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Pablo Emilio Obando A.
-Un hombre que convirtió sus pasos en semillas y su vida en una declaración de amor por la Tierra-.
En una de nuestras crónicas sobre Henry Sánchez Pardo expresamos que “Hay hombres que caminan por el mundo y hay hombres que dejan un camino detrás de sí. Henry Sánchez Pardo pertenece a estos últimos”. Y así es.
Sus huellas no se borran fácilmente porque no fueron hechas solamente sobre carreteras, caminos, ciudades y montañas. Fueron hechas sobre la conciencia de miles de personas que, al verlo avanzar descalzo, comprendieron que todavía era posible convertir el cuerpo humano en instrumento de una causa mayor.
Por eso alguna vez me atreví a llamarlo “el Coloso de los Pies Descalzos”.
No fue un título nacido de la exageración, sino de la admiración ante una existencia poco común: un hombre nacido en Ipiales, Nariño, que decidió poner sus piernas, sus conocimientos, sus palabras y su voluntad al servicio de la naturaleza, de los más vulnerables y de una idea sencilla, pero gigantesca: sembrar vida allí donde el ser humano ha dejado destrucción.
Henry Sánchez Pardo es matemático, ingeniero, escritor, docente, atleta y ecologista. Pero quizá ninguna de esas palabras alcanza a definirlo completamente. Su verdadera profesión parece ser la de convocar: convocar a sembrar, a proteger, a reciclar, a caminar, a pensar y, sobre todo, a comprender que la defensa del planeta no puede quedarse en discursos. Tiene que tocar la tierra.
Los pies como bandera
Mucho antes de convertirse en referente ambiental, Henry ya había descubierto que caminar podía convertirse en una forma de solidaridad.
En 2001 realizó una travesía descalzo entre Bogotá y el Santuario de Las Lajas, con un propósito social relacionado con la atención de personas mayores vulnerables. En 2003 volvió a desafiar las distancias y recorrió aproximadamente 2.200 kilómetros entre Riohacha e Ipiales, buscando recursos y apoyo para un proyecto de rehabilitación destinado a personas con discapacidad.
Es decir: antes de correr por los árboles, ya corría por los seres humanos.
Aquella experiencia sería apenas el prólogo de una aventura mucho mayor.
En 2008 comenzó en Ushuaia, en la Patagonia argentina, una travesía que tenía como destino Anchorage, Alaska: más de 30.000 kilómetros a través del continente americano. La prensa de distintos países registró su paso por ciudades y países, muchas veces descalzo, llevando consigo un mensaje de protección ambiental.
No era simplemente una carrera.
Era una declaración.
Mientras otros viajaban sobre ruedas, él decidió confiar en sus pies. Mientras el mundo aceleraba, él eligió caminar sobre la Tierra para recordar que debajo del asfalto todavía existía un planeta vivo.
Y sobre su espalda llevaba otro símbolo: un árbol.
Un árbol sobre la espalda, un bosque en la conciencia
La imagen de Henry corriendo con un árbol a sus espaldas terminó convirtiéndose en una poderosa metáfora.
El árbol dejó de ser solamente un árbol. Se convirtió en el peso de la responsabilidad humana sobre la naturaleza.
Durante aquella travesía desarrolló campañas de siembra, adopción de árboles, reciclaje y educación ambiental. En 2011, Caracol Radio registraba que había promovido la siembra y adopción de seis millones de árboles y que también impulsaba campañas para reciclar pilas, plástico y papel.
Otros registros posteriores documentan que el proceso llegó a la cifra de diez millones de árboles y que, en 2022, Sánchez Pardo participó en la siembra del árbol número diez millones en Leticia, Amazonas. Desde entonces ha expresado una meta todavía más ambiciosa: plantar un árbol por cada habitante del planeta.
Diez millones.
Una cifra que resulta difícil de imaginar.
Pero quizá sea más fácil comprenderla si pensamos en lo que representa un solo árbol: raíces que sostienen el suelo, hojas que participan en el ciclo del carbono, sombra, alimento, refugio para otras especies, protección de fuentes de agua y una posibilidad de futuro.
Diez millones de árboles son, en esencia, diez millones de posibilidades de vida.
El ambientalismo que camina
La grandeza de Henry Sánchez Pardo no está únicamente en la distancia recorrida. Está en haber entendido que el ambientalismo necesita salir de los auditorios y caminar hacia la gente.
Su trayectoria registra campañas de reciclaje, jornadas de siembra, recorridos ecológicos y actividades educativas. En 2019, por ejemplo, participó en la campaña “Semillas sí, plástico no”, desarrollada en Ipiales con comerciantes, buscando reducir el uso de plásticos y promover nuevos hábitos ambientales.
En 2024 volvió a recorrer Colombia en el marco de una Ecotraviesa relacionada con la COP16, articulando actividades de siembra y conciencia ambiental en diferentes ciudades. Organizaciones ambientales registraron su participación en jornadas de Pereira y Manizales, entre otras.
Y su actividad continúa.
En 2025 estuvo vinculado a la jornada de restauración del páramo de Paja Blanca, donde siete municipios del sur de Nariño se propusieron sembrar conjuntamente alrededor de siete mil árboles para contribuir a la protección de una zona estratégica para el agua. Allí insistió en una verdad elemental: cuando se destruyen los árboles de las zonas altas, también se pone en riesgo el agua que reciben las comunidades.
En 2026 su presencia sigue ligada a iniciativas ambientales en Nariño. En julio participó en el EcoAjedrez de Ipiales, actividad que vinculó deporte, educación y siembra de árboles.
Es la misma historia, aunque cambien los escenarios:
caminar, sembrar, educar.
Colombia necesita árboles
Y la causa que Henry ha convertido en misión personal está lejos de ser una obsesión marginal.
