Por: Jefferson Sánchez Cifuentes
No fue la selva la que recibió al médico. Fue el médico quien se dejó recibir por la selva.
Hace 46 años, cuando Colombia aún creía que el país terminaba en Pasto, a San Pedro del Vino; ese caserío del Pacífico nariñense donde el manglar es catedral y el río es camino, llegó un joven en su año rural. No llevaba solo el estetoscopio y la premura de los que huyen. Llevaba un libro. Era entonces, es hoy y será siempre el Dr. Robin Biojó Guevara.
El nombre de la aldea parecía una alucinación, una invención de algún duendecillo del estero para confundir a los forasteros. Y el joven galeno, alucinado también por la luz verde que se filtra entre el verde, se sentó a leer a la orilla del río turbio como chocolate dulce. Y allí ocurrió el milagro que hoy, casi medio siglo después, los sabuesos de las letras desempolvan como se desempolva un cáliz.
Este texto no es una anécdota. Es una catedral en miniatura.
SAN PEDRO DEL VINO
Selva verde entre el verde.
Río turbio como chocolate dulce…
Con esas dos líneas iniciales, el médico Robin Biojó ya nos da una lección de literatura mayor. Es la anáfora, es la metáfora sinestésica, es el pleonasmo convertido en estética. Nos enseña que en el Pacífico no hay un verde, hay una sinfonía de verdes que solo el ojo del poeta-médico puede distinguir. Que el río no está sucio, está endulzado por la tierra madre. Esa mirada que no patologiza la pobreza sino que poetiza la realidad; es la misma mirada que haría del joven galeno un investigador esencial.
Porque el médico Robin Biojó no fue solo el médico rural que curaba paludismo con quinina y soledad con conversación. Fue parte de esa estirpe de galenos valientes, de esos científicos con botas de caucho, que se adentraron en el litoral a desenredar el misterio más doloroso de nuestra gente: la paraparesia espástica tropical.
Allí donde otros veían solo piernas que se negaban a caminar, donde otros veían el estigma, el médico Robin Biojó y su grupo de investigadores vieron una pregunta humana. Se metieron entre el chontaduro y el naidí, entre el arrullo del currulao y el repique del cununo, a buscar el origen de esa enfermedad que anclaba a nuestros pescadores y a nuestras cantaoras. Fueron ellos quienes ayudaron a entender que en la sangre del Pacífico también viajaba un retrovirus silencioso, y que la ciencia, para ser ciencia, tenía que tener sabor a mar y acento tumaqueño.
Esa misma precisión de investigador es la que usa para operar.
Quienes hemos visto al médico Robin Biojó en el quirófano sabemos que el bisturí en su mano no corta: dibuja. No hay temblor. No hay exceso. Cada incisión es una palabra justa. Cada sutura es un punto final. Es un cirujano de una excelencia inmejorable, sí, pero sobre todo es un hombre de una entraña humana y de una calidez que desborda el mandil blanco.
Y por eso este diálogo con el niño del estero es tan revelador.
El niño le pregunta al joven galeno por los garabatos, por las líneas, por los dibujos que no están en el papel. Y el médico Robin Biojó, con la paciencia del que sabe que curar es también enseñar, le responde con la definición más pura de la literatura que se haya escrito jamás en el Pacífico colombiano:
“Los construyes en tu mente… No los necesitas, tu imaginación los forma.”
¡Qué hipérbaton del alma! ¡Qué pedagogía de la imaginación! El médico Robin Biojó le está diciendo a ese niño, y nos está diciendo a nosotros, que el libro es el único espejo que no te devuelve tu cara sino la que tú sueñas. Que el escritor no impone, propone. Que leer es el acto de clarividencia más grande: ver lo que otro vio antes, a través de la niebla del tiempo y de la selva.
Y el niño se aleja sentenciando con esa filosofía socarrona y sabrosa de nuestra gente: “estos médicos que vienen por acá son rarísimos”.
Claro que son rarísimos. Rarísimo es el médico que, en vez de contar los días para regresar a la ciudad, se queda a fundar una biblioteca invisible en la cabeza de un niño.
Rarísimo y necesario es un hombre como el médico Robin Biojó.
Médico del cuerpo que no camina por la paraparesia espástica, y médico del alma que enseña a caminar con la lectura. Cirujano que con la misma mano firme que extirpa el dolor, injerta la esperanza. Tumaqueño universal, pacífico de raíz y de arrullo, cuya vida cotidiana es la coherencia más bella entre el juramento hipocrático y el verbo humanista.
San Pedro del Vino le prestó su nombre al joven galeno por unos meses. Pero el médico Robin Biojó le devolvió la eternidad. Le fermentó el vino.
Y hoy, al leerlo, todos nosotros nos embriagamos un poco de esa selva verde entre el verde.




