Pablo Emilio Obando A.
“¿Quereís mi cabeza? Pues aquí la teneís…” Con estas palabras Antonio Nariño aplacó la ira de los pastusos y obtuvo un generoso perdón. Hoy el problema no es por su cabeza, es por una de sus piernas en su estatua que se levanta sobre un pedestal en la Plaza de Nariño, en pleno corazón de San Juan de Pasto, donde algo parece no estar bien. Y no es una percepción aislada ni una exageración: es una preocupación legítima que debería estar ya en la agenda pública.
Expresamos nuestro reconocimiento a la diligencia ciudadana del historiador Enrique Herrera Enriquez, quien nos facilita las fotografías que acompañan esta nota. Igualmente la valiosa asesoría que nos facilita la redacción y publicación de este hecho que nos parece insólito e inusual. Gracias a nuestro dilecto amigo podemos alertar a las autoridades y formular un respetuoso llamado que permita la revisión y cuidado de esta estatua antes de que ocurra una tragedia que tengamos que lamentar.
La estatua de Antonio Nariño, uno de los símbolos históricos más representativos del país, hoy parece sostenerse sobre una sola pierna, levita. Lo que durante años fue una figura sólida, equilibrada y digna, ahora genera inquietud. No por su significado, sino por su estado.
Y aquí es donde debemos ser claros: esto no es un debate estético. Es un posible problema de seguridad.
Todos recordamos que en 2021, en medio de las protestas sociales, esta estatua fue derribada. Fue un hecho visible, registrado, discutido. Pero lo que no ha sido visible —ni mucho menos explicado— es el proceso técnico que acompañó su reinstalación. ¿Se hicieron estudios estructurales? ¿Se revisaron sus puntos de apoyo? ¿Se certificó su estabilidad antes de volver a colocarla en su pedestal? No lo sabemos. Y ese desconocimiento es, en sí mismo, alarmante.
Una escultura de bronce de estas dimensiones no es un objeto menor. Su peso, su centro de gravedad, sus anclajes, todo responde a principios de ingeniería que no pueden ser ignorados. Si hoy la estatua aparenta apoyarse en un solo punto, la pregunta no es si “se ve raro”. La pregunta es si es segura. Porque si no lo es, estamos frente a un riesgo real.
Debajo de esa estructura, la vida sigue con total normalidad. Personas que se sientan, niños que juegan, ciudadanos que transitan sin ninguna advertencia. Nadie ha delimitado el área. Nadie ha emitido un pronunciamiento oficial. Nadie ha salido a decirle a la ciudad: “esto está bajo control” o “esto requiere intervención”. El silencio, en estos casos, no es prudencia. Es negligencia.
Las autoridades tienen el deber —no la opción— de garantizar la seguridad en el espacio público. Y eso incluye, por supuesto, el estado de los monumentos. No basta con reinstalar una estatua para “recuperar” el símbolo. Hay que asegurar que ese símbolo no se convierta en una amenaza.
Hoy, lo que está en juego no es solo la integridad de una obra patrimonial. Es la confianza de la ciudadanía. Es la responsabilidad institucional. Es, en el peor de los escenarios, la vida de quienes diariamente ocupan ese espacio.
Por eso, el llamado es directo y urgente: se necesita una inspección técnica inmediata.
Se requiere transparencia en la información.
Se exige acción preventiva, no reactiva.
Porque si algo llega a ocurrir, no será un accidente. Será la consecuencia de haber mirado hacia otro lado.
Y Pasto no merece eso.




