“La familia sigue siendo la tierra fértil de la literatura”: Gustavo Rodríguez

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Por Albeiro Arciniegas

Gustavo Rodríguez (Lima, 1968). Novelista, cuentista y comunicador social, su obra con una prosa limpia y un sentido del humor muy refinado explora las contradicciones más profundas de la condición humana.

Aunque comenzó su vida profesional en el mundo de la publicidad, donde obtuvo más de un centenar de reconocimientos, nunca abandonó la literatura; vocación que con el tiempo terminó convirtiendo en el eje de su existencia. Su trayectoria comenzó con La furia de Aquiles, publicada en 2001, y siguió con una obra en la que conviven la novela, el cuento, el ensayo, la literatura infantil y el periodismo cultural.

Entre sus títulos más reconocidos figuran La risa de tu madre, finalista del Premio Herralde; La semana tiene siete mujeres, finalista del Premio Planeta-Casa de América. También ha publicado el libro de relatos Trece mentiras cortas, además de libros para niños y jóvenes que forman parte de programas de lectura escolar en el Perú.

Sin embargo, el reconocimiento internacional llegó en enero de 2023, cuando obtuvo el Premio Alfaguara de Novela, uno de los galardones más prestigiosos de las letras en lengua española. Lo consiguió con Cien cuyes, novela elegida entre 706 manuscritos procedentes de distintos países y que sorprendió al jurado por abordar con profundidad, ironía y sensibilidad uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo: el envejecimiento de la sociedad, la dignidad de la vejez y el derecho a decidir sobre el final de la vida.

En Cien cuyes, Gustavo Rodríguez sitúa la acción en una Lima contemporánea atravesada por las diferencias sociales. A través de la historia de una cuidadora de adultos mayores, la novela reflexiona sobre la soledad, la enfermedad, la muerte y la desigualdad, sin renunciar nunca al humor ni a la compasión. El jurado del Premio Alfaguara destacó precisamente esa capacidad para tratar asuntos profundamente humanos con una mirada tragicómica que conmueve y hace reflexionar al mismo tiempo.

Tras ello, Rodríguez publicó Mamita –conocida también en algunas ediciones como Madrecita–, obra de carácter íntimo en la que reconstruye la historia de su familia y, especialmente, la figura de su madre. En ella confirma una de las constantes de su obra: la búsqueda de emociones auténticas a partir de experiencias cotidianas.

Actualmente, Rodríguez es considerado una de las figuras más relevantes de la narrativa peruana contemporánea. Con él dialogamos en una conversación que recorre su obra, sus gustos y autores, además de sus preocupaciones intelectuales y humanas.

¿Cómo describiría la evolución de su escritura desde sus primeros textos hasta Cien cuyes, su novela galardonada con el Premio Alfaguara?

Ha sido lenta y constante, como en una larga rampa de ángulo muy agudo. Quizá sean dos las diferencias más marcadas entre el inicio y el final de estas más de dos décadas de textos míos publicados. Primero, mi actual aceptación de la cultura pop como parte de mi educación sentimental y, por tanto, de mi escritura; y, segundo, mi propensión a la ternura y al humor para relacionarme con mis personajes. Todo ello se ha afianzado con el peso de los años.

¿Qué autores peruanos y latinoamericanos considera decisivos en el impulso de su vocación literaria?

Hay un trío de autores peruanos que me marcaron mucho en mi adolescencia: Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique y Oswaldo Reynoso, y tuve la suerte de que este último me empujara a publicar mi primer libro de relatos, algo que él solía hacer con generosidad entre los aspirantes a escritor. Casi al mismo tiempo, algo más adelante, caí rendido ante Rulfo, Borges, Cortázar, García Márquez y Felisberto Hernández.

Quizá Oswaldo haya sido quien más me alentó a ser escritor, primero con su obra, y años después con su apoyo personal.

En suma, digamos que a mis ganas infantiles de emular las aventuras de Verne y Salgari se le sumaron en mi adolescencia las prosas y miradas particulares de todos estos grandes latinoamericanos.

¿Considera que la familia sigue siendo el escenario central de los conflictos contemporáneos?

Así lo considero y no creo que cambie: la familia es el primer escenario en el que absorbemos los roles que después replicaremos sin darnos cuenta en otros entornos. En ella están las raíces de los conflictos que más nos acompañarán en la vida: tierra fértil para la literatura.

¿Por qué cree que la soledad se ha convertido en un tema tan persistente dentro de la narrativa actual?

Porque el éxito que proviene de interactuar en persona y en armonía entre seres humanos ha sido reemplazado por el éxito que nos ha vendido el consumismo desbordado: estar pegado a las pantallas, trabajar tanto para tener ese auto, obsesionarte con ese casino on line no hace más, a la larga, que dejarte drenado y sin restos de cariño humano en la mirada y en la piel. La gente feliz no necesita comprar o, mejor dicho, el sistema necesita gente con ansiedad para seguir produciendo de más.

