado el tiempo necesario para alcanzar tierra.

Hablar de Colón siempre será controvertido. Sin embargo, por ahora quiero destacar que su historia también habla de persistencia, iniciativa, ambición y exploración; de la decisión de perseguir un objetivo, llegar, descubrir y soñar. También es recordar que no encontró lo que buscaba. Su propósito era alcanzar Cipango y las Indias por una ruta occidental. En cambio, llegó a un continente que ya estaba habitado por pueblos con historias, culturas y formas propias de relacionarse con el territorio.

Durante años sostuvo su proyecto. Primero lo presentó a los reyes de Portugal y, tras no conseguir su apoyo, acudió a los monarcas de Castilla. Cerca de ocho años separaron sus gestiones iniciales de la aprobación de la expedición. El viaje cambió el curso de la historia, pero Colón no obtuvo la fortuna ni la posición que ansiaba. La fama que hoy lo acompaña está ligada a un proceso mucho más amplio y doloroso que la hazaña de navegar hacia el oeste.

Evaluar ese pasado únicamente desde el presente puede parecer sencillo; comprender el contexto es más complejo. Comprender no significa justificar. Aceptar que los hechos ocurrieron tampoco significa aprobarlos ni resignarse: puede ser una actitud estoica, una forma de mirar la realidad para decidir qué hacer con ella.

Marie Arana, en La plata, la espada y la piedra. Tres pilares cruciales en la historia de América Latina, ayuda a mirar lo que existía en América antes de la llegada de los españoles sin convertirlo en un paraíso perdido. También había confrontaciones, expansión imperial, explotación de recursos y relaciones de poder. Los imperios inca y azteca acumularon oro y plata, que eran símbolos de la autoridad y la gloria de sus gobernantes, y extendieron su dominio sobre otros pueblos. La violencia y la búsqueda de riqueza, por tanto, no comenzaron con la conquista europea. Pero reconocer esos antecedentes no iguala los procesos: la conquista española impuso nuevas formas de dominación y explotación, y amplió su escala.

La “plata” y la “espada” de Arana permiten pensar en esa continuidad y en sus transformaciones; la “piedra” remite al poder de la religión. En América, las creencias y los espacios sagrados tenían una larga historia antes de la llegada del cristianismo. Luego, en muchos lugares, los templos indígenas fueron destruidos y sus piedras se usaron para levantar iglesias. La historia se construyó así sobre capas de conflicto, creencias y poder que todavía debemos comprender

No se trata de comparar como si todo hubiera sido igual ni de borrar la violencia de la conquista, la esclavitud y la explotación. Se trata de reconocer la complejidad de lo que existía antes, entender las rupturas y continuidades, y evitar que la memoria nos inmovilice. El propósito es avanzar desde la verdad, no desde la negación; desde el reconocimiento, no desde la resignación.

Frente a esa historia de violencia, horror y extracción, debemos construir una nueva etapa. Que la historia nos sirva para comprender el pasado y reconstruir el futuro, no para repetir sus heridas. Pensemos en el mañana como un horizonte ligado a la vida, los sueños, la exploración, el descubrimiento y el respeto. Esa relación con la riqueza y con el territorio debe cambiar. Nos corresponde hacerlo.

También podemos preguntarnos qué significa hoy navegar hacia el poniente. Para Nariño y Colombia, la exploración puede llevarnos a otros escenarios: el conocimiento, la tecnología, la investigación, las riquezas del mar y las oportunidades que ofrece el Pacífico. La internet nos abre una ventana hacia el mundo, incluso hacia regiones lejanas como Asia. Pero mirar hacia afuera no exige olvidar de dónde venimos. Desde allí, junto con las posibilidades del mar y la riqueza de nuestra gente, podemos construir un proyecto que mire al futuro. Los riesgos de hoy son distintos a los que enfrentaron los tripulantes de Colón, pero todavía hace falta atreverse, tener iniciativa y sostener un propósito común.

Explorar también es conocernos por dentro: reconocer nuestra historia, nuestra identidad y las maneras en que nos vinculamos con las montañas, los ríos, el mar y las comunidades. Podemos salir para aprender y volver llevando el territorio en el alma. El viaje también consiste en descubrir lo propio y compartirlo con el mundo.

No necesitamos repetir la lógica de conquista para explorar. Podemos emprender una nueva aventura desde Nariño: descubrir oportunidades, crear caminos y encontrar otros tesoros. Esta vez, con la decisión de aprender, transformar y volver.

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