Por Daniel Olarte Mutiz.( Exclusivo para Página 10)
Las coyunturas políticas en nuestra Colombia tienen una extraña capacidad para desafiar las leyes de la física. Newton habló de la gravedad, Einstein de la relatividad y el Congreso acaba de descubrir un principio superior: las coaliciones no se crean ni se destruyen, se transforman.
Quien haya pasado años creyendo que el petrismo y el uribismo estaban condenados a una enemistad perpetua acaba de recibir una lección acelerada de realismo político. Tengo un ligero Deja Vu, cuando hace 4 años Petro y Uribe se sentaron en la misma mesa; porque en Colombia los enemigos irreconciliables pueden coincidir, no por amor, sino por supervivencia institucional. Y ahí es donde aparece la primera gran enseñanza de la coyuntura: el clientelismo es más poderoso que el fascismo. Resulta muy chistoso escuchar a Uribe decir por ejemplo: ” nuestros amigos del Pacto histórico…”. Aunque a muchos seguidores del Pacto Histórico les causó hilaridad, saben que el timonel de esta causa es audaz y no es que haya empeñado su compromiso social, es que al aplicar tácticas non tan santas desde la ética, si resultarán eficaces para blindar los mismos compromisos. Eso sí, con Uribe toca andar con el cuchillo entre los dientes.
Suena provocador. Lo es. Pero también encierra una ironía incómoda.
Durante años se nos explicó que la política era una guerra entre proyectos morales incompatibles. Unos representaban el cambio; otros, la tradición. Unos eran la izquierda que venía a transformar el país; otros, la derecha que prometía defenderlo del caos. Sin embargo, basta con que aparezca una amenaza común para descubrir que la geometría parlamentaria tiene menos de ideología que de aritmética.
No significa que unos hayan dejado de ser de izquierda o los otros de derecha. Tampoco que exista una alianza sentimental. Significa algo mucho más colombiano: cuando el equilibrio democrático parece tambalearse, hasta los adversarios descubren que pueden votar en la misma dirección por razones completamente distintas.
Porque la democracia tiene una virtud extraordinaria: obliga incluso a quienes se detestan a respetar ciertas reglas del juego. Recordemos que por eso hay un derecho internacional humanitario y que el fascismo representado en cabeza del abogado de la Espriella, anunciando sus bloques de defensa en los barrios, aparece cierto maquillaje de las famosas camisas negras de Mussolini…por eso ante un Neofascismo, conveniente un pragmatismo incómodo.
El presidente electo Abelardo de la Espriella ha construido buena parte de su discurso sobre la promesa de desmontar instituciones que considera innecesarias. Es una tesis legítima en cualquier democracia. Lo que deja dudas no es la intención de reformar el Estado, sino la escasez de argumentos técnicos que expliquen por qué determinadas entidades deberían desaparecer y cuáles serían las consecuencias de hacerlo. Su ineptitud resulta evidente al anunciar parte de su gabinete y a todos les ha parecido una aberración nombrar como ministra de cultura a Paola Holguín, a quienes ya muchos reconocen como ” la ministra de la cultura traqueta”.
Presentarse como el Mesías de la austeridad exige algo más que declaraciones grandilocuentes. Exige demostrar que el bisturí no terminará amputando órganos indispensables mientras se deja intacta la grasa política.
Y es ahí donde el sarcasmo encuentra terreno fértil.
Resulta curioso que quien durante años construyó una exitosa carrera privada, defendiendo con vehemencia los intereses de sus clientes, aparezca ahora convertido en un asceta republicano dispuesto a sacrificarlo todo por la eficiencia estatal. Las conversiones existen, desde luego. También existen los milagros. Pero la prudencia aconseja pedir algo más que fe.
Más preocupante aún resulta la retórica.
Hablar de “destripar” adversarios políticos puede entusiasmar a una barra brava electoral, pero empobrece el debate democrático. Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de convertir al contradictor en enemigo absoluto. La historia de la Unión Patriótica permanece como una advertencia permanente de lo que ocurre cuando la diferencia política deja de resolverse con votos y comienza a resolverse con eliminación.
Por eso conviene medir las palabras. Los discursos no disparan por sí solos, pero pueden terminar alimentando climas de intolerancia.
Ahora bien, también vale hacerse una pregunta incómoda.
¿Estamos realmente frente al fascismo o frente a un gobierno que simplemente exhibe una preocupante inexperiencia para gobernar?
No son exactamente lo mismo.
El fascismo es una categoría histórica muy precisa, caracterizada por la concentración del poder, el desprecio por el pluralismo y la subordinación de las instituciones a un liderazgo personalista. Utilizar el término exige rigor. Pero tampoco puede ignorarse que ciertos impulsos autoritarios, cuando se normalizan, suelen convertirse en costumbres políticas difíciles de revertir.
La democracia rara vez muere de un solo golpe. Generalmente se desgasta mediante pequeños atropellos que terminan pareciendo normales.
En ese escenario aparece otro fenómeno fascinante.
Los ciudadanos más radicalizados suelen repetir que jamás compartirán una causa con el adversario. Mientras tanto, sus dirigentes descubren discretamente que la política consiste precisamente en administrar contradicciones.
Y entonces aparece la frase que tanto irrita a las bases:
“No se maten por los políticos; al final todos terminan saludándose.”
No es completamente cierta. Pero tampoco es completamente falsa.
Porque el reparto del poder existe. Negarlo sería ingenuo. Las negociaciones parlamentarias, las presidencias del Congreso, las mesas directivas y las mayorías legislativas forman parte del funcionamiento de cualquier democracia representativa. Otra cosa es convertir ese reparto en un simple intercambio de conveniencias sin horizonte institucional.
Lo interesante del momento actual es que la coincidencia entre sectores tradicionalmente enfrentados no responde a un cambio ideológico, sino a un mecanismo de defensa institucional. Cada uno continúa creyendo en un modelo distinto de país. Cada uno seguirá intentando ganar las próximas elecciones. Pero ambos parecen coincidir en que ninguna victoria electoral otorga licencia para gobernar por encima de los contrapesos constitucionales.
Eso, paradójicamente, es una buena noticia.
Porque las democracias maduras no dependen de gobernantes virtuosos. Dependen de instituciones capaces de contener incluso a los gobernantes que se creen indispensables.
Mientras tanto, el país observa el espectáculo con una mezcla de desconcierto y humor negro.
Los mismos que ayer se acusaban mutuamente de destruir la nación hoy coinciden en una votación. Los mismos que prometían jamás compartir una fotografía ahora descubren que una mayoría parlamentaria puede ser más útil que una pureza ideológica.
La política colombiana vuelve a confirmar que el pragmatismo suele derrotar a los discursos épicos.
Y quizá la verdadera moraleja no sea que todos sean iguales. Esa simplificación resulta tan falsa como cómoda.
La moraleja es otra: las democracias sobreviven cuando incluso sus enemigos aceptan que existen límites que ningún gobernante debería cruzar.
Porque las coaliciones, efectivamente, no se crean ni se destruyen.
Simplemente se transforman.
Y porque, para bien o para mal, el clientelismo sigue demostrando una extraordinaria capacidad para reorganizar el tablero político… incluso cuando quienes mueven las fichas aseguran estar librando la batalla definitiva entre el bien y el mal.




