La noticia de la muerte de Andrés Nanclares Arango, ocurrida el día 3 del pasado mes de septiembre, no pudo ser más sorpresiva como lacerante. Me ha herido profundamente el alma, al punto de resistirme a creer que mi fraternal amigo haya muerto. La razón es muy sencilla, porque hay seres humanos ante quienes “la intrusa” debiera demorar sus pasos. En esta vez, lamentablemente, no fue así.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
Desde $20.000 COP el día




