Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Sucedió hace cien años. En los años 20 del siglo XX, Pasto vivió una particular revolución de las imprentas, la cual produjo cambios que incidieron en la vida de la ciudad. Un momento de la historia que vale la pena repasar ahora que la versión impresa del diario El Tiempo, en su 115 aniversario, pasa del gran formato o tamaño Broadsheet al formato tabloide, mucho más manejable e universal: una noticia que no deja de ser llamativa en estos tiempos de periodismo digital.
Cuenta Claude Toulliou, en su excelente libro “Historias de las Artes Gráficas en Pasto”, que el detonante del boom de las imprentas hace cien años fue la Editorial Díaz del Castillo, que funcionaba donde hoy es el Shirakaba y en la cual, entre 1923 y 1927, se imprimieron 567 ediciones de El Diario del Sur, periódico que a pesar de llevar el nombre del actual, no tiene nada que ver. Era usual en aquellos tiempos utilizar la palabra Sur en las razones sociales.
El antecedente directo de todo esto lo aclara de esta forma, Adriana Bastidas Pérez en su investigación “Aproximaciones a una Valoración Estético-Tipográfica de la Imprenta de Pasto de 1837 a 1940”: “La información sobre las imprentas en el siglo XX es escasa, sin embargo, se sabe que para este siglo doblaron en número a las del siglo XIX. (Sergio Elías) Ortiz menciona que para el año de 1899, Pasto contaba con media docena de imprentas bien dotadas y (Federico) Puertas escribe que para 1927 ya había doce imprentas en la ciudad; tanto la impresión como las publicaciones habían mejorado notablemente”.
Habría que aclarar para eso que hasta mediados de siglo XX se conocía a estos negocios como tipográficas, en referencia a la impresión tipográfica o Letterpress, que es la técnica de la imprenta tradicional en relieve que utiliza tipos (letras y símbolos) móviles. Esos tipos estaban hechos de una aleación de plomo, antimonio y estaño, y se cambiaban de acuerdo al contenido de cada hoja. Los trabajadores de un periódico pasaban toda la noche componiendo e imprimiendo página a página.
La industria gráfica cambió, pero el término se mantuvo. Y a ese nombre se sumó otro, linotipia, que se convirtió en ideal para la impresión de periódicos, revistas, cancioneros, partituras, carteles, tarjetas, Flyers y postales. Su ventaja frente a la Letterpress, es que trabajaba por líneas y no por letras. Una máquina de linotipia tenía un teclado de 90 caracteres, que agrupaba los tipos en moldes lineales; de allí su nombre.
Paralelo a eso se popularizó una máquina de impresión, digamos casera, el mimeógrafo, muy utilizado en los colegios, pues era ideal para imprimir copias de los exámenes, por ejemplo. Para ello, se cogía una hoja engomada por atrás con papel carbón azul, se quitaba la cinta de la máquina de escribir y se escribía tecleando muy fuerte para que cada letra perforara el papel. Luego se quitaba la parte trasera y la otra se la pegaba al rodillo de este aparato.
El mimeógrafo, por supuesto, evolucionó y pasó de trabar con tipos metálicos a imprimir con un rodillo de tinta que se movía manualmente y que tenía debajo una bandeja con alcohol. El papel impreso salía por el otro lado en color azul. Era muy efectivo, aunque no permitía hacer más de 60 copias, porque a cada impreso la tinta perdía color.
Esa evolución de la técnica de impresión hace parte de un sistema que revolucionó las artes gráficas a mediados del siglo XX, aunque el propio invento es muy anterior: el Offset, que consiste en aplicar una tinta sobre una plancha de aluminio. El Offset permitió imprimir en serie y sin detenerse, por lo que los diarios lo encontraron perfecto y los fabricantes ampliaron los rodillos de las máquinas a pedido del cliente. El formato de gran tamaño de diarios como El Tiempo fue mucho más fácil de hacer a partir de esto.
Pero volvamos a Pasto. Lo interesante de aquella editorial fundada por don Ildefonso Díaz del Castillo es que era justamente eso, una empresa editorial que también prestaba servicios de imprenta. Es decir, que iba desde la redacción hasta la publicación. En el libro de Toulliou se describen algunos de sus servicios haciendo directorios telefónicos y cajetillas de cigarrillos. Otros libros mencionan trabajos de esta editorial en asocio con la Imprenta del Departamento.
A esta empresa le siguieron y sucedieron varias imprentas y tipografías: la Imprenta del Imperial, la Imprenta del Renacimiento, la Tipografía Atenas, la Imprenta Minerva Nariñense o la Imprenta La Libertad. En 1928 apareció la Tipografía Gámez, y de esta se desprenderían la Imprenta Gámez y las tipografías Cabrera, Liberty y Victoria. Los años 20 en Pasto fueron los años del surgimiento de los grandes diarios locales como El Derecho, de la impresión de libros de literatura clásica, y de las artes gráficas en general.
Es muy probable que existieran más imprentas con máquinas traídas a la ciudad desde Quito, pero la única manera de comprobarlo hoy en día es a través de las publicaciones realizadas; pero si estas eran volantes o tarjetas, no hay un sello estampado que lo permita verificar. Lo cierto es que había muchas y que la producción tipográfica iba de la mano de realización editorial y de la publicación periodística. Un San Juan de Pasto cercano al concepto “Atenas del Sur”, parafraseando al viajero francés Pierre d’Espagnat.
Lo de Atenas no es gratuito, pues hace referencia a la ciudad considerada la cuna de la civilización occidental, ya que sentó las bases de la política, el pensamiento y el arte que moldearon el mundo moderno. Su principal representante es Homero, y las obras que se le atribuyen, “La Ilíada” y la “Odisea” son el súmmum de la épica grecolatina y de la literatura occidental.
