Escuchando nota
Pablo Emilio Obando A.
“¿Ellos en verdad son “nuestros” representantes?”
Brayan Ibarra – Cibernauta.
Compruebo, una vez más, que se presentan imágenes que duran unos segundos, pero permanecen mucho tiempo en la memoria colectiva. No necesariamente por su trascendencia, sino porque obligan a preguntarnos qué estamos haciendo con las instituciones que representan a una región.
Hace poco observé un video difundido por la representante a la Cámara por Nariño, Rosita Guevara, en el que, vestida con elementos propios de nuestra identidad cultural, aparece corriendo por los pasillos del Congreso mientras anuncia que se dirige a la sesión de moción de censura contra el ministro de Vivienda.
El debate sobre la actuación de un ministro es legítimo. La moción de censura es una herramienta constitucional de control político y corresponde a los congresistas ejercerla con toda firmeza cuando consideren que existen razones para hacerlo. Otra cosa muy distinta es la manera como se comunica y se representa ese ejercicio ante el país.
Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿es este el lenguaje institucional que necesita Nariño para ser escuchado en Bogotá?
No cuestiono la ruana, el sombrero, la identidad campesina ni ninguna de las expresiones culturales que forman parte de nuestra riqueza. Nariño no tiene por qué avergonzarse de sus símbolos. Todo lo contrario: debemos llevarlos con orgullo. Pero una cosa es representar dignamente nuestra cultura y otra convertir los espacios del Congreso de la República en escenario para una actuación que puede terminar reduciendo un asunto político de importancia a una pieza de entretenimiento para las redes sociales.
El problema, entonces, no es el sombrero.
No es la ruana.
No es el origen campesino.
No es la identidad regional.
El problema es la solemnidad que merece la representación política.
Quien llega al Congreso de la República no lleva solamente su nombre. Lleva detrás una región entera, sus angustias, sus carreteras inconclusas, sus campesinos, sus estudiantes, sus empresarios, sus víctimas, sus municipios olvidados, sus necesidades de vivienda, salud, educación, conectividad e inversión pública.
Nariño necesita que sus congresistas sean escuchados por la fuerza de sus argumentos y no solamente por el impacto pasajero de un video.
La página oficial de la Cámara señala para la representante Guevara asuntos como desarrollo regional, justicia social, fortalecimiento del campo y cierre de brechas territoriales. Precisamente por eso la sociedad nariñense tiene derecho a exigir que esa representación se traduzca en debates documentados, proyectos de ley, control político riguroso, gestión territorial y resultados verificables.
Porque para eso existen también las Unidades de Trabajo Legislativo. No para fabricar ocurrencias destinadas a las redes sociales, sino para investigar, estudiar proyectos, preparar debates, analizar presupuestos, consultar expertos y convertir las necesidades de los territorios en propuestas serias.
Nariño merece mucho más.
Nuestra historia parlamentaria nos recuerda que sí hemos tenido dirigentes que entendieron la política como una responsabilidad intelectual. Oswaldo Darío Martínez Betancourt, abogado de la Universidad de Nariño y especialista en ciencias sociales, tuvo una extensa trayectoria como representante y senador. Parmenio Cuéllar Bastidas, abogado y especialista en economía política, pasó por la Cámara, el Senado y la Gobernación de Nariño, y desarrolló iniciativas y propuestas de alcance nacional y regional. Alberto Montezuma Hurtado o Manuel María Rodríguez. Para citar solo algunos.
No se trata de idealizar el pasado ni de afirmar que aquellos dirigentes fueron perfectos. Se trata de recordar que la política también puede ejercerse desde la inteligencia, la preparación, la argumentación y la dignidad institucional.
Y esa es la discusión que deberíamos abrir.
¿Qué clase de representación queremos para Nariño?
¿Una representación que compita por atención en las redes sociales o una que compita por conseguir recursos, obras, reformas y oportunidades para nuestro departamento?
¿Congresistas que produzcan videos virales o congresistas capaces de sentarse durante horas a estudiar un presupuesto, una ley, una reforma tributaria, un proyecto de infraestructura o una política pública?
¿Representantes que conviertan cada aparición en espectáculo o representantes capaces de demostrar, con cifras y documentos, por qué Nariño merece una inversión diferente?
No se trata de atacar a Rosita Guevara. Se trata de decirle, con respeto pero también con firmeza, que la dignidad del cargo exige mucho más.
La crítica no debería ser interpretada automáticamente como enemistad política. Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de aplaudir cuando sus representantes aciertan y de cuestionarlos cuando consideran que se equivocan. El periodismo, particularmente el periodismo de opinión, no puede convertirse en una oficina de relaciones públicas de ningún partido.
Por eso, doctora Rosita Guevara: represente a Nariño con orgullo. Lleve nuestra ruana, nuestro sombrero, nuestra palabra campesina y nuestra identidad cultural donde quiera. Pero llévelos acompañados de estudio, argumentos, proyectos, cifras, investigación y resultados.
Nariño no necesita que lo hagan parecer exótico. Necesita que lo hagan respetar.
No necesitamos congresistas que corran por los pasillos para demostrar que están llegando a una sesión. Necesitamos congresistas capaces de hacer que los ministros corran hacia Nariño a explicar por qué el departamento continúa esperando lo que legítimamente le corresponde.
Necesitamos inteligencia. Necesitamos academia. Necesitamos cultura. Necesitamos investigación. Necesitamos carácter. Necesitamos parlamentarios que conozcan profundamente nuestra historia y, al mismo tiempo, tengan la capacidad de imaginar nuestro futuro.
Porque representar a Nariño no es solamente ocupar una curul.
Representar a Nariño es estar a la altura de Nariño.
Y esa altura no se mide en likes, ni en videos virales, ni en ocurrencias.
Se mide en argumentos, en leyes, en debates, en gestión, en resultados y, sobre todo, en la capacidad de dignificar ante Colombia el nombre de esta tierra.
Ese es el verdadero desafío.