Colombia sigue enfrentando una enorme presión sobre sus ecosistemas. El Ideam reportó que durante 2025 el país perdió 119.483 hectáreas de bosque, mientras que el acumulado de deforestación entre 2001 y 2024 alcanzó 3.499.258 hectáreas.
Es cierto que la cifra debe leerse en contexto: el propio Ideam señala que 2025 mantuvo una reducción frente a la línea base de 2021 y que el país registró niveles de deforestación acumulada inferiores a los de periodos comparables de las últimas décadas. Pero una reducción de la deforestación no significa que el problema haya desaparecido. Seguimos perdiendo bosque.
Y por eso sembrar importa.
Pero sembrar no significa simplemente introducir un árbol en un agujero.
Significa escoger adecuadamente la especie, respetar el ecosistema, proteger el suelo, garantizar agua, acompañar el crecimiento y lograr que la comunidad haga suyo ese árbol.
Porque un árbol plantado y abandonado es apenas una intención.
Un árbol cuidado se convierte en bosque.
Zaragoza: cinco mil razones para volver a creer
El próximo 10 de octubre, la historia de Henry Sánchez Pardo llegará a la vereda Zaragoza, en el municipio de Yacuanquer, Nariño.
Desde las 8:00 de la mañana, la comunidad se encontrará alrededor de una tarea que parece sencilla y que, sin embargo, contiene una profunda dimensión de futuro: sembrar 5.000 árboles donados por Corponariño para beneficio de los habitantes de la vereda.
Será una jornada de tierra, manos, raíces y esperanza.
Cinco mil árboles pueden parecer poco frente a los millones que ha promovido Henry a lo largo de su vida. Pero la naturaleza no entiende de pequeñas acciones.
Una semilla nunca es pequeña.
Debajo de la tierra comienza, silenciosamente, una revolución.
Los árboles que se planten en Zaragoza podrán contribuir a la protección de los nacimientos de agua, a la regulación del suelo y del microclima, a la recuperación de coberturas vegetales y a la creación de refugios para distintas formas de vida. Y, sobre todo, podrán convertirse en una herencia viva para quienes todavía no han nacido.
Por eso la presencia de Henry Sánchez Pardo tiene allí un significado especial.
El hombre que atravesó América descalzo llegará a Zaragoza no para contar una hazaña, sino para continuarla.
Porque su verdadera travesía todavía no termina.
El milagro cotidiano
Quizá la palabra “milagro” parezca demasiado grande para una crónica ambiental.
Pero hay algo milagroso en dedicar buena parte de una existencia a una causa que no ofrece recompensas inmediatas.
Un árbol no crece para agradecerle a quien lo sembró. No entrega un diploma. No pronuncia discursos. No devuelve favores. Simplemente crece.
Y quizá ahí reside la grandeza de Henry Sánchez Pardo: en haber entendido que la verdadera solidaridad consiste muchas veces en trabajar para que otros reciban lo que nosotros quizá nunca veremos.
El niño que alguna vez corrió descalzo por los caminos de Nariño terminó convirtiendo sus pies en una bandera continental.
Atravesó fronteras. Atravesó climas. Atravesó montañas. Atravesó el cansancio. Y, sobre todo, atravesó la indiferencia.
En su camino encontró comunidades, estudiantes, deportistas, autoridades, organizaciones ambientales y ciudadanos que se sumaron a la idea de que sembrar un árbol es una manera concreta de defender la vida. Su trayectoria ha demostrado que el ambientalismo puede ser también pedagogía, solidaridad, deporte, cultura y participación ciudadana.
Por eso, cuando el 10 de octubre Henry Sánchez Pardo pise la tierra de Zaragoza, habrá algo más que una jornada de reforestación.
Habrá una historia llegando a otra historia.
La historia de un hombre que salió desde el extremo sur del continente y llegó hasta Alaska con los pies desnudos.
La historia de un árbol que viajó sobre su espalda.
La historia de millones de semillas.
Y la historia de una comunidad que ahora tendrá la oportunidad de continuar ese legado.
Sembrar es permanecer
Hay quienes dejan monumentos de piedra.
Henry Sánchez Pardo ha elegido dejar árboles.
Quizá por eso sus huellas sean diferentes.
Las piedras permanecen inmóviles.
Los árboles, en cambio, permanecen creciendo.
Dan sombra a quienes no conocerán a quien los sembró. Protegen el agua de quienes todavía no han nacido. Dan refugio a pájaros que jamás sabrán el nombre del hombre que alguna vez puso una semilla en la tierra.
Ese es el verdadero sentido de su travesía.
No correr para llegar. Correr para dejar algo. Caminar para despertar conciencias. Sembrar para que otros puedan vivir. Y volver una y otra vez a la tierra para recordarnos que todavía estamos a tiempo.
El 10 de octubre, desde las 8:00 de la mañana, Zaragoza tiene una cita con la vida.
Allí estará el Coloso de los Pies Descalzos.
Y esta vez no tendrá que recorrer 30.000 kilómetros.
Le bastará con poner los pies sobre la tierra, tomar un árbol entre sus manos y comenzar nuevamente.
Porque para Henry Sánchez Pardo la travesía nunca terminó en Alaska. La travesía continúa cada vez que una semilla encuentra tierra. Cada vez que una comunidad decide sembrar. Cada vez que un ser humano entiende que defender un árbol es, en últimas, defenderse a sí mismo.
Esa es la verdadera radiografía del hombre.
Un hombre que hizo de sus pies un camino, del camino una causa, de la causa una conciencia y de la conciencia una semilla.
Un hombre que entendió, quizá antes que muchos, que la Tierra no necesita espectadores.
Necesita sembradores




