Una entrevista memorable. Arciniegas y Sañudo hablan de Bolívar.

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Por: Vicente Pérez Silva

Comienza a circular en estos días, en la colección Lista Negra de Planeta, el libro Estudios sobre la vida de Bolívar del historiador José Rafael Sañudo, publicado en Pasto, en octubre de 1925. Una obra controvertida y controvertible, pero de todas maneras seria y bien documentada. A raíz de esta publicación, su autor fue puesto en la picota de la opinión pública. De todos lados le cayeron rayos y centellas. La protesta cundió en términos airados. Propios y extraños lo menosprecian, lo denigran y, lo que es peor, lo vituperan. La Sociedad Bolivariana lo declara hijo indigno de Colombia y la Academia Colombiana de Historia lo excomulga.

Con motivo de este acontecimiento, irrumpieron los acusadores, los jueces, los censores y los críticos. Como era natural, la polémica se desató borrascosa y prolongada. En el campo de la controversia no faltaron los aportes de ponderadas mentalidades: Luis López de Mesa, Eduardo Rodríguez Piñeres, José Manuel Saavedra Galindo, Heraclio Uribe Uribe, Eduardo Castillo, Luis Eduardo Nieto Caballero, Sergio Elías Ortiz, entre otros. Y desde luego, tampoco faltaron las plumas de vuelo gallináceo; la crítica microscópica y superficial, los zafios anatemas ni los reprochables libelos con manifestaciones de ruindad. Como si lo anterior fuera poco, manos extrañas ordenaron la confiscación de la edición y, desde Manizales, unos exaltados estudiantes no tuvieron el menor reato al pedir, a voz en cuello, que Sañudo fuera llevado a la horca. Nada menos. ¡Pobre Sañudo! ¡Biógrafo atrevido y miserable! ¿Para qué más?

La respetable pluma de Nieto Caballero, escribió entonces: “Tiene el libro un aire de profanación que subleva y un tono de valor civil que se impone. Pero es un libro cruel, un libro hecho de mutilaciones de una vida, que en cada una de sus hojas deja un camino de sangre. Nada conmueve al autor. El corazón está ausente. Y es horrible, porque ni un criminal merece crítica tan despiadada”. En otra oportunidad, Lenc manifestó que el biógrafo de Bolívar, “pasó de largo ante las luces y no se detuvo sino ante las sombras”.

Cuando todavía no había calmado la tempestad ni había cesado el vendaval de maldiciones, alguna vez, el escritor Germán Arciniegas llegó a San Juan de Pasto, de paso para Quito, y allí tuvo la oportunidad de conocer y dialogar largamente con el autor que, según exponentes del fanatismo, se había atrevido a profanar la imagen del Libertador. Alguien llegó a decir que “el detractor de Bolívar podía compararse con el gusanillo que vanamente se empeña en taladrar el bronce de la estatua del héroe”.

De aquella memorable entrevista, Arciniegas nos legó una página inolvidable que siempre releemos con satisfacción y que ahora recordamos con especial afecto intelectual. En un punto de la conversación de marras, Arciniegas escribe que, dirigiéndose a su esposa, Sañudo le dijo estas palabras “que nunca he podido olvidar”: —Yo le ruego, Señora, me perdone. Quizás con lo que les he dicho he podido herir los delicados sentimientos de usted… Pero yo odio a Bolívar… Y sus manos cayeron vencidas sobre sus rodillas, aliviadas por esta descarga de su conciencia. Este odio era explicable y quizás justificable, por todo lo que hizo Bolívar contra Pasto y contra sus mayores…”, arrojados a las profundidades del río Guáitara.

El reconocimiento aflora en la pluma sincera y espontánea de Arciniegas: “La lección del Señor Sañudo me ha servido mucho en la vida porque desde entonces he visto con más claridad que el problema Bolívar, el de su desfiguración y el de su transfiguración, surge de odios y amores extremos, que cierran el paso a la historia sencillamente humana, o a una forma de historia que estaría más cerca de nosotros: la historia natural”. Y más adelante agrega: “El señor Sañudo era un hombre sincero, fiel. No usaba de su inteligencia para escribir. Escribía directamente con su conciencia, y su conciencia era una obra de arte. Tenía que defenderse contra las emboscadas del subconsciente. Tenía que ponerla a flotar por encima de todas las cosas de este siglo, que son malísimas. Sañudo no era un autor, era un drama. Y cuando soplaba la vela y hundía la cabeza entre las cobijas, todavía la sombra de Bolívar se le metía en la imaginación para robarle el sueño”.