Pasto siempre ha sostenido con orgullo que las versiones en castellano más aproximadas al sentir de la obra original fueron las hechas en esas imprentas de aquellos lejanos años 20, concretamente en la Imprenta Atenas. Dicha empresa era propiedad del escritor Leopoldo López Álvarez. De hecho él aparece como autor de las traducciones del griego al castellano de las “Obras de Homero” en 1938. El crédito abarca también a los tipógrafos Alonso Estrella y Samuel Torres.
Pero no puedo dejar pasar por alto que, desde hace mucho tiempo, se comenta en la ciudad que el verdadero autor de aquellas traducciones fue el ilustre literato y periodista Benigno Orbegozo Ruiz. Por supuesto, no hay constancia de ello, ni en las reseñas biográficas de Orbegozo, ni en las biografías de López Álvarez, ni en las crónicas de aquel tiempo magnífico de imprentas pastusas. Quizás la verdad nunca se sepa, pero de la misma forma en que se debe creer en la historia oficial, se deben tener en cuenta los relatos familiares… aunque la contradigan.
Lo que sí se sabe es lo siguiente:
Cuenta María Teresa Alvarez Hoyos en su excelente obra “Elites Intelectuales en el Sur de Colombia”, que “Benigno Orbegozo Ruiz nació en Ponce, Puerto Rico, el 28 de febrero de 1839, e ingresó a los 10 años al seminario de los jesuitas en Bogotá. Permaneció durante dieciocho años en la Compañía de Jesús, y tuvo la experiencia de ser educador en varios lugares de América Latina: Puerto Rico, Guatemala, Santo Domingo y Ecuador y en España. Su experiencia le sirvió para adoptar la figura más adecuada para motivar a los jóvenes: las sociedades intelectuales. Así fue como en 1886 en Pasto fundó la Escuela Literaria, ya que consideraba con mucha razón, que la literatura ejercía influencia social civilizadora. El órgano de expresión de la Escuela Literaria fue el periódico El Precursor”.
También se sabe que hablaba con fluidez el latín, el griego y el francés, y que para imprimir su periódico tuvo una imprenta, siendo rector del Colegio Académico San Felipe Neri. Y también que al morir, sus obras escritas y sus instrumentos de trabajo pasaron a sus herederos, quedando finalmente en manos de su nieto Carlos Augusto Guerrero Orbegozo, poeta extraordinario y viajero incansable que firmaba con el seudónimo de Alberto Orguerob.
Y da la casualidad que la hermana de Carlos Augusto, Leonor, se casó con Ildefonso Díaz del Castillo Gutiérrez, quien instalaría en la Plaza de Nariño la Editorial Díaz del Castillo.
Los relatos familiares que han pasado de generación en generación dicen que por un problema de dinero, Guerrero Orbegozo le vendió la imprenta y las obras de su padre a Leopoldo López Álvarez, naciendo así la Tipografía Atenas. Para esa imprenta se importaron tipos griegos desde Quito y en esa imprenta se publicaron las obras de Homero, Virgilio y Esquilo.
Dice Adriana Bastidas Pérez, “en la Tipografía Atenas se desempeñaban como tipógrafos Alonso Estrella y Samuel Torres B; según (María Teresa) Álvarez, es Alonso Estrella a quién López enseña a levantar los caracteres griegos, hacerlo armador, cajista y encuadernador; y Samuel Torres, a quien instruye para encargarlo como distribuidor; sin embargo, en varias obras los dos aparecen como tipógrafos: existe la posibilidad de que uno haya construido el texto en griego y el otro en español”.
Pero bueno, dejemos la polémica aquí y centrémonos en lo importante que fue todo esto para la ciudad.
Quien adquirió una parte de la Editorial Díaz del Castillo fue el tipógrafo Alberto Gámez, para ampliar la Imprenta Gámez y por la que pasaron muchos empleados y practicantes, que serían luego linotipistas, litógrafos, mecánicos, dibujantes, redactores, editores e impresores. Y algunos de ellos, como en el caso de Hernando Suárez Burgos, crearían empresas propias como Gráficas Mundial. Y allí, donde funcionaba Gráficas Mundial, en la carrera 20 con calle 15 (su segunda sede), nació el actual Diario del Sur en 1983.
En suma, que Pasto tiene una larga tradición editorial y que en ella han confluido diferentes oficios y profesiones, siendo el periodismo el más asociado a todo esto. Sin embargo, ¿qué queda de todo ese pasado? Hemos sido muy descuidados para preservar obras y materiales de esa tradición. La gran mayoría de estas máquinas se convirtieron en chatarra y sólo dos o tres sobreviven en museos.
En cuanto a los diarios de aquellos años, algunos existen en museos y hemerotecas, pero a trozos. Es una verdadera pena que El Derecho no esté completo en el Banco de la República. Y hay publicaciones periódicas que sobreviven porque algunas personas las conservan en su casa como un tesoro. Ni hablar de las revistas, cientos de revistas que se publicaron a mediados del siglo XX y de las que el Banco apenas tiene una parte.
Necesitamos que estas historias se conozcan. En la historia está la vida y la razón de ser lo que fuimos, somos y seremos. Hay colecciones enteras que, cuando sus dueños mueran, quedarán a la deriva del mejor postor. Es fundamental un espacio para contarle al mundo que Pasto fue una potencia nacional en las artes gráficas, la imprenta y el periodismo. Hoy vivimos en la era digital y noticias como el cambio de formato de El Tiempo suenan a curiosidad y a reliquia. Pero la verdad es que necesitamos preservar todo lo que nuestra ciudad hizo en el papel.




