Andrés Nanclares Arango en busca de un “más allá”

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La noticia de la muerte de Andrés Nanclares Arango, ocurrida el día 3 del pasado mes de septiembre, no pudo ser más sorpresiva como lacerante. Me ha herido profundamente el alma, al punto de resistirme a creer que mi fraternal amigo haya muerto. La razón es muy sencilla, porque hay seres humanos ante quienes “la intrusa” debiera demorar sus pasos. En esta vez, lamentablemente, no fue así.

Ayer se nos fue Carlos Gaviria Diaz, el maestro del Derecho en la Universidad de Antioquia y el Magistrado integérrimo de la Corte Constitucional de Colombia. Hoy, se nos acaba de ir su discípulo Andrés Nanclares Arango, a quien su sapiente maestro le reconoció las dotes de su inteligencia de modo especial. Así lo expresa, en el prólogo a la obra de Andrés Los Jueces de mármol. Ensayos sobre la función judicial:

Los jueces de mármol, retrata de cuerpo entero a su autor: heterodoxo, es decir, deliberadamente desviado de los escleróticos moldes oficiales, audaz, imaginativo y hasta contestatario, como toda persona decente y pensante debe serlo en un país arrevesado…

Con méritos más que suficientes para llegar a la cumbre de magistrado titular, su carrera judicial se truncó como consecuencia de bajas actuaciones de cierto funcionario de muy ingrata memoria. De aquí que, dicha obra, abra sus páginas con el escrito Diatriba del expulsado de Fernando Pescoa. Un escrito de inocultables rasgos autobiográficos, “punzantes como una daga florentina”. Aquí, Nanclares Arango, también aparece de cuerpo entero, agudo, mordaz y vertical.

A lo anterior, es preciso agregar que, en el ámbito intelectual, nuestro recordado amigo, también hizo gala de su creatividad y de su imaginario desbordantes, además del ensayo, del cultivo de la narrativa y, quien lo creyera, de la floración poética. De esta labor, nos dan cuenta sus libros Golpe de mallete, cuentos; y los de poemas Esta tiniebla que me alumbra (Medellín, 1992); y , el titulado Vocablos para darle de comer  a un ahoja en blanco. (Editorial Ibañez, Bogotá, 2016)

De mi prólogo a Golpes de Mallete (Editorial Ibáñez, Bogotá, 2001), desprendo estas manifestaciones:

Andrés Arango ha moldeado su vida entre las cuatro paredes de un juzgado, pero su espíritu y su inteligencia vuelan muy alto por el universo de las artes, las ciencias y las letras. Aparte de códices, leyes, jurisprudencias y tratadistas del derecho, sus constantes lecturas se enfilan hacia ricos filones de renombrados filósofos y humanistas, narradores y poetas. Muchos son los autores de su predilección. Verlain es su confidente y amigo de siempre.

Nanclares Arango no es el escudriñador de incisos, ni mucho menos el manipulador de conceptos. Es el hombre vital y vertical, transparente e independiente que ama la justicia; es el funcionario de convicciones sólidas que valora al ajusticiado como a un ser humano; es el orfebre de quimeras y el forjador de realidades. Es un clarividente en esta hora de tinieblas. Como lo ha dicho de si mismo, tiene “el cuerpo iluminado por miles de ojos inmensos”.

Trabajador insomne, estudioso y disciplinado en los menesteres de la inteligencia, además de las labores propias de su oficio, también ha ganado tiempo para la elaboración de enjundiosos artículos y ensayos en los que campean los conocimientos jurídicos del magistrado, la versación del humanista y la iluminación del poeta…

En fin, tengo la íntima convicción de que este libro no ha sido escrito por un juez, sino por un hombre que se ha compenetrado con “los más recónditos secretos del arte de juzgar a los hombres”.

Réstame decir que, durante el desempeño de Juez primero Municipal de Medellín, Nanclares Arango, siempre inquieto, fue uno de los fundadores y director de la revista que lleva el sugestivo título de Berbiquí. Revista del Colegio de Jueces y Fiscales de Antioquia; única en su género, que todavía se publica. Era el año de 1994. En aquel entonces, por su generosa invitación a colaborarle, nació nuestra amistad, que luego se prolongó aquí en Bogotá, en frecuentes y muy agradables tertulias y diálogos, matizados con el inconfundible acento de su voz antioqueña.

En día indeseado, Andrés Nanclares Arango, de inteligencia, imaginación y creatividad desbordantes, se apartó de nuestro lado, en busca de un “más allá”, tan ignoto e inescrutable. Como buen antioqueño, se nos fue con su carriel repleto de ilusiones, y, en sus manos, no podía faltarle, aprisionando el “berbiquí” con el que taladró, incesante y convencido, la conciencia de los marmóreos dispensadores de la justicia. Mientras, nosotros acá, íntimamente consternados, proseguimos el camino que nos resta por andar, extrañando su ausencia.

Ente tanto, que nos mitigue el recuerdo de una conmovedora estrofa del poeta campesino ruso Sergi Esenín, de “talento admirablemente musical y espontáneo por la canción lírica”; ´poeta que, lamentablemente, preso de la inconformidad con sus ideales auténticamente campesinos, se ahorcó en un hotel de Leningrado. ¡Ah! El campo, ahora tan abandonado y desprotegido, siendo, como en realidad lo es, el sustento vital y necesario de la humanidad. Antes de morir, se refiere que, “como no disponía de tinta, escribió un poema, hondamente conmovedor, con su propia sangre”.

En la oquedad de la noche infinita, aunque le interrumpamos el sueño, musitemos al oído de Andrés, la anunciada estrofa que nos estremece las fibras más íntimas dl alma:

Adiós, amigo, sin estrechar las manos y sin decir palabra,

ni molestarte ni entristecerte quiero.

Nada nuevo es morir en esta vida,

y vivir, en verdad, tan poco es nuevo.

 

Y se nos acaban las palabras, como también se nos acaba la vida. Mi redivivo amigo Andrés, siempre ansioso de nuevos horizontes, se me adelantó en el camino. El aliento que me resta no es para decirle adiós sino hasta luego.

 

Angasnoy (Refugio del Condor) 5 de octubre del 2022

 

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