Hubo un tiempo en que AICO era, para muchas comunidades, una bandera de dignidad. Un vehículo de lucha. Una expresión política nacida desde la memoria del territorio, la defensa de la autonomía y la reivindicación histórica de los pueblos indígenas en Colombia.
Hoy, ese relato cruje.
En medio de la campaña al Congreso de 2026, el Movimiento de Autoridades Indígenas de Colombia, AICO, atraviesa una tormenta interna que ya no se puede esconder bajo el discurso de la “autonomía”. Lo que antes fue proyecto colectivo, hoy es señalado por sectores indígenas y voces críticas como una estructura desdibujada, atrapada entre avales polémicos, alianzas incomprensibles y decisiones que han dejado a la organización en el centro del ridículo político nacional.
El nombre que aparece en el ojo del huracán es el de Jesús Cuasapud, representante legal del movimiento y ahora candidato al Senado indígena. Sobre él recaen los cuestionamientos de quienes consideran que AICO dejó de parecerse a las comunidades que decía representar y empezó a parecerse más a una ventanilla electoral abierta al mejor postor.
La controversia no es menor. En entrevista pública, el propio Cuasapud salió a defender los avales otorgados por AICO a figuras no indígenas o ajenas a las bases tradicionales del movimiento. Entre ellas aparece el exalcalde de Medellín Daniel Quintero, impulsado por AICO en el escenario presidencial, así como el respaldo a candidaturas que han despertado incomodidad dentro y fuera de las comunidades. Cuasapud sostuvo que esas decisiones obedecen a los estatutos del movimiento y a la autodeterminación de los pueblos que lo integran.
Pero en la calle, en los resguardos y en los corrillos políticos, la lectura es otra.
Para sectores indígenas críticos, AICO se habría convertido en un movimiento “variopinto”, sin brújula ideológica clara, donde caben desde apuestas contradictorias hasta alianzas que para muchos resultan ofensivas frente a la historia misma del movimiento. Lo que más indigna no es solo la apertura de la puerta, sino hacia quiénes se abrió.
La lista de reparos que circula en sectores inconformes es demoledora: el coaval a sectores políticos lejanos a la agenda indígena, el respaldo a candidaturas asociadas con clanes tradicionales, la cercanía con Daniel Quintero —un dirigente sin arraigo en comunidades indígenas— y el cerramiento a nuevos liderazgos comunitarios y jóvenes que reclaman relevo interno. En ese inventario también aparecen denuncias más delicadas sobre presuntas irregularidades documentales y presiones políticas, señalamientos que exigen pruebas y respuestas de fondo, pero que ya hacen parte del malestar que rodea a la dirigencia de Cuasapud. Hasta ahora, lo verificado públicamente es que AICO sí enfrenta una fuerte controversia por sus avales y que Cuasapud ha negado cobros por ellos, afirmando incluso que en 2023 el movimiento entregó miles de avales sin contraprestación económica.
Ese es, justamente, el corazón del problema: no se discute solo una candidatura, sino el sentido mismo de AICO.
Porque para sus críticos, la organización pasó de encarnar una causa histórica a convertirse en una maquinaria de supervivencia electoral. Una colectividad nacida para defender derechos colectivos que ahora parece atrapada en cálculos de personería jurídica, expansión burocrática y alianzas pragmáticas. Cuasapud, lejos de apagar el incendio, terminó echándole más leña cuando defendió públicamente esa estrategia como una forma de mantener a AICO “en el juego presidencial” y de sostener la vigencia del movimiento en el tablero nacional.
Y ahí está la herida abierta.
Porque mientras desde la dirección se habla de apertura, autonomía y estrategia, desde sectores de base lo que se percibe es otra cosa: desarraigo, oportunismo y traición al ideario colectivo. En otras palabras, AICO dejó de ser para muchos una casa política indígena y comenzó a ser vista como una franquicia electoral.
En ese escenario, la figura de Jesús Cuasapud ya no aparece como la de un vocero de consenso, sino como la de un dirigente rodeado de cuestionamientos en una de las horas más complejas del movimiento. Para sus detractores, no es el guardián del proyecto histórico, sino el rostro de su degradación. No el “tigre pintado”, sino un liderazgo acusado de vestir discurso comunitario mientras negocia poder por fuera del espíritu fundacional.
La pregunta que queda abierta, de cara a las urnas, es si las comunidades castigarán esa conducción con su voto.
Porque lo que está en juego no es solo una curul. Lo que está en disputa es si AICO seguirá siendo recordado como una herramienta de resistencia indígena o como el movimiento que, en nombre de la representación, terminó convertido en el hazmerreír de la política nacional.




