Ya que llegamos hasta aquí…

Pensé que escribir una columna sobre la intolerancia y violencia desmedida que hay en el país últimamente sería una cosa realmente sencilla. Que idea más fácil la de poner en una hoja en blanco todas las desgracias que los noticieros, radio o prensa nos presenta cada 5 minutos. Mi escrito tomaría no más de 1 o 2 horas y heme aquí pensando una semana entera en ella.

De un momento a otro el computador se empezó a sentir más grande y pesado, y el texto que parecía estar ahí listo para escribirse de pronto se me antojó un tanto obtuso y sin vida.

Entonces las preguntas surgían una y otra vez, cómo saber si ya hemos cruzado la raya de la maldad y estos que vivimos son los últimos resquicios de humanidad? Cuándo podemos decir que es suficiente, y quién lo podrá decir? Por qué una pelea cualquiera puede ahora definir con tanta facilidad la vida de alguien y en qué momento los golpes y las armas tomaron el lugar del diálogo y la tolerancia?

Hace una semana fui al cine a ver Mad Max, una película post apocalíptica que deja al descubierto ese extremo de salvajismo y destrucción al que llegaría la raza humana por proteger sus últimos recursos. Una comunidad que deja de lado cualquier concepto de moralidad o justicia para obtener lo que desea o necesita destruyendo a aquellos débiles que no tienen chance de sobrevivir. Aunque el escenario de la película contempla un futuro distópico no pude dejar de sentir esa rara sensación que te dice que no vamos por el camino correcto y que esas películas de “ficción” cada vez están más cerca de nuestra realidad.

Miles y miles de pequeños actos o simples palabras que inician grandes confrontaciones de la nada, una convivencia ciudadana que se derrumba por el virus de la intolerancia que nos enferma a todos. Reuniones familiares que el trago transforma en tragedias, discusiones verbales que terminan dándole la razón a quien saca el cuchillo primero, balas que sin permiso entran a las casas buscando a los más pequeños para herirlos, hombres que fijan su poder en la mejilla de sus esposas, personas sin alma que queman y torturan animales y salvajes que descuartizan un pobre caballo en plena corraleja. Si, es el virus de la maldad que se propaga sin control y del cual nadie parece tener la cura.

Acostumbrados estamos a sentarnos al mediodía con un plato de comida delante y un televisor indolente que nos narra sin cansancio la barbarie junto al menú del día. Pasamos la crueldad y violencia de las noticias de turno con cada sorbo de jugo que acompaña nuestro almuerzo.

Muertos que se conocen al medio día,  se recuerdan a las 7 y se olvidan a las 10. Es más sencillo no recordar a ninguno

Vivimos en un país que decidió declararse la guerra hace más de sesenta años a si mismo. Una herencia que se va entregando de generación a generación con la futura esperanza de que alguna sea capaz de cambiar la historia en la que humanos matan humanos y felices podamos morir de viejos.

Hay decisiones que sin duda deberán ser tomadas para garantizar que no lleguemos a  sacarnos literalmente los ojos por una gota de agua o gasolina.

Pero ya que llegamos hasta aquí, por qué no empezar a cambiar algunas cosas. Así que la próxima vez, llame un taxi y no conduzca cuando esté muy pasado de copas, no bote esa basura a la calle y guárdela en su bolsillo hasta que encuentre un basurero, aprenda que el color rojo en un semáforo es para que usted detenga su auto, llegue a su casa y bese a su pareja y dígale lo mucho que la ama, comparta con sus hijos, enseñe más y golpee menos, vaya a cine, lea un libro, escriba una columna, adopte una mascota, encuentre un pasatiempo, sea creativo y empiece a construir ahí donde otros sólo pudieron infringir dolor.

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