Producimos más que nunca, y el resultado es que nos sentimos más solos que nunca.

En Cien cuyes aborda la vejez y la muerte con una mezcla de ternura y crudeza. ¿Piensa que la literatura latinoamericana evitó tradicionalmente esos temas?

No soy un crítico muy enterado como para responder esto con autoridad, solo me parece que García Márquez ha sido quien más personajes ancianos ha creado. Lo que sí creo es que, en nuestra vida diaria, la muerte y la vejez son temas evitados porque los viejos compran poco, y los muertos, menos.

Sé que suena a reduccionismo anticapitalista, pero a veces olvidamos que vivimos en una civilización de obsolescencia programada: lo viejo se bota sin más. Temo que esto se haya trasladado, incluso, hacia la visión que tenemos de los seres humanos.

¿Es la novela el mejor espacio para explorar las incertidumbres del individuo moderno?

No me parece, a priori. Creo que toda manifestación artística producida con talento, perspicacia y autenticidad puede ayudar a hacerte ver el mundo de otra forma.

No dudo que las novelas sí puedan provocar una inmersión más “completa” en una problemática dependiendo de la profundidad de los personajes y de su apelación multisensorial, pero, nuevamente, la última palabra la tiene la calidad de la obra.

Por ejemplo, un buen cortometraje siempre será más iluminador que una novela mediocre.

Usted ha trabajado también en publicidad. ¿Cómo dialoga esa experiencia con su trabajo literario?

Creo que lo que más le agradezco a mi experiencia en publicidad es el entrenamiento continuo que tuve para relacionar ideas. Eso es impagable cuando se trata de hilar pensamientos con diálogos, y acciones con consecuencias.

A ello le añadiría una propensión a ser sintético, para no caer en la tentación de la redundancia.

¿Cree que la literatura todavía puede generar incomodidad ética en el lector? ¿Comprometerlo con unas mejores decisiones?

Más que en la literatura –ignoro qué tanto la gente lee hoy literatura– creo en el poder de las historias, sean escritas o audiovisuales, para generar empatía y esa incomodidad que mencionas.

Los ensayos hacen pensar, y eso está bien.

Pero las buenas historias hacen sentir, y eso quizá sea más necesario en este mundo que nos atrinchera en bandos ideológicos condicionados por los algoritmos.

¿Los premios literarios transforman realmente la trayectoria de un escritor o sólo amplifican momentáneamente su visibilidad?

Imagino que depende del premio y de qué tanto trabaje el escritor después del premio. Digamos que el Cervantes o el Nobel consagran una obra consolidada y, en teoría, los escritores que los ganan podrían ser más pasivos en cuanto a la construcción de opinión sobre su obra.

Con los premios a un libro en particular, sobre todo si se trata de autores jóvenes, la trayectoria será transformada de verdad solo si vienen más publicaciones nuevas y promoción.

Vivimos en la sociedad de la novedad. Entre leyes de mercadotecnia que, lamentablemente, colisionan con las leyes del arte.

¿Qué tan distinta ha sido la recepción de su obra entre lectores peruanos y lectores europeos?

No lo sé a ciencia cierta. Esa pregunta sería mejor respondida por mi agente o mis editores.

¿Cómo observa actualmente el panorama de la literatura peruana contemporánea?

Responder en estos días qué es ser peruano implica la misma dificultad que responder a qué es ser iberoamericano o europeo. Me parece que las y los escritores de mi país están produciendo las mismas categorías de literatura que se publican hoy en el mundo, con mayor y menor fortuna.

Si quieres una novela histórica de nivel superlativo, ahí tienes a Rafael Dummet; si quieres un personaje femenino con un universo desquiciado y maravilloso, ahí tienes a Claudia Ullosa Donoso; si quieres poesía que reconfigure el lenguaje, ahí está Mario Montalbetti; si te gusta el gran microrrelato, ahí está Ricardo Sumalavia, si buscas literatura infantil ilustrada con el mayor de los primores, ahí está Issa Watanabe. Como ocurre en todas partes en este entorno globalizado, sobre una montaña de mediocridad, en mi país siempre encontrarás obras encumbradas.

¿Qué autores peruanos recientes considera fundamentales y todavía insuficientemente leídos fuera del Perú?

Sé que Julio Ramón Ribeyro no es un escritor reciente, pues murió hace treinta años, pero no puedo dejar de nombrarlo para que el gran público se acerque a él. Lo mismo puedo decir de Oswaldo Reynoso, Miguel Gutiérrez y Blanca Varela, de quienes, me parece, afuera se conoce muy poco en relación a su talento. Entre los actuales y en actividad, ya mencioné a algunos en la pregunta anterior, pero sumaría a figuras largamente consagradas como Fernando Ampuero y Carmen Ollé, o de culto, como Guillermo Niño de Guzmán y Enrique Prochazka.

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