Adiós a mi amigo Ramiro Egas

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Yo había llegado de Medellín el 10 de julio de 1996. Aprovechaba las vacaciones de mi colegio para llevar el abrazo a mi familia junto con mi nuevo libro, también a mis amigos de Pasto y Sandoná. Después de dejar la maleta, los abrazos, los saludos y responder todas las preguntas de mi hermana y familia (preguntas con que siempre y en cualquier parte se agobia a un recién llegado), salí. Como buscando un paraíso perdido, ansiaba volver a devorar ese aire de cielo plomizo, viento polvoriento y llovizna jarta de cada junio, julio y agosto (que se le mete a uno a los ojos y los pone colorados y a llorar) y recorrer nuevamente las calles heladas de esa ciudad de mi juventud universitaria, todas con una iglesia en cada dos o tres esquinas. En un recodo del Parque Nariño, me topé con Lydia Inés. Con el abrazo le entregué el libro, con olor a tinta aún. La invité a su presentación al día siguiente. Yo andaba de vacaciones, pero ella estaba en su tiempo de trabajo; ella –historiadora y poeta también- apurando la despedida (después de ver que se trataba de un poemario) me dijo:

Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.

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