Por: Jefferson Sánchez Cifuentes.
Octubre está aquí y con él, lo que en el Pacífico nariñense conocemos de memoria: la temporada invernal.
Cada año es la misma historia. El cielo se baja, los ríos se crecen, las calles de Tumaco se vuelven espejos, y en las veredas de Barbacoas, Roberto Payán, Magüí, El Charco y Olaya Herrera – Bocas de Satinga -, el agua entra a las casas sin pedir permiso. Y cada año se escucha la misma frase en la tienda, en la lancha y hasta en la sala de profesores: “Es que volvió El Niño”.
No. No es El Niño. Y vale la pena explicarlo, porque de esa confusión dependen vidas y cosechas.
La temporada invernal que vivimos en este momento en Nariño no es un fenómeno extraordinario. Es la segunda temporada de lluvias del año, la más fuerte para el Pacífico. Ocurre todos los años entre mediados de septiembre y diciembre. ¿Por qué? Porque la Zona de Convergencia Intertropical, esa franja de nubes donde chocan los vientos del norte y del sur, se devuelve hacia el sur y se estaciona justo encima de nosotros. A eso se suman las ondas tropicales que vienen del Atlántico, el calentamiento del mar y la humedad de la selva.
En palabras simples: es invierno porque nos toca, porque estamos en el ecuador y el Pacífico es el patio donde se forman las lluvias de Colombia.
Otra cosa muy distinta es el Fenómeno de El Niño.
El Niño no es lluvia. Es lo contrario. Es el calentamiento anormal del océano Pacífico que altera el clima de todo el país. Cuando hay El Niño, como el que hoy está consolidado según el IDEAM, lo que pasa en el interior del país -en Pasto, en la zona andina- es sequía, incendios forestales, embalses bajos. Lo que pasa en nuestro litoral es más complejo: aunque el fenómeno tiende a disminuir las lluvias, no las elimina. Y cuando se cruza con nuestra temporada invernal, produce un comportamiento loco: días de sol inclemente que queman el estero y, de repente, aguaceros torrenciales que desbordan el Mira, el Patía, el Telembí y el Satinga en una sola tarde.
Por eso la gente se confunde. Llueve durísimo, pero el IDEAM dice que estamos en El Niño. Y es que ambos pueden convivir.
El peligro real no es El Niño. Es que creamos que esto es pasajero.
En el Pacífico nariñense la ola invernal no es noticia de un día. Es una condición de vida. Y en Tumaco esa condición se vuelve crítica. El puerto nariñense, la Perla del Pacífico, carece de un sistema de alcantarillado y de desagües dignos. Cada aguacero convierte las calles en piscinas de agua estancada, mezclada con basura y aguas residuales. No es solo que no se pueda pasar. Es que esa inundación trae consigo gastroenteritis, dengue, infecciones en la piel y leptospirosis. Nos inundamos y nos enfermamos, en silencio, porque el agua no tiene por dónde salir.
La misma tragedia, con otro rostro, se vive en Olaya Herrera. En Bocas de Satinga se desbordan los ríos Patía y Sanquianga, los dos gigantes que rodean al municipio. No es solo una creciente. Es un grave problema eco-ambiental: se salinizan los pozos de agua potable, se muere el mangle que protege la costa, se pierde la piangua y el camarón, se pudre el arroz y el coco. Se amenaza directamente la economía y la salud de los Olayenses, que viven del río y que hoy ven cómo ese mismo río les quita todo.
Y cada año hacemos lo mismo: contamos damnificados, repartimos mercados y esperamos a que escampe para olvidarnos del tema hasta el próximo octubre.
Esta temporada debe servirnos para cambiar el chip. No podemos seguir pidiéndole al Gobierno que nos mande colchonetas cuando ya estamos con el agua al cuello. Tenemos que pedirle lo que no se ve en las fotos: alcantarillado pluvial real para Tumaco, dragado y amplitud en algunos sectores de los ríos Patía y Sanquianga, reubicación concertada de las familias que viven en las zonas de bajamar, muros de contención y sistemas de alerta temprana que le hablen en lengua de pescador al pescador y en lengua de piangüera a la piangüera.
La lluvia en el Pacífico no es un castigo. Es nuestra naturaleza. El problema es que seguimos sin prepararnos para ella.
Llegó la temporada invernal. Ojalá esta vez nos encuentre menos sorprendidos y más organizados.