Recuerda el maestro Arciniegas que, en esa época, “Sañudo sufría un complejo de perseguido que le servía para ir concentrando ese veneno que con escrupuloso cuidado iba inyectando en su recreación diabólica contra Bolívar. Por lo demás, era un sabio”. Eso y nada más que eso fue José Rafael Sañudo: un pastuso raizal, un antibolivariano empedernido y un sabio.

Sañudo se nos fue, en viaje sin retorno, el 3 de abril de 1943. Sobre su losa sepulcral se leen estas palabras: “Este era un hombre independiente, lleno de franqueza, ni adulador ni servil: la verdad está en sus obras”. Mientras que el maestro Germán Arciniegas que ya le pisa los talones al milenio, con el merecido título de “Hombre de las Américas”, continúa campante y rozagante agitando la pluma sin tregua ni desfallecimiento. La vida fecunda y andariega de este curtido escritor todavía se regodea por los vericuetos infinitos de la historia y nos deleita con tantas vivencias y reminiscencias, fruto de sus largas lecturas y de sus copiosas investigaciones.

Controvertido y vilipendiado autor de los Estudios sobre la vida de Bolívar, rindió su pluma en aras de sus convicciones, de la altivez de su carácter y la reciedumbre de su espíritu. Uno y otro, distantes en el tiempo y distintos en sus concepciones intelectuales, ocupan lugar preponderante en el ámbito de la cultura colombiana.

Romance vivo de una leyenda

Tu vives de tus glorias. “A Popayán” (Guillermo Valencia)

¡Misterio de los misterios
que pone al hombre a pensar!

Que el buen Caballero Triste
enderezador de entuertos,
dominador de leones
y desfacedor de agravios,
con su lanza y sus molinos
yace en la Tierra ancestral.
Leyenda que crece y crece
cual una bola de nieve
y vuela de boca en boca
con visos de realidad.
¡Cuántos cronistas lo creen!
Cuántas voces bien lo afirman!
Cuántas voces lo pregonan!
Por todos lados lo ven,
por todos lados camina.
Todos lo quieren mirar
y no dejan de mirarlo;
le ven andar por las calles
tras follones y gigantes;
con mozos sin pergaminos
y nobles de Popayán.

No…
¡No neguéis que vive aquí,
cómo negar su evidencia!
A toda hora camina,
a mediodía lo han visto
a medianoche también.
Lo ven andar con el cura
y su leal escudero;
ignorantes y letrados,
ñapangas y chirimeros
y gentes de toda edad.
En el Cabildo lo escuchan
tratar con doctos juristas
y el Gran General Mosquera
sobre cuestiones de Iglesia,
los “Derechos Del Hombre”
y aquella guerra infernal.
Y, entrar en su brioso rocín
en la gran Plaza de Caldas
cual un Rey de Caballería
con un atuendo inusual.

Lo ven andar pensativo
por la Torre del Reloj,
Puente del Humilladero
y por la calle del Cacho;
viéronle soltar jerigonzas
ante modestos cabreros;
cuando con falta de juicio
lanzaba sus disparates;
solo en su viejo camastro
quejarse de calenturas,
con el bachiller Carrasco
dictando su testamento
y Sancho Panza llorando
al pie de su sepultura.
Lo vieron con Dulcinea
entrar en Santo Domingo;
sentado en el Paraninfo
allá en la Universidad
frente al mural de Martínez
leyendo con gran fruición
aquel eterno poema
a la “Ciudad Maternal”.
Viéronle en acto en su honor
cuando un poeta entonaba:
“No vuelve a parir la historia
Andante más singular;
Vencedor de mil batallas
sabio varón ejemplar”.
Y, al paso ceremonioso
de mi Señor de La Mancha,
el pueblo,-al que tanto ama-
siempre lo suele alabar.
¡Misterio de los misterio
que pone al hombre a pensar!

Octavio Jaramillo Echeverri

Dedicatoria manuscrita:
A Vicente Pérez Silva, “archivero”
de [curiosidades quijotescas].

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